Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIII Noviembre 2013

 

Visión de Neza York
Luciano Pérez

A principios de los años sesenta del pasado siglo, en Tepito veíamos pasar unos misteriosos camiones, muy maltrechos, en cuyos costados estaba, mal pintado, su destino: Colonias del Vaso de Texcoco. Nos preguntábamos dónde podía ser eso y si existía siquiera, nos sonaba como un lugar imposible. Que en efecto lo era: esas colonias fueron el núcleo de una urbe que brotó de la nada, del polvo que era todo lo que había ahí. Es decir, que surgió de lo imposible, y a partir de 1963, hace cincuenta años se le dio el nombre de Ciudad Netzahualcóyotl, en recuerdo del rey sabio y poeta que gobernó esas tierras, otrora verdes y frondosas, antes de que llegaran los españoles. Ciudad Nahual debió llamarse, pues el nombre oficial, no importa cuán venerable, es muy largo. Con el tiempo en el habla común se le fue diciendo simplemente Neza, y después adquiriría un rango cosmopolita al conocerse entre los iniciados como Neza York, y también Mi-nezota.

En lo que hoy es la gran Neza todo era el lago texcocano, un sitio para ensoñar. El agua fue arbitrariamente echada fuera, y durante siglos todo fue ahí un desierto, de donde en los meses de febrero y marzo surgían enormes tolvaneras que azotaban a la ciudad de México, castigándola por sus muchos pecados. Ya a mediados del siglo XX algunos extranjeros ricos compraron esas tierras con la idea de venderlas de manera fraudulenta, con permiso del gobierno, lo más pronto posible. De modo que los que llegaron ahí a tomar posesión de sus casas no hallaron más que lodo, y sobre éste tuvieron que construirlas. Durante años Neza se distinguió por carecer de servicios de agua y de luz. Esta carencia volvería a sus habitantes duros, y sin embargo no se fueron, sino que se aferraron a su desierto para convertirlo en un paraíso. Un paraíso donde el sol cae a plomo derritiéndolo todo, y donde la lluvia cae inmisericorde inundando las casas.

Ahí llegó gente de Tepito y del Centro, procedente de las clases más bajas, debido al alto monto de las rentas en la capital; fueron a Neza para vivir de manera más barata para criar a sus docenas de hijos, y la ciudad fue creciendo, incrementada su población con personas llegadas de la provincia, principalmente Oaxaca y Guerrero. Pronto supimos de amigos y amigas que se iban allá a vivir en colonias de nombres inverosímiles: El Sol, Virgencitas, Ciudad Lago, Maravillas, Agua Azul, Impulsora, que a veces evocaban lo que no había ahí. Y supimos de la plaza de toros de la Aurora, donde se efectuaban festivales taurinos de corte surrealista, donde toreros enanos coronaban a una reina de la belleza, que por lo general no solía ser una muchacha de Neza, sino una criolla traída de la capital por los empresarios, usualmente españoles; la reina seguramente se preguntaría qué estaba haciendo ella entre los “bárbaros”.

Neza York se hizo más grande y fantástica, en medio del rock y de la mariguana, a fuerza de sufrimiento y de nunca claudicar ante ningún obstáculo. El Estado de México tuvo que aceptar a regañadientes como suyo este hijo rebelde que tenía más de chilango que de mexiquense. Y los chilangos, por su parte, siempre despreciaron a Neza, así que todo lo peor en cualquier aspecto procedía ya no sólo de Tepito, sino de aquel lugar. Por lo tanto Neza, igual que el barrio bravo, ha encarnado lo popular y lo rebelde en un grado mucho mayor al propio Tepis. Los nezayorquinos son los olvidados, pero no se preocupan mucho por eso, les basta con recordarse ellos mismos. Su pobreza y carencias no las toman como algo trágico, pero tampoco se resignan a nada, sino que asumen las cosas como son y continúan la vida sin perder el humor negro que los caracteriza.

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