Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XV Enero 2014

 

El Diablo
Luciano Pérez

De todos los personajes de la mitología y la literatura, el más interesante y atractivo, el que más ha llamado la atención desde siempre, es sin lugar a dudas el Diablo. Con su figura de dios Pan, su cuerpo de intenso color rojo, y armado con una herramienta agrícola para empujar a los pecadores hacia el infierno, este ser de muchos nombres se apodera fácilmente de la imaginación de mucha gente, a unos para aterrorizarlos y a otros para enseñarlos a contradecir cuanto existe. Se le ha conocido como Baal, Loki, Tezcatlipoca, Shiva, Arimán, Dagon, Hades, Mefistófeles, Old Nick, y mil nombres más, pero sólo dos están bien arraigados en el miedo y la fascinación humanos: Lucifer y Satanás.

Lucifer se llamó cuando fue el ángel más alto y hermoso, el único que brillaba mejor que nadie en el cielo, salvo Dios, quien se sentía complacido, quizá un poco preocupado, por este hijo suyo. Adquirió el nombre de Satanás a partir de que cayó de la gracia de su creador, y entonces tuvo que rebelarse contra éste, en el primer gran cisma religioso que se conoce. Lucifer se negó a aceptar la primacía de Cristo, y también se negó a someterse a los humanos; ya convertido en Satán o Satanás, su función es la de oponerse a Dios y sus designios, así como procurar el extravío integral de la humanidad.

Sin embargo, es un ser que, sin haber perdido jamás sus cualidades angélicas y sobrenaturales, está lleno de buen humor, y lo trastorna todo a veces con bromas pesadas y a veces con ingenio e inteligencia. Sabe que Dios le ha permitido hacer y deshacer, se supone que hasta cierto límite; sólo que Satanás ha sabido saltarse las reglas y las fronteras, con tal de que hombres y mujeres se pierdan el paraíso, para que nunca lleguen a este lugar idílico, y en cambio habiten para siempre en el infierno, donde, dicen los que lo difaman, se les atormenta con fuego y frío.
Pero, como decía Mefistófeles en el Fausto de Goethe, el Diablo, al hacer el mal, termina en realidad haciendo el bien. Es que una regla dialéctica básica señala que no hay mal que por bien no venga, y hay otra que dice que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. Sin Diablo no hay historia, ni ciencia, ni amor, ni arte. El Diablo sabe que somos dioses, así que nos hace comer frutos sabrosos, aunque se diga que a la larga resultan amargos. Satán tentó a Jesús, y aunque éste en principio rechazó las ofertas de su contrincante, en la práctica terminó asumiéndolas como propias.

Y ahora en el 2014 se cumplen cien años de una situación asombrosa por más que indemostrable. Los Testigos de Jehová, una agrupación religiosa de fanáticos que de manera extravagante le ha devuelto al dios de los hebreos el poder cósmico (siendo que éste ya es exclusivo de Cristo y de su Madre, según la Iglesia Católica), han proclamado que desde 1914 el Diablo gobierna al mundo. Haciendo un cálculo imposible, dicen que hay que contar a partir de la caída de Jerusalén a manos de Nabucodonosor (607 a.C.) para que, apoyándose en una confusa profecía de Daniel, resulte con exactitud que en 1914 se acabaron los tiempos de los gentiles, para que todo a partir de ese año empeore y Cristo pueda venir a instaurar el reino de luz y de paz de su Padre; reino donde sólo podrán entrar aquellos que se mantuvieron fieles a la Palabra decretada por la Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania (con domicilio oficial en 25 Columbia Heights, Brooklyn, en plena Babilonia de Hierro).

Dicha secta argumenta como prueba que desde 1914 ya nada fue lo mismo: en ese año se inició la Primera Guerra Mundial, y a partir de ahí todo es una situación global de crisis permanente. Nunca hubo más guerras, muertes y dolores que a partir de entonces, dicen, y es que en ese año Satanás el Diablo, el enemigo, fue echado al planeta Tierra para extraviar a todos. Y aunque paralelo a ello se ha calculado el fin de ese “estado de cosas”, ese fin no ha llegado. Se dijo que en 1975 Cristo volvería para instaurar el nuevo reino, pero no fue así. Luego se dieron otros años como seguros, y tampoco pasó nada. Ahora han trasladado el año definitivo hacia más atrás, al 2047, para lo cual han tenido que ajustar de nuevo las profecías y los cálculos.

Por supuesto que Satanás no tiene que ver nada con todo esto, pues él no está en el mundo desde 1914, sino desde siempre. Atestiguó la creación del tiempo y del espacio, y por lo tanto la de la Tierra, y ésta le gustó tanto que la ha considerado su territorio personal, su campo de juegos y de diversiones, el sitio donde artes y ciencias florecen a costa del alma de los artistas y científicos (especialmente de los músicos), todos los cuales le han vendido al Diablo, además del alma, el cuerpo, con tal de lograr excelencia en sus creaciones, aunque bien es cierto que no todos han logrado provecho económico y social. El mundo es el sitio donde hombres y mujeres llegan a ser, tal vez, lo que realmente son: diablos. Y es que Satanás es humano, demasiado humano, y en tanto que Anticristo y anticristiano se sitúa más allá del bien y del mal, gracias a su voluntad de poder y a su gaya ciencia: tal es el origen de la tragicomedia. ¡Felices cien años!

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