Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año II Número XIII Noviembre 2013

 

Trigonometría
María Elena Méndez Gaona

Era el juego favorito de Hermilo tras sostener relaciones sexuales: cubrir mis senos con la manta, arroparlos para hacerlos esponjar con la ternura y esperanza de un panadero.

—Perfectos—, me decía tras retirar la cobija despacio, evitando así que el aire los encogiera, y observándolos durante algunos instantes para después aproximar su boca y hacerlos contraer igual que a moluscos amenazados. Mis senos ingenuos, hinchados como semillas por germinar y luego marchitados por el embate de su lengua, eran tratados por mi novio como si durmiera con delicadeza a un bebé y luego lo zarandeara para hacerlo reaccionar.

El rubor a que los sometía tenía un efecto en cadena: radiaba de mi pecho hacia cada extremo de mi cuerpo y luego se extendía por el cuerpo de él con idéntico resultado.

Minutos después inició la perorata que desde hacía algunas semanas intentaba:

—¿Qué se sentirá hacer un trío? La mayoría de las parejas lo hace, no nos podemos quedar atrás—, y procedió a besarme, a sorber mi reticencia hasta hacerme dudar de lo que yo realmente deseaba.

No sé con exactitud qué me detenía. Huérfana de madre, había pasado mi niñez y adolescencia en un exclusivo internado de monjas, donde niñas de la mejor posición económica experimentaban la vida como si se encontraran libres. En los baños o en la recámara, mientras jadeaba, yo las veía jugar. Se acariciaban unas a otras; se penetraban con aparatos que introducían clandestinamente. Algunos vibraban entre ronroneos, otros despedían olores o sabores y los había que recitaban poemas eróticos.

Las iniciaciones eran un ritual que comenzaba con un cruce de copas. La delicadeza del vino pretendía aminorar, sin lograrlo, la presencia de dolor, llanto y sangre. El dolor y el llanto eran escuchados por todas; yo tapaba mis oídos mientras mi piel se erizaba. La “iniciada” era sostenida por dos o tres compañeras mientras otra le introducía un pene postizo. No recuerdo a alguna que no suplicara un “¡ya no, por favor!” entre hipos de llanto, seguido por un “te va a gustar al final, te lo juro”. Conforme fuimos creciendo, la audacia se intensificó y metían hombres en la recámara. Las risitas, los sopeos, los gemidos, impedían dormir.

Respetaban la distancia que yo interponía, pero guardaban la esperanza de hacerme ceder. Eso no ocurrió. Yo prefería leer y hacerme la desentendida como si esto último hubiera sido posible; lo que no evitaba que, recordando a mis compañeras, me masturbara lejos de su vista. Los fines de semana que me iba a casa, Petra, mi mejor amiga, me prestaba películas pornográficas. A solas, las veía y pronto apagaba la televisión, avergonzada. Volteaba alrededor para recordar que no había quién ejerciera censura.

Con el paso del tiempo me convertí en una mujer tímida. Me bañaba temprano para que no me miraran; me vestía a escondidas y mis trajes de baño eran estilo antiguo: completos, cubridores. Los muchachos me aterraban. En las fiestas de fines de cursos, mis compañeras me presentaban a sus parientes y ellos me escribían o me enviaban flores, chocolates. No entendía el porqué de su persecución; me erizaba la piel pensarme como un óvulo rodeado de espermatozoides, esperando cada uno la oportunidad de entrar en mí. La idea de un acercamiento me descomponía el estómago. No podía concebir siquiera que alguien pudiera mirar debajo de mi blusa, cuyos botones permanecían cerrados hasta el tope como un almacén clausurado. Petra solía desabrocharme un par de ellos.

—Querida, muestra la mercancía.

No. Yo usaba blusas holgadas sobre corpiños largos que aún así no disimulaban la turgencia de un cuerpo legado de mi abuela mulata. Ella afirmaba con garbo que teníamos cada cosa bien puesta sobre su lugar. Sin embargo no podía disimular su orgullo desmoronándose cuando yo volvía a casa. La escuchaba lamentarse:

—Nos han regresado una ratita.

Hubo un muchacho que llamó mi atención: Evaristo. Por desgracia, era novio de Alfonsa, una compañera con la que yo no mantenía buenas relaciones. Alfonsa solía decir que yo era hipócrita; que las de mi calaña eran las peores; que seguramente al salir del internado me deschongaba y mostraba tal cual era.

Gonzalo, el hermano de Evaristo, era novio de Petra. Mi amiga comenzó a conspirar con Gonzalo para emparejarme con Evaristo. Al principio no me atrevía. Alfonsa era bravucona y me inspiraba temor.

Petra insistió y por fin accedí a que saliéramos los cuatro. Evaristo comenzó a verme a escondidas. Me hablaba de la conveniencia de andar juntos y de que yo no debía sentirme mal por ser compañera de Alfonsa, eso era circunstancial y lo importante radicaba en que él y yo estábamos hechos uno a la medida del otro. Pasaron casi dos meses antes de lograr que lo besara. Simultáneamente, Alfonsa alardeaba de su gran amor por él; de su amasiato de más de dos años; de la excelencia que él lograba en la cama y la experiencia que ella había adquirido a su lado. Esta verborrea me impedía aceptar a Evaristo a pesar de que en realidad me interesaba. Cuando lo condicioné a que terminara su relación, en seguida le puso fin.

Alfonsa pasó días llorando. Dijo a cuanta maestra teníamos que se encontraba destrozada. Yo estaba sorprendida y ya no tuve pretexto para no aceptar a Evaristo. Comenzó a visitarme en casa sin disimulo y después a presionarme para que tuviéramos relaciones sexuales. Con el fin, supongo yo, de despertar mi líbido, me propuso que formáramos un trío con un amigo de él. Ambos me harían sentir la mujer más feliz sobre la tierra. Yo no podía siquiera imaginarme a solas con él, mucho menos invitar a alguien a quien no conocía. Pronto comenzó a molestarle mi negativa. Coincidió con que una compañera nos vio juntos y puso sobre aviso a Alfonsa.

La pobre estaba hecha un guiñapo; no pudo ni amenazarme. Una amiga suya se ofreció a golpearme pero, de manera teatral, Alfonsa la detuvo diciendo que no valía la pena. Yo ya estaba harta del asunto. Dejé de ver a Evaristo, o él dejó de ir a buscarme.

Un día, estando yo en casa, Evaristo me habló por teléfono. Reiteró que todo había terminado entre nosotros y yo le dije que estaba bien. Me comunicó con Alfonsa, quien preguntó con voz de niña si en realidad Evaristo estaba fuera de mi vida y contesté: "totalmente". Con humildad me perdonó, esperando que yo pudiera olvidar el episodio. Contesté que "sí, sin resentimientos" y los etcétera convenientes. A lo largo de mi vida, a intervalos de la relación tormentosa que sostuvieron Alfonsa y Evaristo, él se comunicaba conmigo tratando de volver a verme, lo cual no se repitió.
No sé si por inventos de Evaristo o por conjeturas erróneas de Alfonsa y su grupito, en el colegio comenzó el rumor de que yo poseía una experiencia similar o superior a la de ella. No me molesté en desmentirlo aún cuando mi actitud hacia el sexo opuesto no había variado en absoluto.

Hermilo tenía una hermana en el internado. Yo no lo conocía. Me habían hablado de lo bien parecido que era y solía burlarme:

—¿Bien parecido a quién? Espero que no a Drácula.

Cuando lo vi, supe que las referencias se habían quedado cortas. Era el hombre más atractivo que había visto en mi vida. Sus ojos azules eran un milagro, te provocaban hincarte con las manos unidas y la mente en éxtasis. Me abordó y yo intenté mantenerme a distancia. Hablábamos por teléfono y su voz me lamía entera. Sus palabras hacían brotar fluidos cuya existencia yo desconocía. Una noche, con la complicidad de su hermana y de las revoltosas de costumbre, se metió en el internado. Me despertó y grité del susto. Cuando llegó una de las monjas, él había desaparecido.

A la fiesta de graduación de la preparatoria, el último día que pasé en esa escuela, Hermilo no asistió. Acababa de terminar su carrera y viajó al extranjero para estudios de especialización. Yo ingresé a la universidad y me mudé sola a un departamento.

Cuando regresó, tuvimos relaciones sexuales en la primera cita. Algunas copas me ayudaron. Fue estupendo, pude hacer alarde de la documentación que había atesorado. La experiencia fue un éxito, al grado de que él no supo que había sido mi primera vez. Sólo comentó que mi estrechez podría volverlo más loco si eso fuera posible.

Me costaba trabajo expresarme frente a él, las palabras no se presentaban con facilidad. Era la oyente ideal. Él interpretaba mi timidez como mejor le convenía y yo no lo sacaba de su error. A veces me pedía perdón por travesuras que había hecho e imaginaba que mi silencio era por complicidad. En nuestras relaciones sexuales le permitía experimentar cuanto quisiera. Él pensaba que yo poseía grandes conocimientos y se esmeraba en atenderme, en estar "a la altura".

No sé qué motivó su idea del trío. Comenzó a sondearme una tarde en que él jugaba con mis senos. Un día salimos a cenar y por casualidad también estaban ahí Salustia y su amigo Jacinto; ella era compañera de trabajo de mi novio. Al vernos, nos invitaron a su mesa tras levantar su vaso en señal de saludo. Salustia nos obsequió sendos abrazos y besos sonoros. Era desenvuelta y divertida; por lo general daba la razón a su interlocutor y esta manía la hacía caer en contradicciones que al parecer sólo yo notaba. Jacinto se mantenía en silencio. Cómo no, pensé divertida, si ella no lo deja hablar. Cuando salió a relucir el nombre de mi internado, ella me dio un codazo y comentó:

—¡Ajá, con que la escuela de las lesbianas!, ¿eh?¬—. Yo no me molesté en levantar la vista de mi plato. Me tenía un poco turbada la mirada de su amigo fija en mí.

En días subsiguientes, Hermilo continuó insistiendo en la audacia y lo excitante de un trío. Las parejas modernas están obligadas a experimentarlo, a dejar atrás inhibiciones ancestrales. Llevó una película pornográfica cuyo tema eran los tríos. Variados, para cada gusto: tres mujeres; tres hombres; dos hombres y una mujer; dos mujeres y un hombre.

—Míralos, se ven felices.

—Esas películas de chavas complacientes me parecen fantasías adolescentes si no machistas. O sí, realidades, siempre y cuando desembolses el costo.

En otra ocasión, en una exposición de arte, mi novio continuaba hablando de tríos. Hacía recuento de los visitantes.

—¿Ves? Esos tres andan. Míralos, no se separan.

Insistía en agrupar a la gente de tres en tres; estaba francamente divertido. En ese momento, Salustia y Jacinto entraron al salón en el que nos encontrábamos. Hermilo los invitó a unírsenos y ella no dejó de alabar el vestido que yo traía puesto, a la vez que tocaba la tela y el contorno de mi talle. Recorrimos el recinto. No pude relajarme con la mirada de Jacinto sobre mí. Salustia gritaba para llamar la atención de la gente alrededor; reía con estruendo; trataba de arrancarme sonrisas con frases ingeniosas mientras me daba golpes en los brazos y Jacinto poniéndome nerviosa con su silencio, sin preocuparse por tomar la palabra que ella no concedía ni por equivocación. Yo comenté que uno de mis pintores favoritos era Cézanne. Jacinto me abrazó, susurrando a mi oído algo acerca de un cuadro (de ese autor) que estaba frente a nosotros. Mis senos se ruborizaron y enviaron radiaciones hacia cada punto de mi cuerpo. No fue sino hasta que se marcharon cuando pude respirar tranquila.

El siguiente fin de semana yo sabía que nos íbamos a topar con ellos otra vez. Así fue. Hermilo y yo bailábamos en un antro cuando llegaron. Ella comentó algo sobre las agradables casualidades; yo no quería desprenderme del abrazo de mi novio. En algún momento, Salustia propuso cambio de parejas y de inmediato Jacinto se posesionó de mí. Me cortó el aliento sentirlo tan cerca.

Salustia se quejó de los tabúes de la sociedad y propuso romper convencionalismos; yo supuse que esto se debió a que sintió celos de verme con Jacinto. Obedeciendo la sugerencia, Hermilo hizo ademán de tomar a Jacinto por la cintura pero éste, con un gesto gracioso, alzó la mano en el aire poniendo distancia entre mi novio y él para, acto seguido, dar media vuelta e ir a sentarse. Salustia me abrazó con desparpajo y bailamos una pieza. Me relajé bastante escuchando sus comentarios sobre otras parejas y al rato ambas reíamos a carcajadas.

Nos sentamos. La compañera de mi novio había empezado a caerme bien. Me abaniqué con una servilleta y ella se puso de pie para recogerme el cabello con un pasador que extrajo del bolso. Sopló de su boca un delicioso aliento fresco sobre mi piel. Se deshizo en alabanzas acerca de mi cuello largo y delgado, los rasgos de mi rostro, la firmeza de mi cuerpo. Decía y hacía, alababa y tocaba, como si quisiera que parte de mí se pasara a ella. Me alejaba cabellos que caían sobre mis labios y acercaba a mí su aliento alcohólico. Los cuatro ya habíamos bebido demasiado. Cuando la miré a los ojos, noté por primera vez lo hermosa que era: grandes ojos amielados aunque con demasiado maquillaje y nariz y boca agradables.

Salustia no paraba de hablar y me hizo gracia pensar que le gustaba decir la primera palabra, la última y la de en medio. Cuando sentí la pierna de Jacinto tocar la mía, mi sonrisa desapareció. Sentí el latido de mi corazón. Me negué a mirarlo a pesar de que él no paraba de buscar mis ojos.

Tocaron los primeros acordes de una canción romántica. Mi pánico se acrecentó cuando Hermilo invitó a bailar a Salustia y Jacinto me extendió su mano. Me puse de pie, mirando al suelo con los ojos muy abiertos. Él canturreaba la melodía a mi oído. El olor de su loción me penetraba por cada poro. Debido a la tensión con que me movía, un calambre me hizo doblar la rodilla. Nos sentamos y colocó mi pierna sobre sus muslos. Me dio un masaje suave, sin dejar de verme a los ojos. Al rato cesó la música y comenzaron a apagar luces para que la gente se marchara. Nos despedimos de Salustia y Jacinto y esta vez sí hicimos planes para vernos otro día.

A solas, Hermilo me preguntó cómo había pasado la velada.

—Muy bien—, contesté con euforia.

—Sí, ¿verdad?, es que Salustia es tan abierta, tan de mundo—, sonreía; me interrogó en silencio, subiendo y bajando las cejas, como diciendo “¿Y bien?”.

En ese momento me sentí con la audacia suficiente para complacerlo, excepto por un pequeño detalle que no lograba cuadrar dentro de los acontecimientos…

—Está bien, hagamos lo de tu trío—. Hermilo me abrazó al tiempo que lanzaba un grito de júbilo-… pero aún cuando ella sea tan abierta y tan de mundo, ¿qué te hace pensar que Jacinto va a querer hacer un trío con nosotros?

Copyright © Derechos Reservados
Prohibida la reproducción total o parcial sin permiso de la autora.
Primera edición: Año 2002.

Regresar