Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIII Noviembre 2013

 

Sor Juana Inés de la Cruz
Norma Elsa Pérez

El nombre real de Sor Juana fue Juana Inés de Asbaje y Ramírez. Nació el 12 de noviembre de 1651 en San Miguel Nepantla, que en lengua náhuatl significa “en medio, entre el frío y el calor”, y se encuentra a medio camino entre los volcanes y la llanura. A los tres años siguió a su hermana para aprender a leer, pues era una niña muy precoz, en la “escuelita de la Amiga”. Poco después el abuelo, don Pedro Ramírez de Santillana, opta por llevarse a sus nietas a vivir con él a la hacienda de Panoayan, cerca de Amecameca. Estando ahí es cuando Sor Juana comienza a hurgar en los libros de la biblioteca del abuelo. Siempre fue muy apartada de sus hermanas Josefa y María, así que es probable que ya desde entonces se haya acostumbrado a vivir en la soledad, que nunca la abandonó.

Al no encontrar más libros de su interés en la casa de su abuelo, se aficiona a la biblioteca de la iglesia de Amecameca, y continúa en aumento su acervo de conocimientos. Muestra un gusto especial por las ciencias y las artes, y también descubre a los poetas latinos y a los del Siglo de Oro español, con los cuales aprendió a versificar de acuerdo a las formas y normas clásicas, naciendo así su gran pasión por la poesía. Sor Juana pasó pues los días felices de su infancia en la hacienda de Panoayan y en el pueblito de Amecameca.

Cuando muere su abuelo, la futura monja abandona la hacienda y tiene que trasladarse a la ciudad de México, donde la recibe su tía María Ramírez de Santillana. En ese siglo XVII, el siglo de Sor Juana, la gran Tenochtitlan ya era la frondosa capital de la Nueva España. En 1664 entró al palacio virreinal, invitada por el virrey don Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, atraído él por el talento e inteligencia de Juana de Asbaje, a la que se le otorgó el título de “muy querida de la señora virreina”, siendo ésta doña Leonor Carreto, según escribe el primer biógrafo de la poetisa, el padre Diego Calleja.

La ilustre Juana Inés servía a la frivolidad cortesana con tiradas de versos que a todos halagaban. Era la poetisa oficial de la corte, aunque ya en ese tiempo tenía en mente ingresar a un convento. Así que dejó por escrito su deseo de “vivir sola, no tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni el rumor de la comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”. Dejó la corte e ingresó al convento de San Jerónimo el 24 de febrero de 1669, y ahí permaneció durante 27 años, convirtiéndose ya en Sor Juana Inés de la Cruz. Su vida en la corte terminó, pero no la amistad que tuvo con los virreyes, quienes la visitaban con frecuencia para solicitarle versos con motivos onomásticos, cumpleaños, excusas y condolencias. En adelante no cesaron de consultarle otras personalidades, incluso sobre asuntos políticos y sociales. Entre los amigos intelectuales de nuestra monja, y que además la influyó mucho, estuvo el insigne erudito don Carlos de Sigüenza y Góngora, quien junto con Sor Juana es uno de los fundadores de lo que ya sería propiamente una cultura mexicana. Él era pariente del insigne poeta don Luis de Góngora y Argote, cuyos cultistas versos fueron, asimismo, decisivos para la poesía sorjuaniana.

Una de las más grandes inquietudes para Sor Juana fue la investigación científica, curiosidad que desembocó, de alguna manera, en el maravilloso y largo poema llamado “Primero Sueño”, para algunos desconcertante y para otros inigualable. Ahí hace referencia al cosmos, a las esferas celestes, a las diversas fases del dormir, a los síntomas del sueño y al proceso del despertar. Cabe señalar que también se proyecta aquí su interés por lo egipcio, singular para la época, pues habla de obeliscos y pirámides (las de Egipto, no las de Teotihuacan). Quizá derivado eso de su devoción a Santa Catarina de Alejandría, la erudita del Nilo, prototipo de la propia Sor Juana por ser mujer y por sus intereses culturales, y por haber sido perseguida en su tiempo por la incomprensión masculina. “Primero Sueño” ha sido comparado con las “Soledades” de Góngora, pero salvo unas pocas cuestiones formales, no tienen nada que ver.

En su afán de saber, conocer y estudiar todas las cosas, incursionó también en el mundo de la música, así que elaboró un método práctico llamado “El Caracol”, tratado que estuvo trabajando y guardando durante largos años, y que la condesa de Paredes quería que se le enviase a Madrid para disfrutarlo y nunca pudo decidirse la monja a terminarlo. Este libro de musicología se perdió en los tiempos de la invasión estadounidense en 1847. También se dedicó en el claustro a asuntos administrativos (era la contadora) y a la cocina (existe un supuesto recetario de Sor Juana, que al parecer no es original y por lo tanto no funciona), para no hablar de su buen humor prodigado en enigmas y adivinanzas; e incluso juegos con lo oculto (si es que es suyo el “Oráculo para preguntones”, que escandaliza a algunos y niegan que sea obra de ella).

La primera edición de sus poesías salió a la luz en España en 1689, a instancias de su amiga la condesa ya mencionada, quien había sido virreina, bajo el título de Inundación castálida. La mayor producción literaria de Sor Juana se dio entre los años 1680 y 1688, y ahí encontramos sonetos, endechas, quintillas, décimas, romances, comedias y autos sacramentales. De estos últimos “El Divino Narciso” es una producción impecable, un portento de sonoridad y de saber teológico. Pero para una sociedad clerical y patriarcal, no podía dejar de molestar el que existiese una religiosa que no se ocupase de religión, así que el arzobispo Francisco Aguiar y Seijas, un misógino total, el confesor Antonio Núñez, desagradable y entrometido, y el obispo de Puebla (alias Sor Filotea de la Cruz), siniestro y tramposo, iniciaron desde 1691 su campaña para acabar con Sor Juana, con la idea de despojarla de lo que ella más quería: su existencia literaria, al obligarla a renunciar a sus libros, así como a sus instrumentos científicos, todo lo cual sería puesto a la venta. Este asedio, aunque doloroso, dio como resultado el que ella escribiese dos inusuales obras en prosa: la “Carta Atenagórica”, en polémica contra el famoso y eminente padre portugués Vieyra, que la monja escribió a petición del obispo poblano y que en realidad era una trampa para ponerla en evidencia; ella la escribió sin mucha seguridad, pero es un ejemplo perfecto de que su cultura teológica era muy grande. La otra obra tuvo mayor resonancia, incluso hasta nuestros días, pues es uno de los manifiestos de la feminidad: la “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, donde responde al obispo que le pide no que renuncie a la literatura, sino que se dedique más a Cristo. Es decir, menos poemas y más devoción. Sor Juana se defendió muy bien, poniendo el ejemplo de las mujeres del pasado que habían sido notables por su afán de saber, como la ya mencionada Santa Catarina. También hace una descripción de lo que significa querer conocer todo, la disciplina que implica, la voluntad que exige. Esta “Respuesta” fue definitiva para que se acabase con la ilustre monja.

En 1694 Sor Juana cesa de escribir, sus amados libros e instrumentos son vendidos, y el 5 de marzo de ese año firma con sangre su renuncia formal a todo lo mundano (es decir, a la cultura), y en adelante su vida estuvo llena de austeridad, penitencias y ejercicios espirituales, que no sólo fue un castigo para su cuerpo, sino también para su espíritu. Eran también años de hambre y enfermedad en la capital de Nueva España, por la falta de maíz que pegó fuerte entre los humildes y provocó el motín de éstos en 1692 (mismo año de la persecución a las brujas de Salem en Nueva Inglaterra), y luego por la epidemia de peste, que entró al propio convento de San Jerónimo. Sor Juana se ocupaba con empeño de sus hermanas enfermas y finalmente se contagió. Murió el 17 de abril de 1695.

Juana Inés de la Cruz es mi confesora personal, pues a través de ella es como he comprendido la poesía, que es mi antídoto contra el dolor agudo que deja la muerte. Y a ésta la confronto en cada ocasión que visito el panteón de Amecameca, cerca precisamente de la hacienda de Panoayan en donde mi monja tan querida pasó su niñez felizmente. Ahí hay un parque cultural y ecológico, donde se encuentran hermosos animales a los que alimento cuando voy allá. El lugar donde Sor Juana vivió es ahora un museo dedicado a su memoria.

“Pero valor, corazón:
porque en tan dulce tormento,
en medio de cualquier suerte
no dejar de amar protesto”.

“La ausencia definitiva e irrevocable es la de los muertos”, es lo que ella me diría. Finalicemos con una de sus endechas de siete y diez sílabas, uno de sus poemas menos conocidos pero no por ello menos sentidos.

*
Demostrando afectos de un favorecido que se ausenta.

Divino dueño mío:
si, al tiempo de apartarme,
tiene mi amante pecho
alientos de quejarse,
oye mis penas, mira mis males.

Aliéntese el dolor,
si puede lamentarse;
y, a vista de perderte,
mi corazón exhale
llanto a la tierra, quejas al aire.

Apenas de tus ojos
quise al Sol elevarme,
cuando mi precipicio
da, en sentidas señales,
venganza al fuego, nombre a los mares.

Apenas tus favores
quisieron coronarme,
dichoso más que todos,
felice como nadie,
cuando los gustos fueron pesares.

Sin duda el ser dichoso
es la culpa más grave,
pues mi fortuna adversa
dispone que la pague
con que a mis ojos tus luces falten.

¡Ay, dura ley de ausencia!,
¿quién podrá derogarte,
si adonde yo no quiero
me llevas, sin llevarme,
con alma muerto, vivo cadáver?

Será de tus favores
sólo el corazón cárcel,
por ser aun el silencio,
si quiero que los guarde,
custodio indigno, sigilo frágil.

Y puesto que me ausento,
por el último vale
te prometo, rendido,
mi amor y fe constante:
siempre quererte, nunca olvidarte.

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