Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año II Número XIII Noviembre 2013

 

VIERNES
Mario Bravo

Esperar un correo que no sabes si llegará; esperar la respuesta de una editora; esperar a que tus labios hallen el mapa perdido hacia los míos; esperar que los centinelas del insomnio se distraigan resolviendo crucigramas; esperar al médico y hacer fila; esperar un trasplante de corazón; esperar el tren en Retiro. Esperarte a la una en punto.

Esperar mi café expresso mientras la ciudad se derrumba; esperar un año entero para volver a vivir otro verano; esperar a que se reanude el servicio de energía eléctrica en todo el barrio; esperar hasta que deje de llover o se inunde la ciudad. Esperar mientras llegas.

Esperar sin desesperar. Esperar leyendo, esperar escuchando Amsterdam, esperar imaginando crímenes perfectos cometidos en el hueco de tu espalda. Esperar sin prisa, sabiendo que el reloj no ofrece tregua y minuto a minuto somos historia.

Esperar colérico, enardecido, puteando a las mil vírgenes rubias y a la legión de todos los santos con residencia en el cielo. Esperar petrificado, similar a la estatua de un héroe sin pasión ni recuerdos, esperar sin nombre propio, sin rostro reconocible frente al espejo y sin memoria de lo que fuimos. Esperar a que desciendas de un taxi y el mundo gire contigo y por ti, otra vez.

Esperar los tiempos mejores que carecen de puntualidad; esperar la luz color verde del semáforo; esperar que el fontanero arregle las tuberías de tus lagrimales; esperar que la ciudad derrumbada no levante mausoleos en nombre de lo que fuimos; esperar que el calendario no pese igual que la piedra del viejo Sísifo; esperar que los charcos sean mares y embarquemos en pateras hacia ninguna parte. Esperar que las almohadas no guarden en su interior las maldiciones de la bruja del norte; esperar que la distancia de tu beso a mi beso esté tapizada con mil dalias; esperar que las margaritas no laboren horas extras; esperar que mi armada sucumba al otro lado de tu frontera.

Esperar a que el ibuprofeno alivie los dolores provocados por la amarillenta y desgastada rutina; esperar que los percheros no claudiquen ante el peso de nuestros abrigos y derrotas; esperar y montar guardias nocturnas hasta que ocurra el milagro de ver caer tus vestidos y tus penas; esperar que un "te quiero" derrote a los espectros escondidos debajo de tu almohada; esperar que las calles revienten de protesta y primaveras; esperar y resistir hasta que los suspiros y las maldiciones se hallen a la baja. Esperar a que el metro avance de nuevo, arrastrándose lentamente como una víbora, mientras te alejas y me dices adiós con tu mano derecha, perdiéndote entre una multitud que es devorada por un andén vacío de corazones.

Esperar el caminar pausado de las horas, como quien espera a un amor que llegará tarde unos minutos.

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