Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año I Número XII Especial Octubre 2013

 

Señor Nadie
Timo Viejo

Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño.
Edgar Allan Poe

-I-
Señor Nadie, uno de los nombres favoritos de Satán para presentarse a los niños por su invisibilidad, soplaba preguntas en mis oídos, nunca ha mantenido una misma voz. Cada que le preguntaba quién era, él respondía con una voz desesperada: “Soy Señor Nadie y niños como tú están a mi merced”. Me retaba en las noches para descifrar el origen de toda existencia. Se divertía cuando mi pensamiento infantil daba explicaciones cíclicas al llegar a la pregunta “¿Quién creó a Dios?” Hasta ese punto yo no podía imaginar más. La única respuesta que le daba era que Dios había surgido de las nubes y él se reía. Señor Nadie era muy molesto cuando se aburría, prendía la televisión y pasaba los canales de forma rápida, encendía la radio y giraba la perilla que sintonizaba las estaciones a tal velocidad para generar un ruido inentendible.Era tanta su alegría de verme aterrado que me abofeteaba y me preguntaba: “¿Todavía quieres saber quién es Señor Nadie?”.

Mis padres preocupados por mis terrores nocturnos visitaron especialistas clínicos y psicológicos. La mayoría indicaba que todo estaba bien; sólo un psicólogo mencionó que yo padecía del ya famoso: Llanto oscuro del niño. La única solución posible era ir a una iglesia y presentarme ante el Todopoderoso para que se apiadara de mi alma porque está condición de llanto oscuro es producto de un alma que el Diablo quiere para su diversión.
Mi madre, devota del catolicismo desde su adolescencia, apretaba con fuerza la mano de mi padre, quien tenía una mirada incrédula ante lo dicho por un hombre de ciencia. Él era una persona tibia ante lo que no se podía explicar, no negaba a los espíritus que rondaban la tierra pero sí la existencia de Dios. Sin dudarlo, con el amor que toda pareja novel siente por su primogénito, fueron a una iglesia y se convirtieron al credo. Esa noche pude dormir sin derramar lágrimas. El Señor Nadie posaba su mirada en mi cuerpo, lo hacía desde el marco de mi puerta. Esperaba paciente la hora en que él y yo volviéramos a jugar.
En mis visitas a la iglesia me enteré que podía hablar con Dios, pero Él no responde con palabras, a menos que sea necesario. Al cumplir ocho años, le pedí que alejara a Señor Nadie de mi vida. Él escucho mi plegaria y lo hizo.No obstante también borró mi memoria, permitió que yo cayera de las escaleras, tuve una conmoción cerebral quedé en coma por tres días. En la oscuridad del coma escuché una voz irreconocible: “¡Caerás!” decía con sorna.

-II-
Veinte años después dejé la ciudad donde nací y crecí para vivir en la capital. Raymundo, un desconocido para mí, compartía su departamento de cuatro recámaras en el sur de la ciudad. Él solo ocupaba una pieza, así que me pareció una ganga poder ocupar tres habitaciones al precio de una. Raymundo era una persona callada y con cierta reserva al hablar con las personas, pero su charla era efectiva para atraer mujeres. El día que lo deseaba regresaba acompañado por una mujer distinta. Ante este derroche de galanura decidí pedirle consejos para poder aplicarlos.
— Mi abuelo me enseñó todo lo que sé. Un día que nos visite, si tienes suerte, lo conocerás —, me respondió forzado por mi insistencia.
Raymundo pasaba horas encerrado en el baño con la luz apagada, fumando. Teníamos casi la misma edad y con la cantidad de mujeres que tenía me parecía estúpido que dedicara todo ese tiempo a masturbarse. Raymundo era maestro de lenguas en un instituto particular, así que no era raro escucharlo hablar en otros idiomas mientras fumaba. Las noches anteriores a días feriados solía conversar solo en el baño. Me empecé a interesar por este hábito, cada que él se encerraba yo me sentaba frente a la puerta del baño para poder escucharlo.
Comencé a espiarlo de forma continua tomando nota de los días para hacerlo y en ocasiones trataba de descifrar en qué idioma cuchicheaba. Por lo general pasaba la noche encerrado los martes y jueves. Una noche de viernes previa al festejo del cinco de mayo, él abrió la puerta y me vio sentado atento a lo que hacía. Raymundo no estaba solo, un anciano alto platicaba a sus espaldas mirando su rostro en el espejo.
— Te le haces conocido —, me dijo Raymundo sin sorprenderse. No sabía qué responder, no había visto a ese hombre entrar al departamento.
— Dice — musitó mientras regresaba su rostro hacia al espejo para poder mirar cara a cara a la persona que estaba ahí — que también puedes percibirlos, pero que se te olvidó cómo.
— Mañana te traes una cajetilla completa. El jefe te quiere saludar, Julio —, dijo el anciano sin inmutarse. En ese instante no pude conectar palabra. ¿Por qué se sabía mi nombre? ¡Claro! Raymundo se lo había mencionado. El anciano dejó de mirar al espejo para verme a mí. Su rostro no tenía emociones, era pálido. Sus ojos mostraban un abismo coronado por unas pupilas ocres. Su piel era arrugada y gruesa, sostenía un cigarro apretándolo con unos labios secos y delgados. Sus dientes estaban podridos, y el humo salía por su cuenca nasal. Sentí un vértigo que me arrastraba hacia el suelo, al caer vi que no tenía pies sino patas con tres dedos con garras, dejé de respirar. Todo se tornó oscuro.

-III-
Raymundo era médium. Él también era un alma en disputa, pero a diferencia de mí, él le agradaba a Satán, por eso le enseñó a dominar sobre los espíritus de las personas vivas o muertas.
— Te chingaba de niño porque le cagabas —decía mientras me acercaba un whisky a mi boca—. Quería saber cuánto ibas a soportar antes de irte con Diosito, pero saliste bien puto. Si hubieras aguantado sabrías muchas cosas que desconoce la gente.

— ¿Quién era ese tipo, un fantasma? — pregunté sin comprender nada de lo que había pasado. —No importa, creo que me iré en unos días—, le dije rechazando el whisky.
Corrí hacia mi habitación y empecé a notar la presencia de entes invisibles. Uno estaba en el armario, otro detrás de la puerta y un último tenía un mirar intermitente como el de un celador cuidando a un recluso mientras vigila que no venga nadie más.
— ¿Y qué es todo esto?—, le pregunté a Raymundo.
— Nada— contestó —.Te lavaron el cerebro. Si no te cuidas te va a ir peor; cada que sacan a uno se encabronan otros.
— ¿A quiénes? ¿Por qué?
— A los que trabajan para mi abuelito — dijo un poco nervioso—. No pedirán permiso para atormentarte.

Desistí de huir de la casa por el cansancio, eran las dos de la mañana. Me tiré en mi cama y el tercio de miradas me pareció producto de mi imaginación por el desvelo. Raymundo empezó a fumar otra vez frente al espejo. Su mirada denotó preocupación. Yo, mientras, dormí.
Al despertar, Raymundo me miraba recargado en el marco de la puerta. Su cabeza se posaba en su hombro derecho como si fuera muy pesada para su cuello, no dejaba de temblar. Intenté pararme a preguntar qué hacía, pero me di cuenta que estaba desnudo. Traté de levantarme otra vez para buscar ropa y vestirme; pero mi cuerpo no reaccionaba, sólo podía mover mis ojos. El aire hacía un camino lento desde mi nariz a mis pulmones. Mis gritos se ahogaban al salir de mi boca. Raymundo sonrió con una fuerza desmedida, parecía que la piel de sus mejillas cubriría sus ojos. Se acercaba tambaleante como un ebrio, pero sin quitar su mirada ni su sonrisa de mí. Al llegar al borde de la cama acercó sus ojos a los míos.

—Quisuis-je? – preguntó arrastrado su lengua envuelta en saliva. No pude responderle.
— Quisuis-je?— volvió a preguntar ahora imitando la voz de un anciano a punto de romper en llanto. —Te daré una pista—, dijo mientras sus ojos se ponían en blanco—. Soy lo que nunca podrás conocer. El creador de tu desesperanza, y el culpable de todo lo que no ves. La gente me ama, y yo sólo les ofrezco una pequeñísima parte de mi felicidad…Quisuis-je?
— Raymundo, por favor. Termina esto ¿quieres? —, le dije.
— Mal, mal, mal—, respondió cambiando sus expresiones faciales rápidamente.
— ¿Quién eres? —, pregunté.
Él comenzó a danzar, se llevó las manos a la barriga, pecho y ojos como si actuara las cosas. Brincaba mientras se movía de un lado a otro.
— Mr. Nobody—, respondió con sadismo —Extrañé jugar contigo, Julio — prosiguió—. Ni creas que me asustarías cuando supe que te querías volver a la iglesia, pero la mayoría no duran más de tres meses —, decía mientras giraba la cabeza de un lado a otro, como si buscara algo—. Debo confesar – continuó— que ahí no está Dios. Fui muy paciente para acomodar tu destino, y así jugar contigo, por una última vez.
— ¡Raymundo, ya por favor! ¡Ayúdame!—, grité desesperado hasta que por fin pude moverme.
Corrí hasta el baño y me encerré. Humedecí mi rostro y tomé una toalla para cubrirme. Dejé la llave abierta para poder beber agua. Me miraba en el espejo y no podía reconocerme. Mi reflejo se movía a su voluntad, estaba tranquilo y su aspecto inquiría mi desesperación. A pesar de todavía sentirme paralizado, comencé a temblar. Mi reflejo se acercaba a verme como si yo fuera un animal de circo. Abrí la puerta del baño y rompí en llanto.

— ¡Raymundo, no puedo más! —, gemí desconsolado y en mi mente comencé un rezo que no superó más de dos versos.
— ¡Cabrón, tienes una manifestación muy poderosa! —, dijo sorprendido al ver mi cuerpo empezar a despegarse del suelo.
No podía pensar nada más, una mano rugosa con garras me sostenía de mi torso y me agitaba. Después me aventó hacia el baño, despedía un aroma sulfuroso. Me tomó del rostro y empezó a arrastrarme por toda la casa. No tenía fuerzas, el terror se apoderó de mí, la mano me llevó a una oscuridad, la cual no había sentido.
Abrí los ojos, estaba tendido en la cama de mi habitación. Todavía podía sentir la enorme mano en mi torso, como si hubiera sido parte de mí por años. Tenía la boca seca y estaba agotado. Me giré hacia la puerta para ir por agua. Entonces vi a Raymundo parado frente a ella de espaldas. Lo miré suponiendo que todo fue una pesadilla. Le hablé, pero no respondió. Miré mis manos aún pálidas y sudorosas.
—Soñé algo muy fuerte —, le comenté a Raymundo.
— Yo también… — contestó; giró su cabeza y me miró con una sonrisa que parecía lastimarle los pómulos, se acercó a mí como un animal y me preguntó: “Quisuis-je?”.

Regresar