Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIX Mayo 2014

 

En tierras indómitas
(Fragmento de la novela Crónicas de Tepito Asgard)
Luciano Pérez

A unos pasos de la vecindad Casa Blanca, pasando la calle de Panaderos, estuvo una famosa panadería de nombre “Santurce”. Años y años fue el mejor lugar para comprar pan y leche en el barrio de Tepito. Pero debido a problemas económicos (siempre la Secretaría de Hacienda de los criollos ha sido la mejor arma para acabar con los negocios que no son de los criollos), tuvo que cerrar, no sin que antes se celebrase ahí una fiesta de despedida entre los empleados, que terminó en una memorable orgía donde los panaderos violaron a las despachadoras y a la cajera, sin importarles ni edad ni religión.

Había ahí dos jóvenes Testigos de Dios el Padre, que se habían guardado años para un marido digno del Nuevo Reino, un hombre que estuviese involucrado en los designios de Dios, y que esa noche de la fiesta lo perdieron todo ante los embates lujuriosos y alcoholizados de los panaderos rudos y fuertes, quienes no tuvieron piedad ni de la señora cajera, la cual gritaba: “¡No hagan eso, chichimecas!” Ellos no entendieron qué quería decir ella con esa expresión, pero la sintieron ofensiva y le dieron a ella, con todo y los sesenta y tantos años de ésta, con más ganas. Y la señora lloraba. Y recordaba.

Tenía muchos años de laborar en la “Santurce”, y le vinieron a la mente los camiones que pasaban afuera de la panadería, destartalados y peligrosos, pintados de verde oscuro, que iban hacia los Indios Verdes, Ecatepec y Santa Clara. Ecatepec era conocida en un tiempo como San Cristóbal. Y a esos camiones se les decía, por ser conducidos por choferes salvajes, chimecos, es decir, chichimecos; en realidad, chichimecas, que siempre fueron bárbaros, y a los que los aztecas no les tenían confianza y preferían mantenerlos lo más lejos posible de Tenochtitlan.

Las violencias ocurridas en la “Santurce” nunca fueron investigadas ni castigadas, pues los panaderos desaparecieron; posiblemente regresaron a sus lugares de origen ubicados en la infinita Iztapa-rat, o acaso en los propios Indios Verdes. Y si volvieron aquí, tal vez los verdaderos chichimecas acabaron con ellos. Porque los auténticos llegaron desde Apam, y de más arriba, del Mezquital, o hasta de Zacatecas, para apoderarse de la estación del metro Indios Verdes, ahí donde están, o estuvieron, las estatuas de dos tlatoanis aztecas que se hicieron verdes porque el metal de que estaban hechas se corrompió. Los chichimecas destruyeron la estación, acabaron con los rieles, hicieron pedazos los vagones, incendiaron las taquillas y oficinas, y se quedaron a vivir en las casas aledañas. Fundaron ahí su república chichimeca. No fue tan malo, pues exterminaron a todos los ladrones que circundaban por ahí. Los chichimecas no eran realmente tan salvajes, sino más bien solían ser intrépidos. Por eso cuando Olafson llegó a verlos, armado con su espada y seguido por una escolta de vikings, no tuvo problemas para entenderse con ellos y hacerles prometer que no devastarían más la zona. Incluso se armó una brigada chichimeca para la guerra, y se le trasladó al dominio de Perezpochtli. Se le conoció como la Brigada Santurce, en recuerdo de algo que los chichimecas realmente no hicieron. Lo cierto es que algunos tepiteños, al ver a esos hombres de la brigada, estimaron que se parecían mucho a aquellos fieros choferes de la línea Indios Verdes-San Cristóbal-Santa Clara. Esa brigada sería enviada a la zona de la Merced, y mostraron buen comportamiento. Cuando combatieron fueron feroces, y muchos criollos fueron degollados por aquéllos.

Olafson, una vez concluida su visita a Indios Verdes, se dirigió hacia Ecatepec. En este lugar fue fusilado el Generalísimo Morelos, muy venerado ahí hasta que llegaron los temibles trolls; éstos, como chichimecas nórdicos, hicieron estropicios en esa urbe, pero cuando descubrieron a las mujeres de Ecatepec decidieron casarse con ellas y tener hijos. Al llegar allá el jefe viking, a través de la llamada Vía Morelos, vio los restos destruidos de la plaza comercial, que los trolls saquearon con mucha alegría. Nada quedaba en pie ahí. Su espada, forjada por los nibelungos, provocó temor entre los trolls, así que éstos no tuvieron más remedio que respetar a quien de todos modos era un paisano. Olafson y ellos conversaron amigablemente, y le platicaron del nuevo culto que habían implantado para sustituir la veneración al Generalísimo: la devoción a Santa Cecilia Richards. Lo llevaron a ver la estatua de ella, alrededor de la cual bailaban.

Sus esposas les contaron a los trolls que hace mucho tiempo vivió en Ecatepec una joven llamada Cecilia Richards, pasante de letras clásicas, quien todas las mañanas tomaba un autobús que la llevaba al metro Indios Verdes, y ahí lo abordaba para dirigirse a su empleo como correctora en el pueblo de Xoco. En ese entonces había muchos maleantes por todo Ecatepec y sus alrededores, y una ocasión en que Cecilia iba en el camión, éste fue asaltado; sin embargo, de un pozo seco que se abría a un lado de la avenida, salió un monstruo que vino a rescatarla, pues los ladrones ya se la llevaban para violentarla. Él mató a los pillos, y se llevó a la chica hacia una cueva cercana, de donde ya no se le vio a ella salir jamás. A partir de entonces, cada vez que ocurría un asalto en los camiones de Ecatepec, si los pasajeros se encomendaban a Santa Cecilia Richards, el monstruo aparecía y los pillos huían o eran masacrados por él. Desde entonces se habló de que ella era una santa. Desde luego, no todos los pasajeros creían en Cecilia, así que al no rezarle no podían evitar el asalto. Pero aquellos que le tenían fe a la muchacha, se salvaban. Hubo un momento en que ya no se le vio más al monstruo, pues bastaba con rezarle a la santa para que no se aparecieran los pillos, así que mucha gente agradecida juntó dinero y mandaron hacer una estatua de la joven, que colocaron a la entrada de la cueva de donde supuestamente ya no había salido. Pronto hubo peregrinaciones ahí, aunque el obispo de Ecatepec, Onésimo XXI, las prohibió, e hizo todo lo posible para que las peticiones de canonización para Cecilia Richards no llegaran a Roma. Pero el pueblo, sobre todo las mujeres, que eran quienes más sufrían en los asaltos, ya la había ungido.

Cuando los trolls supieron de esta historia o leyenda, fueron hacia la cueva, ubicada en algún lugar de los llamados Jardines de Morelos, rebautizados como Jardines de Santa Cecilia Richards, se apoderaron de la estatua y se la llevaron en solemne procesión hacia el centro de la ciudad, la colocaron en la plaza central, y bailaron alrededor de ella todos los días. Olafson quiso ver la imagen, así que los trolls lo condujeron al centro de Ecatepec, y el viking quedó impresionado ante la belleza femenina ahí representada. Hecha de mármol, de tamaño natural, la estatua era la de una muchacha de veinticinco años, de pie, con un peinado alto, y un rostro de facciones muy finas; imposible describir cuán hermosos ojos, labios, pestañas, mejillas, tenía la imagen de la santa. El cuerpo delgado, vestida con blusa y pantalones, calzada con botas, y en la mano derecha un cigarrillo. Había una placa de metal en el pedestal de piedra, con estas palabras: “Santa Cecilia Richards, patrona ecatepense, vino el monstruo por ella para salvarla y salvarnos. ¡Sea bendita para siempre!” El viking quiso saber cómo era el monstruo, pero los trolls no supieron describirlo, pues nunca lo habían visto, aunque uno de ellos dijo que posiblemente llegó de Tepito. Al escuchar eso, Olafson se puso muy contento, y a continuación hizo que los trolls le prometieran comportarse bien, y los invitó a sumarse al esfuerzo bélico contra los criollos. Muchos se ofrecieron voluntarios, y pasaron a engrosar las fuerzas vikings, la mayoría para laborar como mecánicos. El jefe abordó su jeep VW Safari, y se dirigió hacia Coacalco, donde se vería con la famosa princesa loba Betis.

Ella ya sabía que él vendría, y lo recibió muy bien. Le dio a saber su procedencia escandinava por el lado paterno, al ser hija del lobo Fenrir. Olafson se alegró de conocerla, y no supo decidir sobre quién era más hermosa, si esta loba de Coacalco, o la santa de Ecatepec. Así se lo comentó a la princesa, y ésta se sintió celosa, dijo no verle méritos a una mujer que ya no existía más, y afirmó que si ya no había asaltos en Ecatepec fue por la presencia de los trolls. Dijo: “En cambio yo, estoy viva, y reinaré aquí”. Le hizo saber que era muy amiga de Perezpochtli, y luego lo llevó a conocer las fábricas de proyectiles y armamento en Tultepec, que eran de su propiedad, y ahí el viking revisó con atención el proceso de producción. Los materiales elaborados ahí serían decisivos para la lucha, pues ahí se fabricaban balas, granadas, cohetes y proyectiles para los morteros y cañones. La loba le mostró la protección antiaérea con que contaba la zona industrial, pues se temía que los criollos enviasen aviones a bombardear aquí. Olafson le dijo que le aconsejaría a Perezpochtli se trajeran aquí los cazabombarderos ME-262 vendidos por el príncipe Omar, para que defendiesen no sólo Tultepec, sino también la refinería de Tula. La loba le comentó también que los técnicos metalúrgicos que laboraban aquí eran los nibelungos, venidos desde el Ruhr. Una larga tradición de fraguas, había llegado a Tultepec. Olafson saludó a los célebres personajes, que eran nietos de los ilustres Alberich y Mime. También, ya se fabricaban ahí pistolas, fusiles y ametralladoras, todas según el modelo alemán, para no tener que importar esas armas. Y pronto se fabricarían cañones. Olafson quedó muy satisfecho con esta visita.

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