Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIX Mayo 2014

 

Editorial

Hace un año fue mayo ocasión para celebrar el segundo centenario de la gloria wagneriana, para loar al genio y maestro de las nieblas y las tinieblas nórdicas.

Hace cien años, Europa vivía tranquila, pero ya se notaba en la atmósfera lo que iría a venir, el primer conflicto bélico mundial, que para algunos fanáticos religiosos fue obra directa del Señor Diablo, que supuestamente fue dejado libre en 1914 por el Altísimo para que hiciese de las suyas.

En México se vivía la etapa revolucionaria, gobernaba el tlatoani borracho Victoriano Huerta, ya próximo a ser derrocado por las fuerzas conjuntas de Carranza, Villa, Obregón y Zapata.

Habrá que hablar de esto en otro próximo número de Ave Lamia, de la complicada situación mexicana de hace cien años, con la ocupación estadounidense de Veracruz, el triunfo sobre Huerta con la toma de Zacatecas, y la entrada de Villa y Zapata a la ciudad de México.

Mayo es el mes de las madres.

Un tema difícil para una situación femenina compleja.

Hay madres que se ocupan de sus hijos, hay otras que los abandonan; madres que los aman, y otras que los detestan.

Hay tías, abuelas, e incluso padres que asumen el lugar de la madre. Hay madres biológicas, adoptivas, espirituales.

Hay diosas madres, que desde Ishtar o Astarté, hasta Isis y María, rigen y corrigen nuestra vida, con la doble función de ayudarnos y de destruirnos, lo mismo a hombres que a mujeres.

Y Diosa Madre sólo hay una, aunque tenga muchos nombres (como mil, o tal vez diez mil), difícil de aplacar cuando está de malas, pero muy tolerante cuando está de buenas.

Pero el ser humano común más bien celebra a su madre personal.

Quizá le compre un regalo. Tal vez la recuerde. Le llevará flores al cementerio.

O preferirá olvidarla, si no le dio nada, salvo el ser ( que a veces, en efecto, es la nada).

O le hará muchísima falta, si le daba todo.

Cada quien tiene la madre que le tocó tener, y casi nunca es como la del otro.

A veces es la que se necesita, y otras no. Las lamias también son madres, pero se comen a sus hijos.

Hay que rezar por ellas.

Luciano Pérez

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