Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XV Enero 2014

 

Bar Orizaba
Juan Antonio Mojica

Se abría la calle de Dolores como un océano de incertidumbre a mis pies, que, para ser preciso, no eran los más atinados pero sí los más enjundiosos a la hora de beber. Mi tatema burbujeaba al sol del mediodía; era el fin del mundo y no importaba, todo me parecía tan desabrido, pasmoso y ridículo como la baba de un caracol.

En esa época tan desteñida de final de los noventa, mi soberbia sólo hacía que aspirase a ser un profeta sin profecías, a ser un delirante bebedor que, para evitar la cruda y continuar en el hábito, era capaz de emprender cualquier causa y perderla con toda intención, pues el fracasado es elegante e irreprochable en sus motivaciones para beber.

Así que abrí las verdes puertas del Bar Orizaba con la gentileza de quien sabe que todo está perdido, y más entre esos perdidos cuya vida parecía labrada a martillazos, la desconchinflada rokola que tocaba un bolero mustio y mentiroso; estaban ahí las putas más viejas de cualquier naufragio, un bolero seboso untando más grasa a los zapatos de un coyote burócrata; y las infalibles pepitas acompañadas por los infames huevos duros para botanear, para sentir que todo era normal y familiar; pero el olor de los orines, mezcla de amoniaco y pulpo podrido, en verdad nos situaba en un lugar donde todo estaba ya muy lejos. Entonces todo era posible bajo esa hipótesis. Tengo grabado el murmullo de decenas de pláticas, risas de peña resquebrajada, lagrimeos fríos y rabiosos, gritos como de pájaros asustados, y jadeos como el zumbido de una vieja máquina a punto de estallar.

Una vez vi a Camacho Solís entrándole con fe a su respectiva caguama, con un trío de músicos desmemoriados al lado; lloraba su derrota a candidato de la grande, allí, en un agujero negro, lugar donde sus compinches traicioneros no pudieran verlo. Bueno, eso creí ver… lo que sí había eran fantasmas, rateros, asesinos, extraterrestres, zombis, amores corta venas, trasnochados e impúdicos, todos apretujados con la mano en la cartera y el ojo escudriñando la sospecha.

Había gargajos secos y otros aún secándose en la pared; su verdor claro se confundía en un yeso que alguna vez quizá fue liso y ahora era como la piel de un elefante verde también.

Esa cueva era una luna sin ombligo a donde acudíamos a perdernos de la luz y el tiempo, a refugiarnos del superyó y a ser disidentes de la cordura. Pero no mentiré, lo barato era lo que nos permitía ascender a ese cielo lleno de alcohol a precio miserable.
Era joven y la vida larga, nada me interesaba realmente, me sentía inmortal y tomaba hasta desaparecer; eso era como convertirme en un viejo arrugado y apestoso que le agarraba las tetas a una puta borracha, que también se dormía junto a mí sobre la mesa. Ocasionalmente despertaba, la miraba e intentábamos algo, a veces me equivocaba y la besaba, luego le buscaba algo a qué aferrarme, para saber que de verdad existía y era mujer; ella así lo entendía y se dejaba, pero en verdad preferíamos beber.

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