Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año I Número XII Especial Octubre 2013

 

Las brujas
Circe Moriel

Las brujas habitan en todos los rumbos de la ciudad, numerosas como los gatos, y ocho madrugadas de cada año hacen una gran fiesta en su guarida de la plaza Río de Janeiro. Son alegres y venusinas, cambiantes como la luna, dionisiacas, impúdicas.

Jamás malignas, aunque la gente se haya empeñado en presentarlas así. Cierto que pueden atraer desgracias, como el granizo o la fiebre, pero es muy raro que alguien las provoque a ese extremo. En general, viven demasiado ocupadas en las mismas cosas que el resto de las mujeres.

Una bruja no debe enamorarse porque pierde su poder, pero con frecuencia se permite caer en eso que el vulgo llama “infatuación”. Infatuada, es capaz de secuestrar a su amado, de enyerbarlo, de atarlo a su voluntad según el rito que prescribe coser los ojos de un sapo con hilo rojo. Las brujas pueden brotar en cualquier sitio, de repente, sin que sea posible olvidar la rojiza fosforescencia de sus ojos.

Echan las cartas, quitan salaciones, envían a los muertos en contra de los vivos. Pero también curan a los niños y a veces depositan en su mollera grandes secretos. Encadenan a los amantes infieles, propician que los hombres y las mujeres se encuentren en sueños, acompañan a los borrachos hasta la puerta de su casa. Sin embargo, muy a menudo se sienten solas. Entonces se agencian un amante.

Las brujas maúllan como gatas cuando hacen el amor.

Y el lunar que tienen todas cerca del ombligo —la marca de su oficio— se pone rojo como una brasa con el aroma del hombre. Sus amores suelen durar poco. Cuando terminan, toman su escoba y se marchan. Tarde o temprano, las brujas se marchan. Siempre se marchan. Por eso a veces las vemos solas, pensativas, en alguna banca soleada de la plaza Río de Janeiro.

Regresar