Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIX Mayo 2014

 

Desnudez
Bareman Ghost

¿Qué es la desnudez, sino la convivencia total del cuerpo con el universo, la más natural y sensorial de las experiencias humanas? ¿Qué es la desnudez, sino la emancipación de la piel a las reglas de la moral y la moda? Desnudarse es a todas luces lo natural, y vestirse es en realidad el andar buscando validez mediante el artificio. Andar desnudo es aceptarse a sí mismo, no valiéndose de atavíos que resulten en una imagen prefabricada en búsqueda de aceptación en algún círculo de personas etiquetadas y personificadas adecuadamente para crear una pertenencia. Por eso andar desnudo es sentirse indemne y mínimo ante la naturaleza.

Y en mi historia personal, fui descubriendo esta libertad y grandiosa sensación desde cercanos mis ocho años, cuando por las noches empecé a tener la necesidad de despojarme de mi pijama en una primera experiencia nudista y posteriormente de quitarme también los calzones, sintiendo así el roce de las sábanas con mi cuerpo, hasta que un buen día decidí también quitarme las sábanas de encima. Debo decir, haciendo un acto de memoria, que me encontré de lleno con la libertad a una edad en la que la libertad no es tan buscada. Era una sensación en sumo satisfactoria y por tanto se fue convirtiendo en adictiva. Así fui extendiendo mi búsqueda, ampliando más allá de lo cotidiano mis deseos de estar desnudo. Y empecé a salir del baño sin ropa alguna encima a hurtadillas, con la consabida excitación ante la posibilidad de ser descubierto por mi familia, aunque en realidad no me desnudaba con la intención de ser visto; al contrario, deseaba pasar desapercibido y esto generaba una fogosidad intrínseca que me llevaba a masturbarme para sacar las sensaciones acumuladas.

Poco a poco me fui aventurando a terrenos más atrevidos para esa edad, buscando sentirme más desnudo que nunca. Comencé a salirme al patio por las noches cuando todos dormían, descubriendo la suave caricia del viento nocturno sobre mi cuerpo recorriéndolo como si fuera una amante fervorosa. Después comencé a madrugar para ganarle al sueño familiar y aprender a diferenciar el viento nocturno de la brisa matinal. Sin duda eran diferentes y ambas sumamente placenteras. Las noches de verano, el salirme al patio resultaba muy relajante y sobre todo fresco, y por las mañanas se sentía un frío ligero que me permitía absorber literalmente la alborada. Supe en ese entonces que cuando empieza a clarear el día es el momento de mayor frío, aún en verano. Mi cuerpo se hizo sensible a esas diferencias y aprendí a valorar la función de la piel como instrumento de la percepción.

Comencé a detestar el invierno porque no podía desnudarme tanto como quisiera, tenía que dormir arropado y no podía salir ni por las mañanas ni por las noches al patio que convertí en mi pequeña playa nudista. Ansiaba la llegada del verano para dormir de nuevo totalmente desnudo, andar por la casa encuerado cuando la familia se ausentaba y salirme inclusive a la calle sin nada que cubriera mi cuerpo, pero siempre en un horario en el que ya no hubiera gente. Así es que me dormía temprano para despertarme (sin necesidad de despertador) a eso de la una de la mañana para salirme de casa en total desnudez, aventurándome poco a poco a avanzar más lejos, caminar sobre la acera o de plano darle la vuelta a la manzana. Mi mayor experiencia de entonces fue caminar hasta el parque que quedaba a tres calles de mi casa y ahí permanecer casi veinte minutos desnudo. Yo no sé si alguien más lo haya hecho en otro momento, pero pienso pude ser el único que anduvo desnudo por el parque sin la intención exhibicionista de mostrarme ante la gente.

Ya con más años encima, comencé a buscar nuevos sitios para encontrarme desnudo en medio de la naturaleza. Por supuesto que seguía desnudándome en casa y seguía siendo placentero (me desprendí de la casa paterna muy joven para poder decidir a qué hora quería andar desnudo), pero por supuesto que el placer de sentir el medio ambiente a través del cuerpo era una sensación en extremo agradable. Me comencé a ir a sitios apartados de la ciudad, en donde casi no hubiera gente para recostarme desnudo en el pasto de lugares boscosos. Entre esos lugares encontrados me las ingenié para desnudarme en los nocturnos prados solitarios de la Ciudad Universitaria, cuando asistía a la Facultad de Filosofía, e incluso me pude desnudar en el espacio escultórico del Centro Cultural de la UNAM; y como todo tiene su precio, salí de sendas experiencias picoteado por los moscos, aunque nunca me pillaron los guardias, cosa que sí sucedió en el Bosque de Chapultepec, en donde tuve que correr fuertísimo para poder ocultarme del policía que venía tocando su silbato detrás de mí.
Los cines vacíos me permitían la libertad de desnudarme, en la oficina de trabajo me quedaba hasta tarde para recorrer el piso completamente desnudo (hasta que pusieron cámaras), e inclusive en una enorme tienda de muebles, cuando el vendedor me dejó solo me desnudé, y ya con cámara digital en mano me tomé algunas fotos, más para recordar el momento que para mostrarlas.

He hecho partícipe una y otra vez de mi afición nudista a mis amantes, con las que paso largas horas de seducción nudista antes de la entrega a la pasión absolutamente carnal. Me deleito con su cuerpo visualmente, para dar rienda suelta a los sentidos hasta tocarles y lamerles todas las partes de sus cuerpos. Por supuesto que disfruto sus desnudeces tanto como la mía: sentirme desnudo y verlas desnudas es un placer al límite. Me gusta cuando por las noches su cuerpo sin ropa alguna se pega al mío y compartimos esa libertad de las sábanas sobre la piel, y en época de calor el no tener nada entre nosotros y el mundo.

Cuando se anunció la organización de la fotografía masiva de Spencer Tunick en el Zócalo de la Ciudad de México, me fui con mi novia en turno desde un día antes para hospedarme en un hotel cercano al sitio para madrugar y no quedarnos fuera del esperado evento. Desde meses antes nos inscribimos por internet para estar presentes en la histórica foto. Debo decir que disfrutamos los pocos minutos con toda la emoción: sentimos las vibraciones guardadas por siglos en esa gran plaza que siempre me ha impresionado por sus dimensiones, y el cuerpo desnudo de ella y el mío se vistieron de historia y energías ancestrales. No puedo decir qué sucedió aquel día, pero no pude dormir ni en la noche anterior por la emoción, ni en la siguiente por la energía absorbida durante esos breves minutos.

Así me fui encontrando con algunos sitios de reunión nudista, que lamentablemente son muy pocos en el país, por lo que he acudido a algunas otras partes del mundo para aprovechar que tienen más opciones nudistas. Me agradan los lugares calurosos, porque puedo andar por días enteros sin ponerme absolutamente nada de ropa. Me compro viandas y todo lo necesario para encerrarme en alguna cabaña con piscina propia y no salgo del lugar en días completos. Y no he conocido a ninguna novia, ni aún las más reservadas, que no se vuelvan adictas al desnudo una vez que lo practican.

Tenía una novia que era muy vergonzosa y por lo tanto no se quería desnudar conmigo, hasta que en alguna ocasión le insistí por chat que lo hiciera, no para verla, sino para que sintiera la emoción de desnudarse. Me costó trabajo convencerla, y después de que se fue quitando cada una de sus prendas hasta quedarse y sentirse completamente desnuda, pronto comenzó a hacerlo todas las noches aunque aún no conmigo ahí, pero al poco tiempo comenzó a mandarme fotos, lo que favoreció sin duda el día del encuentro de nuestros cuerpos sin ropa. Fue la más ferviente nudista que conocí, con ella pasé esos días enteros encerrado en una de las cabañas que solía frecuentar.
Viéndolo de ese modo, hubo otra novia que me llamó el sacerdote del nudismo, ya que convierto a mucha gente en nudista. Es tal la pasión que siento, que la gente se convence de practicar el nudismo, y es que sigo en la conciencia de que todos tienen ansias de desnudarse, lo cual platicaba con un fotógrafo de desnudo que me decía lo mismo en una exposición de su obra, ya que había fotografiado a miles de personas que no se dedicaban al modelaje: hombres y mujeres que sólo pagaban por el placer de estar desnudos frente a la cámara. Y yo comparto esa opinión, tanto que me compadezco de las personas inseguras de su cuerpo que se escudan en el pudor para no explorar su cuerpo sin atavíos, aunque en realidad es recato consigo mismos, porque no han aprendido a quererse tal y como son.

Aprender a querer su cuerpo no es un perversión, es un ejercicio de identidad, y aunque andar desnudo conlleva erotismo de por medio, uno puede estar desnudo en su casa y en lugares propicios para esta saludable práctica sin ofender a nadie. Lo que sucede es que como siempre el ser humano se ve tentado a probar nuevas emociones y frecuentemente el nudista puede volverse exhibicionista, mostrando gustoso su cuerpo desprovisto de ropa alguna, lo cual no resulta en realidad tan malo como podría parecer. Algunas de mis novias han terminado siendo modelos de desnudo y les han tomado fotos realmente fabulosas; pero otras, que no se han atrevido a experimentar abiertamente su deseo de ser vistas desnudas, han abierto páginas de facebook y básicamente tweeter en donde suben fotos para ser vistas sin ropa aprovechando el anonimato de sus perfiles: Gatita sexy, La puta tuitera y Nena Sexy, por poner sólo ejemplos. La verdad es que yo no soy exhibicionista, pero mi actual novia me incita a desnudarnos en cualquier lugar público y aunque mi juego es no ser descubiertos, ella disfruta ser vista: abre las ventanas del baño cuando se ducha y se pasea por el departamento completamente desnuda sin cuidar que las cortinas estén corridas, lo cual ya ha ocasionado protestas de los vecinos (protestas sugeridas por las esposas, porque ellos realmente disfrutan la afición de mi novia). Yo no comparto ese gusto y me resulta un tanto molesto que la lleguen a ver, pero cuando se excita por haber sido pillada por un vecino hemos tenido el sexo más maravilloso que haya compartido con novia alguna.

En alguna ocasión visitamos a nuestros padres y nos quedamos a dormir con el pretexto de que se había hecho tarde, pero el plan estaba trazado desde que le platiqué del parque donde me salía a caminar desnudo, y aprovechamos la madrugada de un verano no muy lejano para arriesgarnos a andar las calles sin ropa encima. Todo desembocó en una excitación tal, que no pude evitar cogérmela en una banca del parque, en donde puedo jurar que ya estábamos al borde del orgasmo después del paseo nudista y por tanto obtuvimos la satisfacción sexual más memorable, más aún porque fuimos casi descubiertos por unos trasnochadores que andaban por ahí. Debo decir que volvimos a casa de mis padres a tener sexo de nuevo en el mismo patio en el que por primera vez me aventuré a salir desnudo de niño.

Por eso digo que andar desnudo es un modo de vida, una predilección como cualquier otra, una forma de no perder la cordura natural en medio de las apariencias. Yo por lo menos, cuando me quito la ropa, dejo de ser el Gerente de Marca que siempre anda impecablemente vestido; y aunque sé que mi apariencia me hace ser bien recibido en los medios que frecuento, me gusto más como nudista que como alto funcionario de la empresa donde trabajo. Entonces, ¿qué es la desnudez sino un principio honesto de auto aceptación?

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