Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XVIII Abril 2014

 

Contigo
Beata

No sé si te hubiera gustado que te volviera cuento, nomás me salió esto.

Contigo la ciudad se volvió inmensa pero más viva, contigo las calles se tornaron amigables y los cruces con sus semáforos, promesas titilantes.

Contigo la lluvia no mojaba y el cielo era un despejado intenso y permanente.

Contigo la cursilería me brotaba espontánea, como aquella noche que me encontraste sobre los escalones de Auditorio Nacional y me dijiste: ¿Me das un cigarro? Y yo te respondí: Te lo cambio por un beso. No pude ver tus ojos, porque de la vergüenza bajé la mirada, de todos modos, estaba tan oscura esa noche de principios de año en que bajamos los escalones y echamos a caminar sobre Reforma mientras me abrazabas la cintura, de todos modos me besaste.

Contigo todas las ventanas tenían vistas maravillosas, aunque dieran a un patio cruel o a otras ventanas cerradas. Especialmente la ventana de tu cuarto, era la ventana al mundo, pero al revés, porque el mundo estaba encerrado en las paredes llenas de tus sudores y de tu semen, era como un aleph que te contenía y que me mostraba tu cara en todo tiempo y en todo lugar y conteniendo todos los sentimientos, sombríos o jubilosos.

Y eras jubiloso aquellas tardes en el Péndulo de la Zona Rosa donde te ponías a enumerar adjetivos como rabioso, endeble, desmadejado, rastrero y me hacías preguntas como: John Lennon era conocido también como: A: Kitty Montmartre, B: Dr. Winston O’ Boggie, C: Sir Johny Von Ink.

Y yo que de algún lado lo había leído te contestaba que B y que qué bonito sería ir manejando hasta Campeche, ¿te imaginas? Me podría detener en un montón de pueblos a comer queso y a tomar aguas frescas y cervezas. Y tú me respondías que uno de tus amantes era fanático de John Lennon y que si le marcábamos él podría certificar mi respuesta.

Y entonces le marcabas y los ojitos se te volvían de una dulzura que te vi una vez que estábamos perdidos en Oaxaca y me llamaste madre. Madre, cógeme en tu regazo, madre, que mis pasos se pierden en esta mierda de vida, madre, que es purita muerte, madre, dame reposo en tu regazo, déjame penetrarte hasta quedarme exhausto pero de vuelta al inicio.

Y yo te rascaba la cabeza y te escuchaba mientras te daba pedazos de chocolate gringo. Esa dulzura que te daba por esparcir cuando buscabas en donde estuviéramos algo para regalarme, una envoltura de dulce, una hoja, un boleto de metro, y sobre todo piedras, bien que sabes que me encantan las piedras redonditas, pulidas, como arrastradas por el agua.

Contigo todo estaba salpicado de esa pinche dulzura aunque a la cara nos dijéramos: Es sólo sexo, algo que se da entre cuates. Contigo las noches se volvieron siniestras cuando despertaba y te veía a mi lado, fosforescente y aturdido, blanco como las nubes borregonas. Siniestras noches en que el corazón se me ponía torpe y loco, y yo quería salir corriendo en medio de las calles de Santa María la Ribera para dejarte atrás porque contigo no necesitaba más almohada que tus hombros de hombre trasparente, contigo era nunca amanecer y caminar y caminar por callejas desiertas rodeadas de putas y de basura y de tus versos que iban y venían y nunca se callaban.

Contigo eran las cantinas y las excursiones a las vinaterías y buscar los lugares más apartados para que prendieras tu bachita que parecía un cocuyo reluciente entre las luces del alumbrado público, apartándonos de los focos de los autos. Contigo era sentarse en medio de las vías rápidas antes de entrar al cine, como una noche afuera de la Plaza de las Estrellas, ¿cuál es esa avenida? ¿Río San Joaquín? ¿Circuito Interior? Llovía ligerito y la Santa Julia era un montón de estrellas.

Empezaste a contarme lleno de una nostalgia que te había sido transmitida en puros relatos un cuando mi abuelita era niña, la mandaron por el pan y cuando ya iba con la canasta llena le sale al paso el Tigre de Santa Julia y le dice: ¿Qué llevas ahí? Pan, contestó mi abuelita. Pues me lo dejas pa mi tropa que se está muriendo de hambre, sabias palabras del Tigre. Y mi abuelita se fue sin la canasta a su casa. Órale, decía yo con la boca abierta de estar observando tu no griego perfil, ¿a poco acá era el pueblo de Santa Julia?

Sí, decías conmovido por mi ignorancia, ahora es un nido de dealers, acá compro a veces. Y después me cogías la mano y como un acróbata me guiabas entre los coches veloces como pensamientos. Contigo los coches, como toros, ni se sentían al cruzar las calles. Y después de salir del cine te propuse que nos fuéramos atravesando la Santa Julia y tú me contestaste que estás loquita amor mío, a estas horas ahí nos matan pero antes te lo meten por esas nalgitas tan lindas que tienes. Rehuías a mis excursiones temerarias mientras me trepabas a un taxi. Contigo era andar como ciega, arrastrada por un lazarillo, y no me podías decir a la izquierda o a la derecha porque yo nunca he podido saber cuál es la izquierda y cuál la derecha, y tú acabaste resignándote después de tantos años de levantarnos crudos a andar en bicicleta y de que me dijeras dobla a la derecha y yo doblara a la izquierda. Contigo las mañanas eran una prolongación de la madrugada, todo era nebuloso, informe, esperando el solitario para comernos a besos, detrás de una caseta de teléfono, debajo o sobre un puente, en las escaleras lúgubres del metro y en los vagones abandonados. Contigo era correr porque nos iban a cerrar el museo y hacer largas colas para entrar a las exposiciones, era toparnos con tus amigos y aprender a callar la boca antes de meter la pata aceptando que soy de Satélite.

Contigo era sentirme culpable y locamente alegre cada vez que arribábamos a tu cama con esa cabecera llena de pinturas eróticas, y enamorarme por una sola noche, por una sola tarde y negarlo negadamente, abnegadamente, por las madrugadas en que te espiaba respirar, en que te acechaba desde una esquina envuelta en uno de tus suéteres, con los pezones deslumbrados de frío y de ganas y de miedo, con las piernas encogidas y fumando por la ventada de ultramundo. Contigo era sentirme vieja y joven y loca y jodidamente sensata, y amante y amada. Contigo era negarme a soñar pero soñar a cada rato, era esperar el deslumbrante final y desear que no viniera jamás

Contigo era verte mientras leías verso tras verso y bebías vaso tras vaso de vino, luego parabas y me preguntabas: ¿qué te ha parecido? Pero como yo sólo bobeaba en verte no entendía ni madres y contestaba algo así como, ah sí, parece muy Pound, para decir algo que te halagara.

Contigo era observarte de reojo mientras nos movíamos y pensar y sentir como lo quiero pero no lo quiero, como lo voy a extrañar pero ojalá que se vaya ya. Y cierro los ojos y te veo en jersey rojo, cierro los ojos y te veo de camisa azul, y cierro los ojos y te veo desnudo y terso.

Dicen que cuando el amado se ha marchado uno sólo puede recordarlo como en una foto, contigo es recordarte como si estuvieras andando, frunciendo el ceño y señalando con un dedo, con tu sonrisa apretada de un lado y libre del otro, desvistiéndote y desvistiéndome, acorralándome contra un sillón felpudo, saltando de la cama, dándome un cepillo de dientes que me instalaste en tu baño, quedándote atrás de mi paso que jamás he podido regular, tomando un libro y volviéndolo a acomodar, hablando y callando. Contigo toda región era transparente, todo era recuerdo del porvenir, todo era jugar rayuela, todo tenía nombre de rosa, todo era llevarme al río sabiendo que a pesar de mis andadas sigo siendo mozuela.

Contigo fue el miedo de perderte, desaprender el desapego, esperar el mensaje del adiós, andar con las tripas apretadas del miedo de dejar de tener las piernas apretadas a tu cadera. Contigo ya fue, ojalá nos hubiera cantado otro gallo. Contigo es saber que quién sabe, nomás. Contigo hubiera cruzado la Santa Julia a cualquier hora.

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