Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIIII Diciembre 2013

 

Cuando mataron a Kennedy
Luciano Pérez

“¿Dónde estabas cuando mataron a Kennedy?”, fue una pregunta que a partir del 22 de noviembre de 1963 nos haríamos unos a otros para rememorar esos días locos cuando el mundo entero se puso de luto porque fue asesinado el presidente de la nación más poderosa, los Estados Unidos: John F. Kennedy. Qué hice yo en ese momento exacto no sé, pero las clases fueron suspendidas. En aquel entonces México, como muchos países, excepto los del orbe rojo, estaba dedicado a Kennedy, al que se le quería por ser güero, católico, y sobre todo por la esposa que tenía. Esta última fue para muchos de nosotros lo más importante. Se dijo entonces que Kennedy era un gran presidente, pero casi nadie supo (hoy ya se sabe) que él puso en peligro al planeta Tierra entero al disponerse a una guerra atómica contra la URSS por el asunto de los cohetes rusos en Cuba. No se llegó a tanto porque el jerarca soviético, Kruschev, decidió retirar los misiles, pero Kennedy estuvo dispuesto a todo.

Y desde aquel tiempo también surgió otra pregunta, que no ha recibido hasta ahora respuesta y quizá nunca la haya: “¿Quién mató a Kennedy?” Pudo ser cualquiera: los rusos, los cubanos, los republicanos, los texanos, los marcianos. Algunos pensamos que el destino lo castigó por serle desleal a la mujer más hermosa que hubo en ese momento, su esposa Jacqueline Bouvier, o Jackie, a quien muchos admirábamos como la dama más elegante y exquisita que hubo jamás. Kennedy no se merecía algo así, y de ahí el castigo que recibió.
No hubo clases varios días, todos lloraban, en la televisión vimos los funerales. La idolatría por los Estados Unidos alcanzó niveles inusitados, nunca antes vistos. Se nos invitó a soñar como americanos, a sentir dolor por el gringo muerto. Sin embargo, muchos no creíamos en esa fábula del Kennedy bueno y pacífico, así que no nos pareció fuera de lo normal su asesinato, porque en el país estadounidense es algo cotidiano matar a alguien. Sobre todo en Texas, donde lo asesinaron, y donde desde días antes de que llegase a hacer precampaña para su reelección se distribuyeron panfletos que invitaban a dispararle al presidente. ¡Americanos locos!

El caso es que Jackie quedó viuda, y vistió de luto, y estuvo digna y ecuánime ante un mundo que lloraba lágrimas infinitas. Ella vestida de negro fue lo mejor de todo. ¿Quién podrá olvidarla? Nadie. En los años sesenta del siglo XX su figura llenó los espacios donde los sueños se hicieron vida, es decir, se hicieron viuda. La viuda es sueño. Casi todos preferían entonces a Marilyn Mortensen, alias Monroe, pero yo decidí que Jacqueline Bouvier no Kennedy no Onassis sería parte ya de mi imaginación. Y no la perdí de vista nunca más.

Y cuando se casó con el viejo griego Onassis, el escándalo en Estados Unidos fue grande, lo sintieron como una afrenta a su orgullo americano. Porque, ¿cómo una mujer bella podía casarse con alguien así, luego de ser esposa del “gran” presidente de un “gran” país? Pero yo siempre me dije: ¿y por qué no? Onasis, cierto, era un pillo que podía permitirse lo que quisiera, desde ser amante de la diva más grande, María Callas, hasta casarse con la más famosa viuda. Y él, como Carlo Ponti con Sofía Loren, quiso llenar de envidia a todos los hombres del mundo: “así como me ven, gordo, viejo y feo, vean nada más lo que me ceno todas las noches”. Además, Onassis era rico. Y es penoso decirlo, pero JackieBouvier sólo se manejó en niveles económicamente muy altos. Ella misma procedía, como Kennedy, de la aristocracia estadounidense más preclara. Claro, Onassis no era un aristócrata, pero bien sabemos, como es tan evidente en México, que la riqueza hace famosos y hasta adorables a los pillos.

No todo fue bien, al parecer Onassis empezó a tener mala suerte desde que se casó con la viuda, y en sus últimos años él le reprochó a ella el ser una bruja que le destruyó la existencia. Pero creemos que el griego no tenía nada de qué quejarse. Y entonces Jackie quedó viuda de nuevo, y continuamos admirándola, aun aceptando que, no obstante ser maravillosa e impresionante, ella era quisquillosa y de mal carácter. Las cosas tenían que ser como ella decía, y a la dos veces viuda nadie podía objetarle nada. Y como si fuera una villana, tal vez lo era, al final de sus días les quitó sus tierras a los pieles rojas en la isla donde ella vivió hasta su muerte, Martha’sVineyard, cerca de donde la ballena Moby Dick castigó al capitán Ahab por su hybris intolerable.

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