Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIIII Diciembre 2013

 

Himeneo de Martín de Porres y MM
Luciano Pérez

1962 no sólo fue el año en que los rusos casi noquean a los estadounidenses con el célebre y peligroso asunto de las bases de cohetes atómicos en Cuba. También fue el año de otros dos sucesos memorables, que dejaron en mucha gente una huella más profunda que la de la guerra de la URSS contra Kennedy: la santificación formal y final del beato Martín de Porres, y la culminación lastimosa y mortal de la vida de Miss Monroe, símbolo sexual de un Hollywood alcoholizado y depravado. 1962 llegó a ser también el año de la unión mística y alquímica del santo peruano y la estrella impactante. Ambos se unieron en el cielo.

Fue una canonización inesperada la de Martín. Los burócratas del reino celestial no la deseaban tan pronto. De repente les llegó un oficio firmado por el propio Rey Jesús, donde hacía él un elogio algo desmesurado, pero muy justo, eso sí, de Santa Rosa de Lima, quien recomendaba a Martín para la santidad. Mientras vivió en el Perú, ella hizo presente a Dios ante los ojos de muchos. Porque quienes vieron a Rosa en el mundo supieron que el cielo era una posibilidad muy factible, y ella misma era la prueba tangible de ello. “Esa mujer nos lleva hacia arriba”, decían muchos, siglos antes de que un poeta diabólico cerrase su libro de encantamientos con la frase única e ineludible de que “el eterno femenino nos atrae hacia lo alto”.

Rosa de Lima le rogó fervientemente al Rey del cielo que hiciese santo a su amigo personal de ella, Martín de Porres, un hombre milagroso como pocos ha habido. Jesús dudaba, pues Fray Escoba, como le decían, si bien lleno de méritos, no era muy estimado por los clérigos obesos y aristócratas, que no apreciaban en nada la humildad del beato limeño. Pero Rosa fue insistente, y portaba en su cabeza la corona de espinas, cosa que tales clérigos jamás se pondrían, sabedores de que sólo quien porta su título de doctor en teología y cánones tiene derecho a disfrutar del banquete divino. Martín, por su lado, con su modestia de siempre, con su escoba quitaba el polvo de todas las esquinas del reino de los cielos. El Rey lo observaba, y a veces le hacía preguntas: “Martín, ¿por qué amas a los animales?” Y el beato respondía: “Como tú nunca hablaste de ellos, Señor, siento que alguien tiene que hacerse cargo. Ese alguien soy yo”, respuesta que satisfacía a Jesús, sin saber por qué. Quizá porque sintió que, en efecto, olvidó a los animales y que merecían éstos una mejor suerte en el esquema teológico de la creación.

Mientras tanto, Miss Monroe se levantaba más tarde que nunca, se comportaba peor que jamás, y su irresponsabilidad ponía de nervios a la gente que invertía dinero para sus películas. Todos la creyeron glamourosa, pero lo cierto es que en su casa andaba sucia y comía pollo frito todo el tiempo sin lavarse las manos, además de que tomaba tabletas medicinales a puños, bajándoselas con whiskey. Sus asesores de actuación, los Strassberg, la exhortaban a ser más disciplinada, si es que quería actuar mejor. Ella decía que sí, que su meta era convertirse en actriz, en una Bette Davis o Katharine Hepburn, alguien de respeto. Con lágrimas prometía llegar a serlo, pero al caer la noche no dormía, tomaba más pastillas, seguía devorando pollo frito, y se limpiaba los dedos grasientos con las sábanas de la cama. Y mientras Kennedy se subía los pantalones luego de otra sesión sexual con ella, Miss Monroe ahora dormía profundamente en plenas seis de la mañana, para despertar a las tres de la tarde, sin haberse reportado a la filmación, donde la habían esperado largas horas. La despidieron de las películas por desordenada y desobediente. Una drogadicta ya no era garantía de más éxitos. Y ella, la ex pelirroja y ahora blonda, se dirigió cada vez más hacia la muerte.

Y murió, y sólo uno de sus ex maridos estuvo presente en el final. Todos huyeron, todos cuantos tuvieron trato sexual con ella: Kennedy se acordó un poco de ella, mientras se subía los pantalones luego de una sesión con Jayne Mansfield. Ésta, favorita del Diablo, le dijo a John: “Mi Señor Satán me dice que dejes que los rusos nos destruyan”. El presidente no escuchó eso. Pensaba en Miss Monroe, es decir, en cómo al fin se había deshecho de ella. Y por supuesto que la sex-symbol no se fue al cielo, pues el Rey Jesús no la tenía en sus listas, y no tenía tampoco ningún aprecio por ella, para lo cual no le faltaban razones. No era necesario que los clérigos obesos le soplasen al oído: “Señor, es la ramera de Babilonia montada en la gran bestia estadounidense”. No le dijeron que esa bestia era Kennedy, pero callaron, por ser éste católico y por lo tanto sólo digno de alabanzas y bendiciones. Jesús lo sabía, pues con su clarividencia atisbó cómo el presidente de los USA se subía los pantalones luego de una sesión con Zsa Zsa Gabor.

Entonces llegó el anuncio que estremeció al mundo papista: “¡El beato Martín de Porres, proclamado santo!” Luego de largas negociaciones, el abogado del Diablo, un docto prelado alemán, aceptó firmar la canonización. Rosa de Lima fue primordial en ello. Se le presentó en sueños a dicho abogado y le dijo: “Doctor K., no sé nada de tecnicismos legales ni de silogismos, pero sí le hago saber que si Martín no es hecho santo, soltaré sobre de usted pesadillas pecaminosas”. Al principio el alemán no le creyó nada, pero cuando al día siguiente llegaron chicas en bikini amarillo a sentarse con él a desayunar, supo que tenía que firmar. Le dijo a Rosa: “Firmo, pero no te lleves a las muchachas”. Ella, asqueada por tanta lascivia, estuvo de acuerdo y se fue. Su gran amigo Martín, con todo y escoba, tomó un lugar selecto en el cielo. Pero él no quiso dejar a sus animales, y llevó gatos, perros y ratones a la morada del Rey Jesús, y éste no lo vio mal. Dijo el Señor: “Es una lástima no poder escribir otra vez mi evangelio, para incluir en los beneficios del reino no sólo a la humanidad, sino también a todos los animales”. En ese momento un ratón le mordió un dedo, pero Jesús sólo rió, y tomó al animalillo para acariciarle los bigotes. “Vete y no muerdas más”, le dijo al soltarlo.

San Martín supo que una tal Miss Monroe había muerto en Hollywood, y su talante caritativo lo hizo desear que ella fuese llevada al cielo. Habló del asunto con su amiga Rosa de Lima: “No quiero hacerla santa, Rosa, yo sé que es imposible. Pero sí quisiera que ella viniese aquí, y comiéramos pollo frito todos juntos”. La peruana entendió. Sabía que la americana no era la apropiada para habitar aquí, pues podría escandalizar a muchos; pero recordó que Jesús amó a la adúltera y a la poseída por diablos, y ¿qué diferencia había entre ellas y Miss Monroe? Ninguna, así que acudió con el Rey Jesús para rogarle que trajera a la sex-symbol al cielo. Él, como era de esperar, se negó. “No puedo hacerlo, ni queriendo siquiera. El Papa me lo reprocharía, ya ves cuán insolente se porta a veces conmigo”. A Rosa se le ocurrió esto: “Señor, ¿y si la casamos con Martín? Sería un himeneo celestial, todo dentro de la ley”. Jesús lo pensó un rato. Le dijo a la peruana que necesitaba consultarlo con sus secretarios, los apóstoles Pedro y Pablo, y que volviese mañana por la respuesta definitiva. Pedro puso el grito ahí mismo, en el cielo: “¡Una prostituta, Señor! ¡Babilonia entre nosotros! No lo permitiré”. Pablo fue más gentil: “Si todo es legal, es aceptable. Más vale casarse en el cielo, que quemarse en el infierno”. Faltaba aún la opinión del Papa. Sorprendentemente, fue muy directo y preciso: “A mí me parece perfecto. Martín le enseñará a usar lo que ella nunca supo manejar: la escoba”. Esto se lo comunicó por teléfono al Señor.

Al día siguiente, Rosa supo que no había mayor problema: Miss Monroe sería traída al cielo y se casaría con Martín. La boda se efectuó con gran pompa. El propio San Pedro fue quien los casó. A pesar de su oposición de al principio, cuando se le dijo que él sería el sacerdote elegido para oficiar el matrimonio, aceptó, porque ganaría más prestigio aún. Además, como buen pescador, supo que en su red tendría dos peces muy valiosos, los más famosos personajes de 1962. Martín y Marilyn se casaron, y su hogar fue establecido en medio de un inmenso zoológico, adonde llegaban constantemente los animales cazados en la Tierra por los imprudentes humanos. Venados y conejos eran los que venían más. Pero también perros y gatos atropellados por autos, miles y miles. Marilyn quiso ayudar a su santo marido a administrar el lugar. Dijo: “Prefiero esto, a saber que John se está subiendo los pantalones en este momento luego de una sesión con Angie Dickinson”. Por supuesto, y Martín, con gran sonrisa, la invitó a llevarles Whiskas de atún a los tigres.

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