Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año II Número XVIII Abril 2014

 

María Félix, la Doña (1914-2002)
Luciano Pérez

La Doña no tiene años. Si resucitase hoy y se enterara que se cumple el centenario de su nacimiento, lo rechazaría colérica y nos echaría en cara esa difamación. Se burlaría de nosotros diciéndonos que nacimos mucho antes que ella, y además, poniéndose las manos en la cintura en actitud de generala o coronela de la Revolución, con fuerte voz nos amenazaría con que ella nos enterraría a todos y a cada uno. Porque los inmortales, sobre todo si son mujeres, no cumplen años, ni por nada ni por nadie.

Una de las grandes personalidades, que le dio lustre, por lo menos en cuanto a imagen y figura, al cine mexicano de la época de oro, fue María Félix, la Doña. Fue incondicionalmente amada por muchos, y también implacablemente rechazada por otros tantos más. Se le amaba o se le odiaba, aunque nadie ponía en duda que su rostro llamaba poderosamente la atención, al margen de sus méritos actorales, dudosos para algunos y perdonables para otros.

Nacida sonorense en 1914, formada como tapatía, la gente se dio cuenta de que algo había en esa joven tan atractiva. En Guadalajara fue reina de la belleza de los estudiantes. Un señor la vio, Enrique Álvarez, se casó con ella, y tuvieron un hijo, de igual nombre. Pero el matrimonio no duró mucho, ya desde entonces la Félix era difícil de dominar, y ella prefirió irse a la ciudad de México, donde trabajó con un cirujano plástico, el cual presentaba a su bella asistente como el resultado de sus operaciones.

Alguien, un tal Fernando Palacios, ingeniero de profesión, se la encontró en la calle y quedó asombrado. Él mismo registró con exactitud la fecha, la hora y el lugar del encuentro, a partir del cual ella se dirigiría hacia la gloria de una vez por todas y para siempre. Siendo el jueves 4 de enero de 1940, al cuarto para las seis de la tarde, en la esquina de Madero y Gante de la gran Mexicópolis-Tenochtitlan, el ingeniero Palacios vio el cielo en la tierra y decidió que había que hacer algo para que esa mujer “caballona” fuese famosa. Le tomó muchas fotos y la contactó con el medio cinematográfico, y de pronto se le dio un papel estelar al lado del ya muy cotizado Jorge Negrete, en la película “El peñón de las ánimas”.

Ella era tartamuda, así que rápidamente se le dieron clases de dicción y entonación. El charro cantor no estaba nada contento con esta intrusa, pues él quería a Gloria Marín a su lado en esa cinta, así que procuró hacerle la vida pesada a la novata. En esta película es probable que no, pero ya a partir de las que siguieron, la muchacha no sólo supo hablar, sino también caminar y desenvolverse. La actuación no importó tanto, pues había un rostro. Y su voz no era nada dulce, sino llena de firmeza y autoridad, lo cual fue útil para la primera de sus mayores películas, “Doña Bárbara”, de 1943, a partir de la cual ya sólo hace filmes de mujer tempestuosa, impetuosa, brava y altanera.

Octavio Paz dijo de ella: “pertenece a esa reducida pero sobresaliente categoría de actores que se transforman en personajes de sí mismos... La gran creación de María Félix es ella misma... María es generosa, altiva y valiente, una mujer muy mujer que ha tenido la osadía de no ajustarse a la idea que se han hecho los machos de la mujer”. Esto lo escribió el poeta en el libro de arte que la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía publicó en 1992, lleno de fotos de la inmensa diva mexicana, y que Paz prologó.

De los cinco maridos que tuvo en total la Félix, sólo dos son memorables: Agustín Lara y Jorge Negrete, por ser éstos también símbolos mexicanos. Agustín Lara, al que se acusaba de ser nada agraciado y muy mariguano, fue un importante compositor que aun hoy tiene influencia entre algunos poetas que insisten en que la vida es como un bolero escrito por el famoso Flaco. A éste le criticaban mucho en las plazas de toros el haberse casado con la Doña, pero todos sabemos que en Acapulco cualquier cosa es posible. Además, embonaban bien, cualquiera podía ver eso. En cuanto a Negrete, era tan altivo y presumido como ella. Se dijo que por eso hacían excelente pareja, cuando se casaron en lo que se llamó, quién sabe por qué, “la boda del siglo”. Quizá, tal vez y acaso. Pero artísticamente no produjeron nada memorable, alguna película grandiosa. Negrete murió al poco tiempo, y algunos señalaron que fue la Félix quien lo acabó a través de los constantes pleitos que tenían.

Pero lo que importa es el arte, es decir, el cine, y María formó parte de aquella tendencia que hubo en nuestro viejo cine a exaltar los años de la Revolución, como una manera de legitimar al régimen priísta entonces imperante en nuestro país. Emilio Fernández, Gabriel Figueroa, Pedro Armendáriz, Dolores del Río y María Félix, fueron un equipo que realizó una serie de películas consideradas esenciales para nuestra cinematografía. Las divas sólo hicieron una juntas, donde escenifican un célebre duelo, en “La cucaracha”. Pero cada una por su lado trabajó con los otros tres mencionados, y en el caso de la Félix, “Enamorada” parece ser la mejor de sus cintas de ese ciclo llamado revolucionario. “Río escondido” también es notable.

Hay otro grupo de películas donde la Félix aparece como la mujer fatal, hoy casi ilegibles por su moralismo, pero donde el rostro de ella resplandece mejor mientras más malvada es. “Doña Diabla”, “Que Dios me perdone”, “La devoradora”, “La mujer sin alma”, etcétera, son divertidas, pese a todo. Ahí está la mujer mala como la némesis de aquellos hombres que se dejan devorar el alma y el dinero, a costa de desatender a esposas e hijos. La mujer mala como la pesadilla de los hogares estables y de las conciencias tranquilas. Pero, ya desde entonces, todo es posible de hacer cuando se cuenta con los medios económicos, y a las devoradoras no les interesa precisamente el alma de sus devorados.

A los arzobispos sí, y uno de ellos se preocupó cuando en “Tizoc” la imagen de María fue exaltada como si se tratase de la otra María, la reina de los cielos. A los que vimos eso nos pareció bien. Lo que no nos convenció tanto fue la actuación de Pedro Infante, que a muchos les pareció chistoso, y hasta ganó un premio valioso, el Oso de Berlín por mejor actuación masculina. Pero al margen de esto, quizá el arzobispo tenía razón, y muchos perdimos el alma al ver a la Félix como reina de los cielos en “Tizoc”.

De cada una de las películas de ella podríamos hablar mucho, pues están en nuestra memoria cultural y personal, pero no hay tiempo ni espacio. Mencionemos algo de su querella contra Carlos Fuentes, el cual escribió dos libros sobre María, la novela Zona sagrada y la obra teatral Orquídeas a la luz de la luna, y en ninguna queda bien parada, lo cual le ganó al escritor el odio eterno de la Doña. La novela es en realidad sobre el hijo de una diva, y se proyectó hacer una película, que interpretaría Enrique Álvarez Félix, el propio hijo de la estrella. No se logró. Y en lo que respecta a la obra teatral, se trata de un intenso y extenso diálogo protagonizado por actores (ojo, no actrices) que interpretan a la Félix y Dolores del Río, las cuales se acusan la una a la otra de ser indias y borrachas.

Hace cien años nació, un 8 de abril, en Álamos, Sonora; y hace doce años que murió, un 8 de abril, en su lujoso departamento de la calle de Hegel en Polanco, Mexicópolis. El autor del presente texto ha sido admirador de la Doña desde siempre, y ha sentido que sin ella algo en México estaría incompleto. No se puede prescindir de la Llorona, ni de la Virgen de Guadalupe, ni de la emperatriz Carlota; y por lo tanto, tampoco de la Félix. Cuando falleció ella y estuvo expuesto su féretro en el Palacio de Bellas Artes, el autor asistió a despedirla, única vez que estuvieron cerca ambos, la muerta y el fan. Fue sepultada en el Panteón Francés, al lado de su hijo. Y todavía hubo un episodio final, cuando los parientes de la Doña reclamaron el que no les hubiese dejado ella herencia alguna, sino que todo fue para un oscuro asistente. Los restos tuvieron que ser exhumados, a petición de esos familiares, para certificar que realmente murió por un paro y no por alguna mano criminal. Todo estaba en orden. Lo que no lo estaba tanto, es que se descubrió que el cadáver había sido objeto de un rito satánico. ¡No por nada se trataba de Doña Diabla en persona!

Regresar