Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIIII Diciembre 2013

 

Debajo de mi cama
Mar Vega

Esta vez me he metido debajo de la cama junto con mi oso de peluche. No sé cuál de los dos tenga más miedo, pero al menos nos hacemos compañía.

Afuera, los relámpagos anuncian una tormenta que no se decide por llegar y que tan sólo sirve de pretexto a las sombras nocturnas para dibujar figuras monstruosas en las cortinas de la ventana.

La puerta de mi habitación está entrecerrada; por una rendija alcanzo a ver un filo de luz que cruza el pasillo desde la recámara de mamá, y me pregunto si ya habrán dado las doce.

Seguro llevo ya más de media hora acuartelado sobre la alfombra y protegido por las cuatro patas de madera que sostienen el colchón sobre mi cabeza. La idea de esconderme aquí abajo fue de Lalo. Hace una semana le conté de mis pesadillas y de las incursiones que mamá hace a mi habitación cada vez que el reloj de la sala marca con sus campanadas la llegada de la medianoche.

Primero, Lalo se rió muchísimo y me acusó frente a la clase de ser un cobarde llorón. Pero ayer, Lalo llegó a la escuela tan amarillo como los enfermos y con los dedos de la mano derecha vendados. Entregó a la maestra una excusa firmada por su mamá diciendo que se había machucado con la puerta de la cocina. Desde que lo vi supe que aquello no era cierto; cien veces he llegado yo mismo con las manos vendadas de igual manera.

Me confesó que tenía miedo de que sonaran las doce de la noche en el reloj, porque era a esa hora que su mamá lo visitaba en su recámara. Lalo creyó que iba a subirle las cobijas y darle un beso en la frente, pero, creyéndolo dormido, su mamá le picó los dedos, uno por uno con una aguja por debajo de las uñas. El dolor punzante que Lalo sintió era igual al que yo le había descrito, pero tampoco pudo enderezarse en la cama y gritarle que le soltara... como me pasó a mí, no pudo hacer nada para evitar que ella le chupara la sangre que le brotaba de los dedos.

Se quedó inmóvil tumbado sobre el colchón mirando cómo su mamá salía de la habitación, cruzaba el pasillo hasta su propia recámara y se encerraba dentro de ella.

Esta mañana Lalo llegó menos desmejorado. Se había escondido debajo de la cama y su mamá no pudo encontrarlo. “Ellas se vuelven ciegas después de las 12,” me dijo. “Escóndete bajo la cama y verás que a ti tampoco podrá encontrarte.”

Mientras espero que den las 12 de la noche escondido debajo de mi cama, entiendo a papá cuando enojado me decía que mi mamá era una bruja.

El pobre no sabe cuánta razón tenía.

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