Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XVI Febrero 2014

 

Tres textos
Friné Zapata

Adiós a las alas

Esta semana colgué las alas en el perchero para siempre. Ya sin ellas, cerré los ojos y salté. Caí todavía ilesa, convertida en mujer. Venía envuelta en un vestido que enseguida fue rasgado por las miradas tiernas de algunos adolescentes. He descubierto que incluyo accesorios: pestañas largas, pies pequeños y manos adorables.
Estoy llena de rubores y latidos rápidos que saltan en mis venas. Se activan cuando escucho las voces graves y dulces que me prometen volver al cielo del que he caído, sentada en las banquitas de diversos parques. Entonces abro y cierro los ojos como muñeca para arrullar. De mi vida pasada todavía conservo cierto quebranto. Intuyo que me enseñaron a desconfiar.
Rehuyo los labios y los abrazos. Como si estuviera aprendiendo a caminar, a pasitos indecisos, lentos; recibo pequeñas ofrendas: un libro, unos versos, un dibujo hecho a lápiz durante la plática, una suculenta cena. Dejo que el vino me enturbie la mirada, vuelva más sonoras mis risas, coloree sin pudor los rasgos de mi cara. Soy un ser hecho de papel, de mi cabeza salen tiras de periódico que llenan de tinta mis hombros.
Soy brisa y espuma. Estoy llena de prisa. No se puede mirar en mis ojos: están viendo un lugar que extraño, debajo de una regadera. Es arduo acostumbrarse a andar sobre los pies.
Soy una mujer pequeña. Los centímetros que me elevan los tacones me desequilibran. Me causan pesar a la hora de correr. Todavía siento vergüenza de la blancura que muestra mi escote, del reflejo que me regresan las superficies pulidas. Santa María Egipciaca, San Schopenhauer: tomen este cuerpo blando y caliente.

 

Son de donde brama la leona

Del piso se levanta, violenta y fandanguera. Se sacude la falda y busca en el bolso de coquetería un cigarro, lo prende. El sol le germina pecas, así que camina cruzando las calles en busca de sombra, camina haciendo gala de los tobillos adornados de pulseras: joyería de hilo y piedra. Mueve la falda al ritmo de un son que tararea bajitito. Sabe Dios si esta noche cae presa entre las redes de su hamaca.

 

Johany con alas

Son finales de año. El abuelo no saldrá del hospital. Mamá y las tías reparten café, la noche cae y se siente un calor sofocante. – Johany, el abuelo se ha vuelto un ángel.

¿Un angel?, ¿cómo cabrían las alas de un ángel en esa caja metálica donde el abuelo duerme?, ¿qué, no está dormido? ¡Ah! ¡Está muerto!, ¿muerto?, ¿y los muertos se vuelven ángeles? ¿Y qué?, ¿los ahogados también son ángeles azules o blancos? Los ahogados en todo caso son verdes, verdes como las algas que les pueblan los pulmones acuáticos. Los ángeles ahogados no han de poder volar: son pesados, densos, hinchados.

La casa está llena de gente que habla en voz bajita, algunos novios aprovechan las esquinas oscuras del zaguán para besarse. Corren chorros de café y alcohol de caña.

La cama de la abuela se está enfriando. En la cocina alguien canta para que los tamales se puedan cocer, pero es absurdo, hay demasiada tristeza para que esto suceda.

Johany, te han mandado a dormir. Tete, tu abuela, no llora. Al abuelo también lo ha mandado a dormir el gran Creador de los ombligos. A ti no te dejan ir al campo santo, no es un lugar para niños.

Bajo el tamarindo ves al sol filtrarse como agua, chorreante y dorado. ¿Cómo vas a hacer para conseguir tus alas? Necesitas volar y encontrar a tu abuelo, hay tantas cosas que decirle que se han quedado en silencio.

Tete ha dicho que no es posible tener alas, que ya verás al abuelo cuando te toque morir a ti. Mientras, si quieres, le puedes mandar mensajes con los moribundos del pueblo. Ellos serán felices haciéndote ese favor. Te falta mucho para morir… Cincuenta, ochenta, ¿cien o mil años?

Anoche hablaste seriamente con el gran Creador de los ombligos, le explicaste tu situación. Pediste un brote, un brote pequeño de plumas blancas y azules. El gran Creador de los ombligos se quedó callado.

Johany, piensas y piensas cómo hacer para que el gran Creador de los ombligos crea que estás muerta. Primero empiezas por fingir tos. Mamá cree que tienes calentura pero la verdad es que te has puesto mostaza en los pies. Te quedas en cama, cierras los ojos, no te vuelves a levantar, poco a poco te duermes.

El doctor ha venido, puso cara seria y creyendo que no te enterabas movió la cabeza mientras mamá lloraba.

Hoy después de muchos días has despertado. Olía a flores y te daba la luz de las velas, en la esquina la abuela cantaba con voz grave:

“Su vida fue un suspira engarzado en las estrellas,

mi niña duerme y su espalda de alas se puebla”.

Es cuando te das cuenta de que tus alas no caben en la caja de cedro.

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