Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIIII Diciembre 2013

 

El Caballito de Tolsá
José Luis Barrera

A Don Guillermo Tovar de Teresa (1956-2013) en recuerdo de su última batalla

En últimas fechas se ha generado una profusa polémica respecto a “El Caballito”, que desde 1803 ha cabalgado por el Centro de la Ciudad de México en busca de un lugar para posarse tranquilo y seguro. Su trote lo ha llevado desde su lugar de fundición, en la huerta del Colegio de San Gregorio, de donde fue llevado a la Plaza Mayor, hoy conocida como Zócalo, desde su inauguración y hasta 1824, cuando lo llevaron a guarecer de la destrucción por parte del pueblo, a la antigua Universidad –en donde hoy hoy se encuentra la Suprema Corte de Justicia–.

Para 1852 ser trasladadó al sitio en donde más tiempo ha permanecido, en el cruce de Paseo de Bucareli y Paseo de la Reforma, hasta el 27 de mayo de 1979 cuando llegó a la explanada del Palacio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, que para ese entonces alojaba al Archivo General de la Nación y que hoy venturosamente es sede del Museo Nacional de Arte. Se creía que había un lugar tranquilo y ya lejano de la destrucción para “El Caballito”, hasta que una empresa privada en complicidad con el Fideicomiso del Centro Histórico le ocasionó el daño que en su tiempo hubieran deseado los pobladores motivados por el fervor independentista. Hoy el caballito mana “sangre verde”, como le dice el arquitecto Sergio Zaldívar Guerra a los escurrimientos de los ácidos con los que se pretendió “limpiar” la estatua.

Las voces necias que alegan hispanofilia por parte de quienes mostramos indignación por el daño ocasionado a una de las más bellas estatuas ecuestres del mundo, olvidan que en su época, uno de los más ilustres historiadores, Lucas Alamán, pugnó ante Guadalupe Victoria por preservar tan importante y bella estatua dentro del claustro de la que fue la Real y Pontificia Universidad de México ya antes mencionada. También olvidan que el pueblo consiguió la venganza contra los conquistadores al hacer más famoso al caballo que al jinete, el muy polémico y tibio Carlos IV. Por tanto, los comentarios sin sentido en contra del grupo de Facebook El Caballito, Restauración, tienen que dejarse en el limbo de la indiferencia.

La estatua por supuesto no tiene un origen muy digno de enaltecerse, puesto que fue solicitado a Manuel Tolsá en 1794 por parte del corrupto Miguel de la Grúa Talamanca, Marqués de Branciforte, quien era virrey de la Nueva España, llegado a esta tierra tras una serie de corruptelas y una fuerte llamada de atención por parte del mismo Carlos IV, quien dicho sea de paso, era un rey más bien mediocre y totalmente sometido a los caprichos de su esposa María Luisa de Parma. Nada tenía que ver este soberano con México, y sin embargo el encargo del virrey tenía como única intención la de congraciarse con el rey.

Anteriormente, en 1788, tras la proclamación de Carlos IV como nuevo monarca de España, don Ignacio Costera y don Bernardo Bonabia hicieron la propuesta al virrey de Revillagigedo de construir dos estatuas ecuestres: una en honor del nuevo rey Carlos IV y otra de su antecesor Carlos III, pero por falta de recursos sólo pudo construirse Ia de Carlos IV, colocada en la Plaza Mayor sobre un pedestal de mármol, pero tuvo que ser tallada en madera por Santiago Sandoval, indígena deI barrio de Tlatelolco, la que por supuesto tuvo una corta duración y al cabo de dos años se encontraba prácticamente destruida.

Entonces fue que el abyecto virrey ya mencionado propuso la nueva escultura, para cuya realización se hizo de recursos organizando numerosas corridas de toros, además de las aportaciones de instituciones y gente acomodada, con lo que reunió más de 50 mil pesos para el proyecto. Pero el virrey de Branciforte nunca logró ver colocada la estatua de bronce en el centro de la Plaza Mayor, ya que fue destituido de su puesto en 1798 por sus característicos actos de corrupción.

Pues bien, la estatua fue encargada en 1794, pero se culminó y se colocó en la Plaza Mayor hasta 1803, porque ya teniendo Tolsá listo el molde, basado en el citado monarca montando un percherón perteneciente al marqués del Jaral del Berrio de nombre “Tambor”, el metal para el vaciado no estaba completo (de 450 a 600 quintales), por lo que el escultor valenciano y su equipo tuvieron que esperar tres años. La estatua tenía la intención aduladora del virrey de Branciforte hacia el rey, causa por la que tal vez el rostro del soberano tiene cierto parecido a un emperador romano, y la pata de “Tambor” aparece levantada, como si el medroso rey hubiera muerto en batalla, lo cual por supuesto nunca sucedió. Pero esta falsa loa al rey, al parecer no podía pasar de largo ante las manos de Tolsá, ya que de ser observado atentamente el rostro del monarca, tiene un toque un tanto caricaturesco, como lo señala el maestro Guillermo Tovar de Teresa.

Pero una vez que se consumó la Independencia, la estatua estuvo en constante riesgo de destrucción por ser la representación monárquica española y más aún porque “Tambor” pisaba con su pata trasera derecha un carcaj indígena, lo que representaba la derrota de nuestros ancestros a manos de los gachupines. El propio Guadalupe Victoria, al ver la impopularidad de la estatua ecuestre, propuso que se fundiera, y con el metal se acuñaran monedas o se construyeran cañones. Pero fue Lucas Alamán quien lo hizo desistir de su idea y le propuso enclaustrarla en la universidad para protegerla de la destrucción popular.

Fue durante el periodo presidencial de Mariano Arista en 1852, cuando el alcalde de la ciudad, don Miguel Lerdo de Tejada, propuso que saliera de su prisión universitaria y fuera trasladada a la primera glorieta e inicio del Paseo de Bucareli, cuyo traslado y construcción del pedestal que la soportaría, corrió a cargo de Lorenzo de la Hidalga. El traslado, que era el más largo hasta el momento, duró del 3 al 24 de septiembre de 1852.

A partir de esa fecha y hasta 1979, muchos fueron los años que permaneció esta estatua en este lugar y por tanto era un referente obligado de la ciudad. “El Caballito” se volvió más popular que nunca, y ese fue el sitio más entrañable en donde estuvo. Sin embargo, fue gracias a Porfirio Díaz que se resaltó la belleza de la estatua con la construcción del Paseo de la Reforma, ya que anterior a este tradicional paseo, “El Caballito” era víctima del vandalismo y la suciedad, puesto que a su alrededor vaciaban la basura de los carretones recolectores.
La glorieta donde estaba ubicada la estatua tuvo que irse recortando dado el creciente aumento de la circulación sobre el Paseo de la Reforma, mismo que creció considerablemente a partir de 1964 cuando el regente Ernesto P. Uruchurtu extendió el paseo cerca de dos kilómetros al noroeste de la ciudad. Ya para 1977, la circulación se complicaba en la “Glorieta del Caballito”, con el proyecto vial del regente Carlos Hank González, que incluía la apertura del Eje 1 Poniente sobre la calle de Guerrero, por lo que el 27 de mayo de 1979, después de una emotiva ceremonia, el Caballito inicia su cabalgata hacia la actual plaza Tolsá, dejando en definitiva el lugar que durante 127 años ocupó, dejando atrás la compañía de los edificios de la Lotería Nacional y los periódicos El Universal y Excelsior.

El pedestal construido por Lorenzo de la Hidalga más de cien años atrás fue desmontado y trasladado pieza por pieza hasta su actual ubicación frente al Museo Nacional de Arte, donde hace una perfecta comunión con este mismo, el Palacio de Minería, obra del propio Tolsá y el Palacio Postal. Esta plaza es ya un referente de nuestra ciudad, un sitio rodeado de belleza y tradición, donde parecía que “El Caballito” estaría tranquilo disfrutando de la fama que tiene a nivel mundial. Este pedestal tampoco se salvo del daño de la nefasta restauración, ya que la “sangre verde” se ha escurrido sobre él, como lo señala atinadamente, María Elena Matadamas Jiménez en el grupo de Facebook ya antes mencionado.

Por desgracia, ahora el Fideicomiso del Centro Histórico le hizo un daño invaluable a una estatua ecuestre con 210 años de existencia y que es considerada una de las más bellas del mundo. Muchos son los estudiosos que han resaltado el valor artístico de la estatua por encima de su significado y el personaje a que representa, como para que una empresa privada contratada sin la venia del Instituto Nacional de Antropología e Historia la venga a afectar de esta manera, y que personas sin conocimiento o con doble moral hagan creer que no importa mucho el daño ocasionado, dando a entender incluso que se lo merecía el timorato rey que monta a “Tambor”.
El arte no tiene nacionalidades y no admite la destrucción en nombre de creencias ideológicas. Recordemos que valoramos a la estatua y no al personaje a quien desde mucho tiempo atrás le compusieron esta canción anónima:

Ya con cabeza de bronce
lo tenemos en la plaza.
Venga y le tendremos con
cabeza de calabaza.

Dicen que de gobernante
no tiene más que el bastón,
mas, le falta de hombre un poco,
ya lo asusta Napoleón.

Si viene es un disparate,
quédese en su madriguera
no queremos ya mandones,
vestidos de hojas de higuera.

Si hubiera revolución
en la tierra de Colón,
fuera una desproporción
la venida del panzón.

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