Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año II Número XVI Febrero 2014

 

Manuela
Hosscox Huraño

Sé que voy a morir totalmente enloquecido. Tengo el hígado destrozado y lo que había de dignidad en mí lo cambié por un litro de tequila. Sin embargo, la noche es hermosa y, aunque no hay estrellas para guiarme, me entrego como uno más de sus hijos al vértigo.

Parece que soy el peor en lo mejor que hago, y eso que no me gusta hacer nada.

Los recuerdos no son para mí un aguacero en donde florezca la justicia poética y se perdone fácilmente. Los veré siempre como un estado ocre, oxidado, con olor a cañería y con el aspecto cremoso y caliente de la mierda de un borracho.

Qué párrafo tan cursi —me dije— pero he leído peores. Así que continué.

De ella sólo me quedan fotos de cuando tenía cabello, murió calva, sin pestañas ni cejas, despellejada por dentro. Lo único inmortal en ella fue su bigote. Resistió a depilaciones por cera, por rastrillo, a las oraciones al Señor de Chalma, e incluso al cáncer y a la quimioterapia.

La conocí poco, evitaba hablar con ella porque me masturbaba hasta el hastío con sus fotos. No poseía un culo de fábula ni una mirada inolvidable, creía en sus tetas, aunque nunca dieron señal alguna de existencia. Lo que hablara o pensara era lo último que podía interesarme. Lo que realmente me pudría era la idea de venirme en una moribunda. Ahora que está muerta, el asunto ha perdido interés. Ya no se me para.

Como todos, creo que mi primera chaqueta fue por un falso accidente. Desde un principio entendí que era un regalo divino y el único pesar era el no tener la fuerza y la piel resistente para jalarme el pito todo el día. Si estaba contento, chaquetita de orejas de conejo; melancólico, el paso de la muerte; en un día de hueva, con los calzones de mi mamá; si era verano, me envolvía el miembro con un jugoso bistec del congelador. En otoño, investigaba en la azotea la sensación del exhibicionista. Y en invierno, con la gallina que nos regaló mi abuelita.

Según yo, aprendí a coger a los doce años. Asistía la escuela en el turno vespertino, así que con un poco de cuidado y a escondidas, mi gallina y yo tomábamos el tren directo hacía el nirvana del medio día. Eran matinées deliciosas hasta que un buen día nos la comimos.

Luego, como todas las desgracias que vienen con la edad, tuve que fornicar con mujeres. Al principio era emocionante el juego del chaca-chaca, esa humedad circundante que va reptando a través de la piel, resquebrajando un poco la realidad, aunque no lo bastante como para evadirse del penetrante olor del sexo de una mujer. No obstante, los gemidos siempre me hicieron perder el equilibrio. Pero las mentiras que se dicen sobre la cama se derrumbaban al tercer día. Y como este no es el paraíso, a la mitad de mi dicha empezó a crecer el fruto extraño del desencanto.

Unas se quejaban porque les dabas por el ano, y otras porque no les dabas. Que si le chupas la colita eres un cerdo, pero no dejes de hacerlo porque te mandan al carajo. Que si te tardas en venir es porque piensas en otra. Si te vienes rápido, eres un macho egoísta y culero que sólo piensa en sí mismo. Irremediablemente les llegaba la idea peregrina de que abrirse de piernitas implicaba amor. Creo que por intercambiar un poco de fluidos, mentiras y ratos de ocio, no hay que soportar la histeria ajena, y mucho menos ese hediondo y babeante discurso acerca de la vida en pareja.

Dudo de la pasión, sólo son hormonas y ganas de coger.

Si el amor existe y no es costumbre, jamás volveré a pisar un gargajo. Entonces deduje que era puto. Y en busca de la paz interior me acosté con hombres. De entrada, literalmente mande a la verga los besos, me raspaba su barba. Ellos eran igual de falsos que las mujeres, con la desventaja de que estos güeyes sólo tienen dos hoyos que lubricar y aquéllas tres. Además, en lo hondo de su corazoncito tenían la misma diarrea acerca de la vida en pareja, el amor y otras chingaderas.

Aprendí que no existe la gran verga, la verga vengadora. Quizás el mayor atributo sexual es el tacto, ante el cual, hasta el miembro más dotado se reduce a una víscera pequeña y sin gracia.

Decepcionado de mi putez regresé a mis viejos hábitos. Ahora vivo solo y soy el pariente lejano que todo mundo tiene. Hallé que los perros y bebés son excelentes mamadores, pero cuando éstos escasean saco las viejas fotos.

He tratado de adiestrar a gatos para que con su lengua rasposa me laman el culo. Pero incluso cuando me unto manteca, a lo más que he llegado es a que me dejen las nalgas raspadas.

Una vez mi lengua intrépida andaba en busca de panochas desconocidas y por azares de la tradición terminé en un burlesque de Garibaldi. A la mitad del espectáculo apareció el cómico en turno (en este caso el Chanate) y perplejo ante mi frenesí succionador, sólo atinó a calificarme públicamente como “el mamador solitario”. Todos reímos y algo dentro de mí se sintió mejor. Ni un profeta hebreo hubiera sido tan exacto

Regresar