Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XV Enero 2014

 

Guillermo Tovar de Teresa, el gran conversador
José Luis Barrera Mora

“Y la muerte vencida se refugia temblando
en el círculo estrecho del minuto presente”

Federico García Lorca, Oda a Salvador Dalí, 1926

 

Cuando una gran persona como Don Guillermo Tovar de Teresa se va, los recuerdos parecen ser insuficientes ante la inevitable sensación de que siempre quedó alguna plática pendiente, una frase en el tintero y una enseñanza sin escuchar. Cuando una persona con una mente tan brillante ha partido, siempre habrá una orfandad de la palabra y de la inteligencia, y aunque queden sus obras para revisarlas y recordar sus conceptos a menudo, el silencio será desde la despedida, perpetuo. Y es que cuando alguien tiene tantas cosas por decir, nunca una plática será redundante en frases o ideas, sino que toda plática es un libro inédito que quedará en la mente de los que la presenciaron.

El pasado 10 de noviembre de 2013, la cultura ha sufrido un fuerte golpe de orfandad ante la lamentable pérdida del Maestro Guillermo Tovar de Teresa, cuyo talento y pasión lo fueron conduciendo desde muy pequeño a ser el personaje más notable de nuestra historia contemporánea. Ya a los trece años, gracias a sus conocimientos, fungió como Consejero de Arte Colonial del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, y a los 23 años publicó el primero de sus casi cuarenta libros: Pintura y escultura del Renacimiento en México. Pero más allá de su indudable bagaje cultural, vale la pena recordarlo como un amante de los libros, lo que no le impedía disfrutar de los muy diversos placeres que la vida le proponía. Disfrutaba de la ciudad y de su querida Colonia Roma, de la comida, la música, el cine, la pintura y sobre todo la buena charla sin faltarle nunca un cigarro en la boca. Empujado por la pasión que siempre lo caracterizó hasta en sus arranques de cólera, emprendió la que a la postre sería su última batalla: el rescate de la estatua ecuestre de Carlos IV, obra de Manuel Tolsá, popular y afectivamente ligada a la Ciudad de México con el nombre de “El Caballito”. Una labor que emprendió, conjuntando un ejército de más de dos mil entusiastas facebuqueros amantes de la ciudad que siguen en pie de lucha hasta que la última pasión de Guillermo Tovar de Teresa culmine en la adecuada restauración de la querida estatua.

Las conversaciones con Don Guillermo Tovar de Teresa casi siempre rondaban en el terreno del arte, que dominaba a la perfección, porque las disfrutaba y las hacía disfrutables, pese a la cantidad de información que de ellas emanaba. Pláticas entrañables por lo ágiles y nada pretenciosas, en las que se iban entrelazando sus anécdotas, su mucha cultura y varios amables chascarrillos. Y aunque su erudición se hacía evidente en todo momento, congruente a su posición ante la vida, detestaba que se le encasillara con este “cliché”, al que consideraba mal intencionado. “No tengo buena memoria, tengo aroma de cosas que me fascinan”, decía. Protestaba este asunto recordando las muchas cosas que le hacían disfrutar el momento, explicando que no se la pasaba encerrado en su estudio leyendo.

“Soy tan curioso como una monja. Y esa curiosidad me lleva a explorar muchos terrenos; me concentro en lo que me interesa, y esa intención, con la tinta de la emoción, se queda en la memoria, pero como si fuera un aroma”.
Así, con esos aromas, hemos de recordar al que siendo nombrado Cronista Honorario de la Ciudad de México en 1985 (desde donde creó el Festival del Centro Histórico, hoy desteñido bajo una mala dirección y un peor y despersonalizado nombre), renunció al mismo para fundar el Consejo de Crónica de la Ciudad de México, por considerar que una labor tan vasta y compleja no debe recaer en una persona, sino en un cuerpo colegiado. Guillermo Tovar de Teresa nos explicó entonces que decidió dejar “la cima” para instalarse en “la meseta” donde decía estar más cómodo y feliz.

Aún recuerdo cuando en los años ochentas, en una entrevista que tuvo con Jacobo Zabludovsky, me encontré por primera vez con la pasión que Don Guillermo Tovar de Teresa manifestaba por la Ciudad de México, misma que adquirí desde ese momento y me dediqué a estudiarla y caminarla. Por eso el conocer al maestro fue para mí todo un acontecimiento; platicar con él es uno de los placeres que me ha dado la vida y que guardaré celosamente en la memoria. Por eso, más allá del investigador, bibliógrafo, coleccionista, historiador y filántropo, el recuerdo con el que me quedo de Don Guillermo Tovar de Teresa es con el del gran conversador, que es el recuerdo en donde sale a relucir su verdadera esencia, la que quería que todos recordáramos. Ineludiblemente se ligará al recuerdo de Don Guillermo Tovar de Teresa en su estudio, pero haciendo justicia al ser humano, deberíamos pensarlo en la calle, en el cine y en la sala de conciertos, o simplemente platicando y fumándose unos cigarros. Recordarlo como una persona que nunca se cansó de observar y aprender, que no se contentaba con mirar, sino también con atestiguar.

“Creo que la anhedonia se debe al exceso de melancolía, pero también a la excesiva banalidad. Hay gente trivial que la padece con una sonrisa, sin darse cuenta de ello”.
Desde la meseta, maestro.

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