Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XV Enero 2014

 

El ojo de Odín
Luciano Pérez

Fragmento de la novela Las crónicas de Tepito-Asgard
Hablemos del ojo de Odín. Es decir, del ojo que ya no está, el izquierdo, el cual tuvo que perder para adquirir la sabiduría. Ese ojo que, al irse, le dio sentido a la vida del dios, pues en adelante vio con mayor claridad mucho más allá que nadie. Las pérdidas siempre otorgan algo, a veces más de lo que se quería o se creía. Y a veces no tanto así, es cierto, pero en el caso del señor de Asgard su ojo se fue para que pudiera ver mejor. Y no hay paradoja en esto. No puede haberla, pues él mismo no lamentó el que tuviese que usar un parche negro para cubrir el ojo vacío. Claro que en ocasiones esto podía ser incómodo, y había ciertos momentos en que ese ojo perdido le impedía ver lo que tenía enfrente.

Pero cuando se pierde algo para lograr algo que lo vale, las incomodidades tienen que aceptarse, para que todo se transforme en lo que tendrá que ser. Y Odín supo que al perder el ojo izquierdo se había convertido en el dios más sabio de cuantos ha habido en el mundo. Porque todos los demás dioses siguieron como si nada hubiera pasado, comiendo, bebiendo, fornicando, combatiendo; mas no se les podía llamar sabios. Quizá a Loki sí, pero no es que él fuera precisamente sabio; era ingenioso, a ratos divertido, a ratos insolente, pero toda su vivacidad y talento procedían de su mala entraña, de su innata perversidad, nada que ver pues con la sabiduría.

El sitio donde estuvo el ojo, es cierto, dolía. No mucho, pero daba algún problema. Principalmente por el lagrimeo. No había ojo y sin embargo había lágrimas, y esto le parecía a Odín perturbador. Eran instantes difíciles, esa sensación de cómo el ojo vacío se llenaba de agua. O más bien, sí había un ojo, sólo que completamente blanco, inexistente, inútil. Y este ojo que ya no podía ser ojo, lloraba. Quizá lo hacía porque, al no ver como antes, tenía que llorar.

No obstante, ese ojo perdido fue el pago ofrecido por el dios al gigante malo, y sólo así podía Odín llegar a ser sabio. Así es como lograría conocer las runas, las cuales indican el destino, el sentido, el porqué de cada cosa. Ni siquiera el Crucificado blanco, con su sacrificio por demás inútil, pudo lograr tanto, ya que no tuvo que perder ningún ojo; simplemente, lo perdió todo. Y Odín, además de perder el ojo, tuvo que permanecer colgado de un árbol, sin comer y sin beber, todo con tal de ser sabio. El Crucificado no quería sabiduría, sino salvar al mundo. Sin embargo, como seguramente pensó Odín, nadie puede salvar a nadie, lo más que se puede lograr es llegar a ser sabio, y esto exige la pérdida del ojo. Es decir, que es indispensable quedarse medio ciego para saber. Media ceguera es un paso adelante hacia el conocimiento de todo lo que es y de lo que será. Y este conocer implica saber que nada es para siempre.

De modo que la incomodidad del ojo vacío que lloraba valía la pena. Al menos así reflexionaba Odín, quizá para darse ánimo, tal vez para no seguir sintiendo que algo de sí mismo se había perdido, al margen del conocimiento logrado. Porque algo dentro de él decía: “¿Y qué más da el que sea yo más sabio? El ojo se fue, pero llora porque no olvida que alguna vez estuvo, y no me lo perdona. No me lo perdonará nunca, y ese lagrimeo me recordará siempre tal insatisfacción, Soy sabio, mas el ojo se perdió, y toda pérdida, por muy valiente que sea uno ante ella, duele. Porque no perdí algo que no era mío, una mujer por ejemplo, que jamás puede ser de uno. ¡Perdí un ojo, y ése sí que era mío! Y ese ojo nunca me perdonará, y siempre me recordará ese vacío, al llorar”.

Odín, por supuesto, rechazaba tales reproches que le llegaban de por dentro. No tenía sentido escucharlos. Para eso era el sacrificio, para obtener algo valioso. Nadie logra algo por nada, eso es evidente, y el alto precio pagado tiene como recompensa lo que vale aún más. ¿De qué sirve no saber nada y tener consigo todos los ojos del mundo? Saber significa pues perder un ojo, pero esta pérdida no tiene importancia. Además, Odín no perdió los dos ojos, por lo que la vista normal, aunque un poco atenuada, continuaría. Pero es la otra vista, la que procede de tener un solo ojo, lo en verdad decisivo, porque así es como se ve más y mejor, aunque suene absurdo.

e este modo callaba el dios a su interior. No permitiría que aflorase más ningún remordimiento. Lo adecuado es que por fin sabía lo que quería saber: que todo está destinado a perecer, en el Ragnarok de todos tan temido, y a la vez de todos tan esperado. Y sabía que después de la destrucción total vendría otro mundo. Ya no habría dioses, todos habrán muerto en el ocaso, incluyendo al propio Odín. Sin embargo, algunos humanos lograrán sobrevivir a la catástrofe universal, acaso por azar o por pura buena suerte, y ellos no olvidarían a los dioses muertos. Con eso sería suficiente, con ese recuerdo ferviente ofrendado por hombres y mujeres que anhelarían ser, ellos y ellas, también dioses y diosas. No como dioses a semejanza e imagen de éstos, sino dioses por su propio derecho. Lo lograrán, y entonces otra vez serían posibles Odín, Thor, Freya, Loki, Quetzalcóatl, Tezcatlipoca… Todo vuelve, todo regresa, y todo se perderá otra vez… ¿Está bien así? ¿Es el eterno retorno una bendición o una maldición? Esto, ni siquiera Odín podía saberlo, quizá sería necesario sacrificar el otro ojo y entonces entender el sentido de ese destino. Pero el dios no está dispuesto a llegar a tanto, se conforma con lo que ha llegado a saber. Todas estas cosas las decían las runas, colocadas por el dios nórdico sobre la mesa, dentro de una casa de vecindad del barrio de Tepito. De ese barrio que con la presencia de Odín había llegado a ser ya Tepito-Asgard.

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