Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año I Número XII Especial Octubre 2013

 

Los fantasmas no existen
Agustín Cadena
Para Luciano Pérez

Eran poco más de las cinco de una tarde de principios de octubre, y el sol ya se hundía tras las laderas todavía verdes de la colina de Petrin. Al frente fluía el río, oscuro, purpúreo, con unos cuantos botes que ya llevaban de regreso a los últimos turistas. Más allá se rendían a la tarde los tejados rojos y las cien agujas de la Ciudad Vieja. En el incendio del cielo, una parvada de cuervos volaba en círculos sobre el puente del Rey Carlos.
“¿Será él?”, se preguntó la muchacha. “¿Será posible?”
Si los días tenían algo de melancólico en el otoño de Praga, las tardes poseían una especie de encanto íntimo y tibio. Las lámparas se encendían desde las seis, a veces desde las cinco de la tarde, y detrás de las ventanas de los comercios su luz de aceite dorado se iba volviendo naranja con la oscuridad. La llovizna de octubre, mezclada con una niebla brillante, algodonaba las sombras; como que hacía que se sintiera menos el paso del tiempo y, para cuando era ya noche cerrada, los cafés, las tabernas y las vinotékas, las tiendas de cristal de Bohemia y las galerías de marionetas parecían lámparas navideñas de cuyas puertas de cristal surgieran muñecas vivas.

Había visto al hombre desde lejos y su parecido con el escritor la asustó. Ella era una mujer joven, lectora fanática, turista literaria y había ido a Praga justo con la esperanza de encontrarse con alguno de los ilustres fantasmas que deambulaban las calles de esa ciudad. ¿Será posible?, volvió a preguntarse. Echó a andar detrás del hombre.

“Ojalá aguante por lo menos hasta Pesach...”, piensa en su cama de enfermo, en un arranque de esperanza. La Pascua se encuentra a muchos meses de distancia. Lo alegraba tanto la proximidad de la Pascua... las vísperas llenas de alegría. Sobre todo de una alegría espiritual. Las muchachas salían a la calle con vestidos blancos; llevaban canastas llenas de flores... Ellas habían sido su motivo más grande para pensar en Dios. Siempre pensaba en Dios. Lo buscaba. Buscaba una explicación y una garantía para la fe. Él sí habría dado su vida por Dios, aunque a veces pareciera que dudaba, que ni se adhería por completo a la tradición de sus padres ni se decidía a abrazar el cristianismo, como Kierkegaard. Toda su vida, incluyendo su vida literaria, que fue la verdadera, la dedicó a buscar a Dios.

En la superficie del oscuro y helado Moldava, miles de luces danzaban suavemente, meciéndose, inalcanzables. De abajo del puente llegaban los graznidos de patos y cisnes que llegaban ya a dormir.
“¿Será posible?”, volvió a preguntarse. Era idéntico: la misma pulcritud maniática, la ropa limpia y bien planchada, elegida de acuerdo con esa discreta elegancia de los judíos burgueses; el andar inseguro, casi asustado: una madeja de nervios. No había podido verle bien la cara, pero había visto las cejas y la mirada.
Comenzaba la puesta de sol y amenazaba lluvia, y muchos de los artistas callejeros que ofrecían sus obras en el puente del Rey Carlos y sus alrededores habían recogido ya sus cosas.
“El puente más bello del mundo”, pensó la muchacha. Cuántas veces se había quedado parada contemplando las dos torres negras del lado de Malá Strana, la Ciudad Pequeña; el puente en sí, con sus estatuas de santos y sus adoquines de piedra ennegrecidos por los siglos; y en el otro extremo, envueltos místicamente en el velo de la niebla, la torre del lado de la Ciudad Vieja y el domo azul de la iglesia de San Francisco. Se quedaba mirando todo eso y se repetía que ése era el puente más bello del mundo. Pero la escritura de ese hombre era parte del milagro de Praga, que sin ella habría sido incompleto. Reunía en sí misma todos los claroscuros de esa ciudad: el diabolismo de las gárgolas de la catedral y la serena luz de las imágenes de Nuestra Señora de las Victorias. El terrible golem, que según las leyendas dormía en algún lugar del barrio judío, dormía también dentro de sus libros.

Cuando estaba bien, dedicaba las noches a escribir. Llegaba del trabajo diurno con esa alegría mínima que fue todo lo que pudo conocer; en la oficina observaba el reloj y se apresuraba a salir temprano, como un esposo impaciente por llegar a refugiarse en la cama de su mujer. Así llegaba él por las noches y se sentaba ante un montón de hojas en blanco, algunas sueltas, otras encuadernadas. Cuántas cosas soñaba en aquel entonces, y todo lo recordaba y lo escribía. Por un momento eso parecía bastar. No era necesario más, ni el don de la gracia ni la gracia que habría significado tener una compañera. Milena, Felice, Julia... Con Felice por lo menos fue sincero: le advirtió lo que sería para ella vivir con un hombre encadenado a una obra literaria. Pero esa obra era el informe que Dios le había encargado preparar; se lo exigiría terminado cuando lo llamara. No podía hacerla un lado; en términos estrictos, no podía hacerla a un lado, aunque tuviera que renunciar a todas las bendiciones de la tierra.

¿Y si le hablaba? ¿Y si se acercaba a él y lo tocaba en un brazo o en un hombro, sólo para ver si se trataba o no de un fantasma? ¿No sucedería que su mano atravesara el cuerpo de él sin sentir nada, como se atraviesa una figura formada por la niebla o el humo? Pero primero quería observarlo, participar de su vida aunque fuera unos minutos. ¿No estaría soñando?
Antes de llegar al puente, el hombre dejó la margen del río y tomó por una callejuela perpendicular, internándose en la Ciudad Vieja. No pasaban coches por ahí, sólo algunos transeúntes que buscaban una taberna. Las farolas emitían una luz ambarina que profundizaba las sombras y hacía ver como mojados los adoquines. De una de las ventanas altas salía una melancólica música de piano.
Dio vuelta en una esquina y siguió por una calle serpenteante para luego entrar por un zaguán.
La muchacha, que no lo perdía de vista, se encontró en un pasaje de comercios pequeños —galerías de marionetas y tiendas de armas medievales— que luego se dividió en dos y se fue volviendo un laberinto. Pero el hombre conocía bien los escondrijos de Praga. Salió a otra calle, tan angosta que debió pegarse a la pared cuando vio que venía un carruaje de paseos turísticos con dos caballos. “Dekuji”, le dijo el cochero, embozado en un capote negro: “gracias”. El sonido de los cascos y las ruedas sobre el adoquín se perdió al fondo de la calle.
Lo más terrible de las hemorragias es que no se anuncian. Sobrevienen de repente, incontenibles, al menor golpe de tos. Es necesario precipitarse en seguida sobre algún recipiente que alcance a contener toda esa sangre. Una sangre viva, intensamente roja, como la que brota de una herida de arma. Parece limpia, sin turbiedad alguna, sin veneno, sin malas intenciones. Pero junto con ella se va yendo la vida, el color de la piel, la sustancia de la carne, la luz de los ojos...

El hombre se detuvo en una vecerka, una tienda de comestibles, y entró. La muchacha lo esperó afuera, a prudente distancia, pensando que sólo había ido a comprar algo y saldría enseguida.

“Ojalá aguante hasta Pesach...” limpia con un pañuelo la sangre que le ha quedado en las comisuras de la boca después de toser. Luego se limpia las lágrimas, que no sabe si fueron causadas por el mismo acceso de tos o por la espantosa desesperanza en que a veces se siente hundido. Si pudiera llegar hasta Pesach... Volver a ver las calles cuando ha pasado el invierno, a las muchachas que se pasean con sus canastas llenas de flores... Siempre le gustó ver a las muchachas, observarlas, escuchar sus risas y sus conversaciones entrañablemente fútiles. Ojalá nunca, nadie las tocara como mujeres. Que las dejaran así, ignorantes de que el mundo es sucio y caído y bajo.

Cerca de donde ella se quedó parada, aguardándolo, una anciana vendía svarák: vino caliente. El aroma que salía de su puesto —a naranja, a canela, a cominos— hacía que la niebla se sintiera menos fría.
Viendo que el hombre tardaba en salir, la muchacha se acercó al puesto y compró un vaso de vino. Era un vaso de plástico desechable, y ella apenas podía sostenerlo de lo caliente que estaba. Pero le ayudó a quitarse el frío.
¿Y si el hombre ya no salía de ahí? Tal vez ese negocio fuera suyo, o tal vez hubiera ido a visitar a alguien: un amigo o un pariente que fuese el dueño de la tienda. ¿Cuánto tiempo sería necesario esperarlo? ¿Y si entraba ella también, con el pretexto de comprar algo?

Por la ventana se ve cómo los pájaros vuelven a cruzar el cielo tras la tormenta de nieve, ligeros. Parecen incluso más alegres que antes, como si ese aire nuevo tuviese el poder de renovarlos a ellos. Si tuvieran una noción de lo breve que será su vida en la tierra... pero no tanto como la de él. Ellos sí, probablemente, verán la primavera el año próximo.
Siente un deseo infantil, casi lúdico, de levantarse del lecho para abrir la ventana: dejar que ese aire frío y sano del exterior penetre en sus pulmones llenos de lumbre. Pero tiene miedo de que vuelvan los accesos de tos. O sobrevenga otra hemorragia. Esa luz, ese aire, el día limpio...
Finalmente, cuando ya se animaba a entrar a la tienda, lo vio salir. Él no la vio a ella, aunque se volvió en su dirección un instante. Y sí: bajo el ala del sombrero, ella reconoció una vez más las cejas encontradas y negrísimas, la mirada febril, los labios delgados y tensos, los pómulos afilados...
El hombre reanudó su marcha. Cruzó la Plaza Vieja, tomó por la calle Tynska y se internó en un laberinto de pasajes torcidos, llenos de tabernas medievales y tiendas que ya estaban cerradas. Finalmente se detuvo ante un portal y sacó unas llaves que tintinearon en el silencio de la calle.
La muchacha echó a correr hacia él. Si lo dejaba entrar, tal vez jamás volvería a tener la oportunidad de hablarle. Y hablarle era lo que más había deseado en la vida: poder hacerle preguntas sobre sus libros, sobre sí mismo, simplemente escuchar su voz...

“Ojalá aguante hasta Pesach...” La noche está cayendo sobre su vivienda, pero no hay ninguna luz encendida en la habitación; la vela que tenía se acabó de consumir esta madrugada. Poco a poco la sombra va envolviendo los objetos. Tiene fiebre y los recuerdos de las fiestas judías se mezclan en su mente con los sueños o con imágenes que él cree que son recuerdos. Está temblando. Le parece que el ruido de sus huesos chocando entre sí es un anuncio de cómo será la muerte, cuando sobrevenga. Tuvo muchos conflictos con su identidad judía, quizá por ser demasiado crítico, o porque en el fondo la culpaba por no poder sentirse un verdadero escritor alemán. Pero disfrutaba tanto las fiestas de Pascua... Las muchachas judías, con sus canastas llenas de flores...

—Dobrý vecer —le dijo: “Buenas noches”. Era una de las pocas expresiones que conocía en checo. Estaba tan nerviosa que no se le ocurrió hablarle en alemán. Ella había leído en alemán todos sus libros.
—Dobrý vecer —le contestó el hombre. Su voz la desilusionó: era demasiado común. Una voz agradable, de joven que lleva una buena vida y está sano. Sin embargo, no perdió la esperanza.
—Entschuldigung —continuó en alemán—, ¿es usted...?
—No —la interrumpió el hombre, con una sonrisa—. Mi nombre es Jan Palach.
—Perdón —la muchacha se sintió ridícula.
—No se preocupe. No es usted la primera que me toma por un fantasma.
—Perdón —repitió ella, roja de vergüenza.
—Buenas noches —se despidió el hombre, aún sonriendo, y todavía la aleccionó como si fuera una niña, haciéndola sentir todavía peor:
—Los fantasmas no existen, señorita. Los que sí existen y sí dan miedo son los tanques soviéticos. Cuídese.
Confundida, ella echó a andar hacia la farola de la esquina y ahí sacó su mapa para ver cómo iba a regresar al hotel.
Pasó dos días más en Praga y no quiso pensar más en aquella aventura. Sólo cuando ya iba en el avión de regreso a casa recordó que antes había visto el nombre de Jan Palach: era un estudiante de la universidad que se prendió fuego ahí mismo en el centro de la ciudad, en la Plaza Wenceslao, en 1969, en protesta por la política represiva de la Unión Soviética. Hacía más de cuarenta años

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