Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIIII Diciembre 2013

 

Las revelaciones de Lot
Hosscox Huraño

Lo primero que hiciste no fue marcharte bien lejos. Fue hurgarte la nariz hasta sacarte un moco seco. Lo miraste y lo lanzaste de la punta de tu dedo al espacio vacío que quedó entre los dos.

Atrás quedaron mis días de seminarista, las noches con Tannhäuser de Wagner, y tu culo aterciopelado de piel de durazno, el cual me convidabas a escondidas en la huerta del seminario, acurrucados transitamos muchas madrugadas entre los árboles de guayabas y los moscos.

Tu ausencia me refundió en el vacío, la putrefacta nostalgia me hizo ampararme con tu música, la de los Beatles, y las salas calientes de videochat en que me enseñaste a navegar como un intrépido teniente de fragata, con la verga dispuesta y ondeando. Masturbé otras mentes, conocí otras vaginas y apetencias, me disgregué en el deseo de los demás.

De mis lágrimas de pecador deseoso nació tu búsqueda, tu encuentro, la premonición de tu nuca blanca, de tu coño rojo, de mis dedos enredándose en tus labios de mantarraya, yde mi semen gravitando del escroto a tu boca, a tu culo, a tu alma.

Algunas veces, mientras te penetraba, sentía el oleaje de tu sangre formando un anillo alrededor de mi glande, un halo eléctrico que estrangulaba las venas de mi verga.
Eyacular era un puro instante, pero nos parecía perpetuo.
La sensación de drenar e irte llenado poco a poco, te enloquecía y aumentabas tus movimientos, hasta dejarme seco. Aún flota en mí el sonido de las fricciones de nuestras pieles, los gemidos engarzados, las sudoraciones filosas, pero en mi mente sólo había un muro de palabras aglutinadas.

Libra, Señor, el alma de tu siervo, como libraste a Lot de Sodoma y de las llamas del fuego.
En tu cuerpo, mi alma se disolvió, encontré el principio y el fin del mundo.Fuiste mi palabra cofre, mi símbolo proscrito y sagrado, para guardar todo lo que nunca quería perder.

Tu culo, tu bendito culo, es una revelación, mi corona de espinas, la cuerda del ahorcado. La hechura de tu esfínter se clava en el centro de mi mente, abriendo desde adentro con su rugosidad mi rostro, penetrándome y fundiéndose con todo lo que hay en mí. La sensación de su calor, su olor, aparecen en la hora más profunda de mi contrición. Otras veces, a la mitad de la eucaristía, asomabas, sedienta ante el altar; y sólo con husmear un poco el aire, sabía que tu ano estaba hambriento, que ansiaba dilatarse, implorar, contraerse.

Soy Lot, no quiero dejar Sodoma.
Hija, después de conocerte, mis masturbaciones del sábado por la noche no volvieron a ser lo que eran.
Recuerdo cómo el reflejo de la luna llena sobre las baldosas húmedas del jardín hacía que te descalzaras y así emprendieras tu caminata lunar. En tus movimientos de jaguar ibas desnudándote y devorando los complejos que aún me quedaban.

El remordimiento es un dolor que abría mi cuerpo en canal, ayunaba y oraba como redención a mi carnalidad, pero en el delirio de la inanición florecía el recuerdo de tu dedo anular, acariciando mi próstata, arremetiendo contra mi pureza.

Tus piernas, tus nalgas, tu espalda, el arándano de tus tetas, todo era una invitación a demoler los últimos granos de fe que había en mí.

Fui sólo una canción en ti, fui Eleanor Rigby; y sin embargo, para mí fuiste El Holandes Errante.

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