Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XVI Febrero 2014

 

Balada de la loba y el muñeco enamorado
Fragmento de la novela Crónicas de Tepito-Asgard

Luciano Pérez

El cronista no salía de su asombro ante lo que había escuchado. ¿Cómo que el padre de la niña era un muñeco? Casi tartamudeando, le dijo a la princesa:
– Perdone usted, pero no sé a lo que se refiere con lo de muñeco. ¿Acaso quiere decir usted que se trata de un hombre muy agraciado, o…
Ella lo interrumpió al instante con impaciencia:
–¿Agraciado el miserable Horthy? Déjeme contarle cómo estuvo eso.

La loba mandó traer más café y moka. Comenzaba a anochecer, y la luna se veía ya por algún lado del cielo, próxima a brillar mucho para volver locos a los coacalquenses, que de por sí ya parecían estarlo. Se inició su narración.

“Cumplí quince años. Se me hizo una gran fiesta y mi abuelo Loki me trajo muchos regalos. Él y mi padre bailaron conmigo el Tepito Waltz tradicional, y la pasé muy feliz ese día, o más bien esa noche. Claro, me hizo mucha falta mi madre, en ese momento su ausencia fue muy sentida por mí. Se murió porque algo le falló en el corazón, quizá debido a un exceso de sobresaltos por causa de mi padre lobo, quien jamás le fue fiel, aunque siempre la tuvo en buena situación económica. Mi hermana Marilyn aún no caía en las garras de Dios el Padre, pero ya no faltaba mucho para eso; y mi hermana la gorda todavía no conocía a su anciano marido, y se había embarazado, al parecer por causa de un conductor del metro de Mexicópolis. Le dijo él: “¡Súbete!”, ella lo hizo, a los pocos días se fueron a bailar a La Maraka, y a los pocos días o semanas la gorda se sintió rara, se desmayó, y luego el médico le diagnosticó que tendría bebé. Pero esto no tiene mayor importancia contarlo, de todos modos el hijo que tuvo se lo regaló a mi padre, sólo que éste tampoco lo quiso, y lo fue a tirar no sabemos dónde. Quizá al infierno de mi tía Hela. O de plano más bien se lo comió.

“Tenía yo muchas amigas y también amigos, aunque éstos como que se intimidaban conmigo. Algunos de ellos intentaron ser mis novios, entre ellos un vaquero texano, que con todo y espuelas quién sabe qué andaba haciendo por acá, sólo que al ver mis colmillos se regresó huyendo a su tierra, una noche que quiso besarme. Se subió a su caballo, y desapareció. Pues bien, de todos los regalos que recibí en mis quince años, los de mi abuelo Loki fueron para mí los más apreciados. Uno de éstos fue una caja, creí que adentro había una guitarra pues eso parecía ser por su forma, pero resultó ser un muñeco feo, vestido como oficial de la marina de Austria-Hungría. Se llamaba Horthy, y no lo consideré mal regalo por su originalidad, por lo bien hecho que estaba, de tal modo que parecía una persona de verdad. De momento no le hice mayor caso, cerré la caja y la guardé en el closet de mi recámara. Ya vivíamos entonces en este palacio, que mi padre mandó construir a imitación de los de Europa Oriental. Aunque nórdico, apreciaba él mucho a los rumanos y a los húngaros, por estar tan llenos de lobos. Esa madrugada, ya casi al amanecer, una vez concluida la fiesta, me dormí profundamente.

“Desperté casi a las doce de la mañana, y Marilyn, que me quería y veía por mí como una hija (ya no lo hace porque le dije que aborrezco a Dios el Padre), tocó a mi puerta, llamándome a almorzar, ya no era el momento del desayuno. Busqué mis zapatos y no encontré ninguno. Bostezando vi por todos lados de la recámara y no hallé nada. Entonces tuve que abrir el closet para ver si ahí estaban, y he aquí que Horthy estaba fuera de su caja, y con voz de títere burlón me dijo: “Yo tengo todos tus zapatos, pero no te los daré hasta que me digas que me quieres”. Yo, algo cruda por las varias botellas de cerveza Hermann Teppis que me bebí durante la fiesta, apenas pude decir con incredulidad: “¿Qué?” Y él, con sus grandes cejas negras, rostro colorado, ojos muy oscuros y rasgados, bigotes engomados a lo Káiser Guillermo II, cabello lacio de corte militar, volvió a hablar: “Digo que te devolveré tus zapatos hasta que me quieras”. ¡A mí con eso! Le di un empujón en el pecho con mi mano, y me puse a buscar entre todo el tiradero del closet, pero no hallé ni un solo zapato. Y eso no podía ser, porque siempre he tenido muchos y de todos los estilos y colores; el caso es que no había ninguno. Horthy, con su sonrisa de loco, dijo: “¿Lo ves? No hay nada. Yo los tengo todos, en otra dimensión. Son para mi colección particular”. ¿A mí con eso? Le di dos bofetadas, así como hago ahora con la hija que tuvimos. Pero el infeliz sólo se reía.

“Estaba yo muy cansada y todavía borracha como para estar peleando, así que decidí negociar, por lo que le dije al maldito muñeco: “De acuerdo, te quiero. Ahora regrésame mis zapatos”. Claro que este “te quiero” fue dicho sin ninguna convicción, nada más para salir del paso, y por supuesto que no había intención por parte mía de querer a ese estúpido juguete de ventrílocuo, tan feo que estaba. Él, irónico, dijo: “Entiendo que no me quieras, aunque lo hayas dicho. De hecho es como si no me dijeras nada. Pero no importa, de todos modos lo dijiste, aunque haya sido a la fuerza. Te devolveré tus zapatos. ¿Cuáles quieres primero?” Ya desesperada, grité: “¡Ya estuvo bien! ¡Los quiero todos y ahora mismo!” Respondió, socarrón: “¡Desde luego! A la nieta del gran dios de las travesuras no es posible negarle nada. Por lo tanto, te devuelvo todos tus zapatos, bajo una condición”. Bueno, ya que había disposición de su parte, me calmé y le pregunté: “¿Cuál es?” Él saltó del tiradero de ropa hacia fuera del closet, cayó de rodillas y se puso de pie; me llegaba un poquito arriba de la cintura, y empezó a caminar por la recámara con una actitud muy marcial. Me dijo: “Yo, el oficial von Horthy, nacido en Buda junto a Pest, miembro de la insigne armada del imperio de Austria y del reino de Hungría, solicito que la hija del lobo Fenrir, aquel lobo hijo de Loki que le arrancó la mano al dios Tyr, me conceda el honor de ser yo mismo quien le ponga a usted los zapatos”.

“Me eché a reír, y de un salto me senté en la cama y extendí el pie derecho. Y él extrajo, no sé de dónde, una de mis zapatillas negras de tacón alto y me la colocó. Hizo luego lo mismo con mi pie izquierdo, y al levantarme sentí que era yo mucho más alta, aunque no lo soy tanto, en comparación con Horthy, quien me observaba con gran admiración, abriendo los ojos lo más que pudo, tal vez para aminorar lo rasgado de éstos. Al verlo pensé en los hunos de Atila, así como en los herreros del submundo, los nibelungos. No cabía duda que él era como un hijo de la estepa y de la niebla, y pensé en que si mi abuelo me lo dio fue para que me sirviese de algo, así que decidí darle órdenes, como si fuera yo su reina y emperatriz. De todos modos ya tenía yo el carácter autoritario que hoy me distingue. Por lo tanto le dije: “¡Horthy! Arregla cuanto antes y con sumo cuidado mi recámara. Tengo que almorzar con mi hermana, así que regreso en un rato y quiero todo bien ordenado”. Y es que Marilyn estaba ya a punto de derribar la puerta con sus impertinentes toquidos y súplicas: “¡Betis, Betis, es hora de almorzar”. El muñeco se llevó la mano enguantada en blanco a la sien derecha como saludo militar, y yo me salí haciendo mucho ruido con los altos tacones. Cerré con llave mi habitación, y mi hermana quiso regañarme, pero yo me fui de inmediato hacia el comedor, estremeciendo las escaleras con mis fuertes pasos. Marilyn me decía, atrás de mí, muy preocupada: “Hermanita, no camines así, te vas a estropear la columna. Ya te he dicho que estás muy joven para usar zapatillas así”. Pero yo, insolente que soy, hice más escándalo en el piso, y tan sólo oí que mi hermana decía para sí misma: “¿Qué voy a hacer con esta muchacha?” No pudo solicitarle ayuda a Dios el Padre, porque aún no lo conocía. Sabía de Dios el Hijo, mi madre le habló alguna vez de Él, pero no entendió gran cosa”.

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