Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XVI Febrero 2014

 

Le chanson du le mort
(Dos de tres)
Otakusama Orochi

Un vaso de leche cae sobre la alfombra. El niño grita y ríe, celebrando la travesura, a la expectativa de la reacción de su niñera. Espera hacerla rabiar, y con ese motivo, salta sobre los sillones y lanza las galletas al techo para despedazarlas y hacer llover migas azucaradas. Pero Galia no le pone atención. Debe memorizar una larga oda en hitita, y la pronunciación no es nada amigable. Por si fuera poco, tiene que cantarla.
– ¡Mira, mira lo que hago! ¡Mira, mira!
El niño salta sobre los sillones, aleteando como una abeja. Galia le responde, sin perder atención sobre la hoja.
– Genial, Morris, genial, te veo.

Un adolescente, el hermano mayor, se planta a su lado.
– Quítate la ropa.
Galia está concentrada en descifrar un raro diptongo.
– No.
El chico insiste.
– Todas las criadas que trabajan en la casa se quitan la ropa cuando papá se los pide.
– Yo no soy una criada. Soy su niñera.
Allá, arriba de las escaleras, en las habitaciones, se escucha el televisor a todo volumen. Los gemelos de nueve años están jugando videojuegos lo más escandalosamente posible. Galia ve su reloj. Diez minutos antes de las seis.

– Bien, engendros – dobla cuidadosamente la hoja de su lección y la guarda en el bolsillo del pantalón – ¡Hora de dormir!
– Estás loca.
– ¡De ninguna manera!
– ¡Aún no se hace de noche!
Galia se aclara la garganta. Sube a apagar el juego de los gemelos y se los trae cargando como dos cerditos retorciéndose. Los planta en el sofá, a un lado del adolescente precoz y el niño saltarín de cuatro años.
– Ahora, escuchen.
Un melodioso arrullo se expande como el aroma de un perfume. Los niños poco a poco le prestan atención, dejan sus travesuras y centran su mirada en Galia. Incluso el chico mayor se tranquiliza, recostándose a un lado de sus hermanitos. En pocos minutos, los cuatro malcriados pequeños están profundamente dormidos. Galia termina su canción.
– Hora de trabajar.
Los niños, sonámbulos ahora, se ponen de pie.
– Jack, ve a la cocina, lava los trastos, limpia el helado derretido que embarraron por todo el piso, recoge los restos de comida y acomoda la estantería. Morris, arregla de nuevo la sala, limpia la leche, las galletas y los caramelos aplastados de la alfombra, y cuando termines, haces tu tarea. Dylan y Dorian, suban y acomodan su habitación y la de sus hermanos, guarden sus juguetes, al finalizar, también hacen la tarea.
Galia da una enérgica palmada.
– Vayan.
Los niños, obedientes, realizan las tareas asignadas, sin rechistar. Aun los más pequeños se abocan a su labor, dejando de lado su actitud destructora. Cuando el reloj daba las nueve y cuarto, Galia supervisó las labores de los más pequeños y los mandó a acostar, después de ponerse la pijama y cepillarse los dientes. Con el mayor, se detuvo una hora y media más, para indicarle que hiciese sus trabajos escolares y sacara la basura antes de, finalmente, irse a dormir.
– Bien, ahora sigamos con esto –. Galia saca la hoja de papel, y ya más cómoda, continúa su estudio, por unos minutos más, pues el ruido de un coche entrando al garaje le decía que los señores de la casa habían regresado de la cena de gala. La encontraron tomando un vaso de agua, en la barra de la cocina.
– ¡Galia, eres magnífica! – dice al verla la Sra. Morsten – Las otras niñeras me dejan hecha la casa un campo de guerra, y, dime, cariño, ¿los niños no te causaron problemas esta vez? ¡Es que son tan inquietos!
– No, señora – responde Galia, poniéndose la chaqueta y cerrándosela.
– Superas mis expectativas, jovencita. Bien, por haber soportado a mis retoños… – la Sra. Morsten abre su cartera y le da un billete – Y otra cosita más, tengo algo de ropa de uso, algo que mi Jenny compró y ya no le sienta, sólo un par de chaquetas, por si te interesa.
– Gracias por el detalle, Sra. Morsten. Espero que a su hija le vaya bien en su viaje de estudios. Si me disculpa, quiero irme temprano. Me he cambiado de casa y aún tengo equipaje que desempacar. Además, la señora con quien vivo ahora es muy estricta con mi hora de llegada.
– ¡Por supuesto, querida! George, George… – La Sra. Morsten llama a su esposo, que esta entretenido en el vestíbulo quitándose el abrigo y revisando mensajes en su teléfono celular – La niñera va de salida, dale la bolsa que está en el armario del salón. Ah, y Galia, te espero en dos semanas, no me vayas a fallar.
– No lo haré, Sra. Morsten.
Galia hubiese preferido caminar doce cuadras en la medianoche que ser llevada en auto por el Sr. Morsten. Primeramente porque el Sr. Morsten era considerablemente feo, y debía únicamente su éxito y su matrimonio al próspero negocio de bienes raíces que poseía. Su plan original era salir corriendo, pero cuando el hombre, que sólo tenía que abrirle la puerta, le ofreció insistentemente llevarla a casa, se le acabaron las esperanzas de desaparecer. Así que ahora está sentada en el lugar del copiloto, encogida y tratando de establecer el menor contacto visual con su jefe. Cosa por demás difícil, porque él no cesaba de buscar tema de conversación.
– Me comentaste alguna vez que estudias música, ¿cierto?
– Sí, señor. Pero es algo autodidacta, podría decirse.
– Conozco al director de la mejor academia de canto de la ciudad. Podría conseguirte una entrevista.
Galia no contesta. El Sr. Morsten continuó a la ofensiva.
– Como ya tienes tiempo trabajando en la casa, me permití comprarte un presente. Está debajo de tu asiento.
– No es necesario, señor.
– Anda, sácalo. Pero, aquí entre nos, no se lo comentes a Milfred, es un poco celosa, tu sabes, y si ella se entera de que me inspiras… simpatía, podría ponerse un poco pesada contigo.
Con recelo, Galia se inclina y extiende el brazo por debajo del asiento para sacar un pequeño paquete envuelto con papel de seda. Al ver que ella ya lo tenía entre sus manos, el Sr. Morsten añade con una coquetería grotesca.
– Ábrelo cuando estés en tu habitación. Ojala y sea tu talla.
A Galia, una chica capaz de cantar en arameo y de estrellar el concreto con la voz, se le traban las palabras en el espacio existente entre los dientes y la lengua. Por suerte, están ya frente a su casa, y Galia abre precipitadamente la puerta del auto y salta hacia la calle. La presencia de su tutora, la Sra. Ünterdorf, nunca le había resultado tan acogedora como hasta este momento.
– Galia, llegas quince minutos tarde –. Indica severa la anciana, haciendo guardia en las escaleras del pórtico de la casona semiderruida.
– Lo siento, Señora…
– Si me permite, es enteramente mi culpa – interviene el Sr. Morsten, haciendo aparición por su lado del vehículo –, yo retrasé involuntariamente a la señorita…
– Gracias por la explicación, pero sigue siendo culpa de Galia, por permitir ser retrasada. Ahora, si nos disculpa, buenas noches.
Anciana y joven entraron a la casa, y Galia no se molestó en voltear a despedirse de su jefe. Desde la ventana pudo comprobar su avinagrada faz y cómo arrancaba para alejarse lo más pronto de allí.
– ¡Me ha salvado, Sra. Ünterdorf! Ese asqueroso tipo…
– Canario.
– Pero está dormido.
– Canario.
La Sra. Ünterdorf regresa a su sillón de orejas junto al calentador, mientras Galia se quita la chaqueta y deja por allí el enigmático regalo de su jefe, encima de la bolsa de papel donde estaba guardada la ropa que le habían regalado.
– Si usted dice canario…
La chica imita a la perfección el canto del pájaro. Se puede ver la contorsión en su garganta, al emitir el dulce trino del animalillo.
– Tenemos tiempo para un par de lecciones. Cambia a calandria. Ah, y dale de comer a las aves.
La chica obedece ambas indicaciones. Mientras canta igual que una calandria, rebusca entre la polvosa despensa un saco de semillas que alimentará a los otros huéspedes. La Sra. Ünterdorf tiene una completa colección de pájaros alojados en jaulas, y la casa parece un aviario. Pero las aves llegaron después de que la anciana tomara a Galia como alumna; antes, se mantenía absorta del escandaloso mundo en su tumba de libros y recuerdos.
– Maestra, ¿ya puedo empezar a imitar voces de personas?
La Sra. Ünterdorf la mira desde su sillón.
– Intentémoslo. Escucha.
De la garganta de la vieja sale la voz de su vecino, el plomero, saludando exactamente igual a como lo hace todas las mañanas cuando ve a la chica salir a trabajar en el supermercado.
– ¡Genial! Parece que es él.
– Tu turno.
Galia cierra los ojos y trata de forzar su voz para obtener el efecto deseado; sin embargo, el resultado no es tan fiel al original. Podía notarse la diferencia de origen con relativa facilidad.
– Continúas con las aves.
– Pero, Sra. Ünterdorf, ¿cuál es el punto de imitar voces humanas?
– Sirve para evitar a los acreedores – y la anciana dice, en diferentes tonalidades “no se encuentra en casa” –. Y también te permite hacer esto.
En el sillón, sin moverse siquiera, la Sra. Ünterdorf canta como un tenor, como un barítono. “Don Giovanni”, “La Donna e mobile”, “Toreador”… fluyen de su boca con facilidad y una perfecta entonación masculina. Es un hombre quien canta, no una anciana decrépita enterrada en cojines apolillados.
– ¿Te quedó claro? – pregunta la señora, al finalizar su demostración vocal. Galia está petrificada, con la bandeja en la mano y la boca abierta. Cuando sale del shock, lo primero que dice es:
– Enséñeme a hacer eso.
La anciana sonríe levemente.
– Pinzón. Subiré por unas partituras para la canción que acabas de memorizar.
– Señora…. ¿puedo hacerle una pregunta?
– Adelante, Galia.
– Usted ha vivido por más de cien años, ¿cierto?
La Sra. Ünterdorf sólo contesta:
– Sí, Galia.
Galia silba con alegría mientas alimenta a sus otros maestros de canto. No tiene mucho que se cambió a la casa de su tutora, para ahorrarse lo de la renta, pudiendo dejar así uno de sus trabajos. Con más tiempo disponible, intensificaba sus estudios. Y eso le permitía nunca dejar de practicar y de aprender.
La Sra. Ünterdorf sube las escaleras hacia su habitación. Ve de reojo el cuarto que cedió a Galia, ocupado sólo con una cama, una silla y un ropero con ropa remendada. Al parecer, Galia, igual que ella, no tenía mucho afecto por las comodidades. Llega a su estudio, donde cientos de libros aguardan apiñados en cajas y anaqueles de madera y busca entre ellos unos pergaminos amarillentos. Una vieja y difícil canción, que, interpretada de manera correcta, despertaría el germen de la vida aun en la aridez del desierto.
– Espero que la chiquilla esté a la altura.
Cien años y más han pasado en la vida de la Sra. Ünterdorf. En esa habitación oscura y húmeda, anidan secretos y misterios, claves de un poder tan único como maravilloso. La anciana toma asiento en un taburete, golpeada por las memorias que le causa ese pergamino en particular. Imágenes hermosas de personas ahora ya perdidas, voces cristalinas que luchan contra el silencio del olvido. Abraza al pergamino. Si Galia consigue aprenderlo, y cantarlo, entonces todavía habrá esperanza.
“No permitiré que suceda con Galia lo mismo que con Isabella”.
La anciana es presa de su más doloroso recuerdo. Una mansión, ella era la institutriz de una joven talentosa, ambas vivían entre riquezas y comodidades. Isabella pronto dejaría de ser una alumna y se volvería maestra. Y cuando Isabella cantase la canción más sublime, y su voz se elevase más allá del sol, la Sra. Ünterdorf estaría libre de ese don para morir al lado de su amado esposo. Ambos fundirían sus almas al dejar este mundo, y estarían así unidos por el resto de la eternidad. Un regalo que Isabella le negó a su institutriz.
Isabella LaFountaine decidió tomar una aclamada carrera operística. Abandonó a su maestra de la juventud, y se dedicó a cantar en teatros y fiestas privadas. La dama virtuosa eligió de entre sus muchos pretendientes a un barón alemán, rico y famoso, el cual la elevó a los más altos pedestales de la sociedad. La respuesta de Isabella ante la petición de su antigua maestra de volver a utilizar su voz de la manera en que ésta le enseñó, quedo grabada para siempre en su corazón: “Nunca. ¡Pensarán que soy una bruja!”
Lágrimas escasas asomaron por los párpados de la anciana. Arrastrada a la forzada inmortalidad, atestiguó la muerte de su preciado esposo. Y el dolor de la soledad amargó los largos años de vida que le esperaban.
– Querido Fritz… Galia… si logra aprender… Dios, ¡si acaso lo lograra!
El anillo en la mano izquierda de la Sra. Ünterdorf brilla con dulce luz. Un alma preciosa encerrada en una joya. El alma del Sr. Fritz Ünterdorf aguarda allí, gracias a una canción de su esposa, paciente, el momento en que su querida compañera pueda partir con él, a los caminos invisibles.
Pero ya es momento de descender al presente. La anciana se enjuga el rostro y, con los papeles en la mano, baja de nuevo al salón. Galia esta todavía ocupada conversando con los pájaros, y la anciana repara en la bolsa de papel que su estudiante dejó a un lado de la entrada. Deja la partitura en la mesita de té, e inspecciona las chaquetas regaladas. Están ajadas en el cuello y algunos botones desaparecieron. Sin embargo, pensaba ella, Galia no tendría problemas en remendarla y reponer los botones faltantes. Una caja de regalo cae al piso. La anciana la levanta y abre. Una tarjetita con un número telefónico está encima del papel encerado. Y debajo…
– ¡¡¡KYAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!
Galia está en la cocina. Escucha el formidable grito de su maestra alterar el aire, alcanzar la frecuencia de resonancia del edificio entero y hacer vibrar la dimensión visible. El cabello de Galia se eleva como si estuviese sumergida en agua, y ella se agacha, aún con la bandeja de semillas en la mano. El metal se deforma frente a sus ojos y la joven se maravilla de la magia incluida en un simple alarido de indignación. Súbitamente, se detiene. De haber continuado, las ventanas, los muros, la casona completa, hubiesen estallado, aplastando a sus habitantes sin remedio. El canto de una banshee no podría ser más terrible.
– ¡Señora Ünterdorf!
Galia corre a encontrar a su maestra sumamente alterada, vociferando de aquí a allá.
– ¿Cómo se atreve? ¡Insolente! ¡Ni siquiera los nobles de la corte de Guillermo II osaban faltarle el respeto a mis pupilas! ¡Incluso a las más torpes! ¡Eran intocables! ¡Lo mejor de la nobleza! ¡Nadie siquiera tenía el derecho de mirarlas si yo no lo aprobaba! ¡Ah, bastardo, hace que me hierva la sangre!
La anciana tira el regalo rabiosamente a una chimenea llena de hollín, y éste arde de inmediato sin dejar tiempo a Galia a descubrir su contenido. La chica alterna entre la sorpresa y la risa, al ver a su maestra dar vueltas al salón aún airada por el atrevido presente. Un poco más calmada, se derrumba en su sillón, lo que su pupila aprovecha para atenderla. “De seguro eran una bragas o algo parecido”, piensa Galia, tratando de no soltar una carcajada.
– ¡Maldito cerdo!
– Tranquila, señora, ¿quiere que le traiga un té? ¡De inmediato se lo preparo!
La Sra. Ünterdorf respira lentamente, escuchando el escándalo que hace Galia al mover sartenes y cacerolas para poner a cocer una de las infusiones de hierbas exóticas que le agradaban a su maestra. La anciana se da un momento de reflexión, antes de que su pupila llegue con una taza humeante.
– Tome, aquí tiene, señora. Relájese, no habrá sido gran cosa.
– Tu patrón es un pervertido de lo peor, Galia, espero que tú no…
– ¡De ninguna manera, Sra. Ünterdorf!
– Me alivia saber eso. Si hubiese alguna forma de que ya no trabajases allí, sería lo mejor.
– Lo siento, la señora Morsten me paga el triple de la tarifa normal. Y no sólo eso, si renuncio con ella, la agencia ya no querrá asignarme otra comisión. Pero, tranquila, no haré caso de las insinuaciones de ese vejete. Normalmente sólo trato con su esposa.
Galia toma la taza vacía de su maestra y regresa a la cocina. La reflexión de la Sra. Ünterdorf es ahora una resolución:
“Es tan inocente que debo protegerla. No permitir que pase con ella lo que ocurrió con Isabella”.
A la semana siguiente…
El Sr. Morsten está terminando una junta. La conversación se relaja, y justo en ese momento, suena su celular. Es un número público, pero aún así contesta.
– Buenas tardes, Sr. Morsten, soy Galia, espero no molestarlo.
El señor sonríe triunfalmente, y su actitud corporal les indica a los demás que habla con una joven.
– De ninguna manera.
– Quería agradecerle por el regalo. Y a cambio, le daré algo especial. Escuche.
El señor Morsten se acomoda en su silla. Una dulce canción en francés acaricia su oído. Esta sentado, en ensoñación, sin ocultar a sus compañeros el placer que le produce escuchar a esa chica. Paulatinamente, la relajación se diluye, endureciéndose su semblante. Ahora esta rígido, con el teléfono aún pegado al oído, y sus movimientos son los de un autómata. Se levanta del asiento, y, sin preámbulos, azota su cabeza, con violencia, sobre la mesa. El golpe le hace sangrar en la nariz y la frente. El pánico es inmediato.
– ¡DIOS SANTO!
Otro golpe más. La mesa retumba, y, otro golpe cae, con una fuerza desconocida para un hombre obeso entrado en los cuarenta. Se impulsa con la espalda y el cuello, imprimiendo de energía los músculos. Otro golpe. Y otro más.
– ¡Deténgase!
El teléfono aún está sobre su oreja, y la canción continúa. El Sr. Morsten esquiva a aquellos que tratan de detenerlo y va hacia un ventanal. Repite el ataque contra su propia cabeza, aún más intensamente, aún con más rabia.
– ¡Agárrenlo!
Con la cara ensangrentada y desfigurada, el hombre toma una silla y la lanza contra el cristal. El estrépito de la ventana destrozada es opacado por los alaridos de aquellos que ven al Sr. Morsten atravesar ese halo de vidrios arañando su cuerpo y lanzarse por él, hasta ensartarse en una barda de lanzas. El teléfono se escurre de su mano, al fin, para caer y destrozarse contra el pavimento, en un charco de sangre.
–¿Han visto eso? ¿Lo han visto?
La multitud se arrebuja entre las patrullas y la ambulancia. Minutos atrás, una anciana cuelga el teléfono público del parque frente al edificio en donde sucedió la tragedia. Arrastrando su morral con semillas, envuelta en un suéter viejo de estambre, sucio de plumas, se aleja lentamente, ignorando a las sirenas y los murmullos morbosos de la gente. Piensa, mientras tararea una canción en francés: “Protegerla a cualquier costo”.
Los cantos de las aves llenan el parque al atardecer, y la Sra. Ünterdorf regresa tranquilamente a casa. Tiene toda una vida para enseñarle a Galia los secretos de la voz. En realidad, mucho más tiempo que sólo una vida. Tiene varias vidas.

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