Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIX Mayo 2014

 

Mamá
José Luis Barrera

Quizá te sorprenda saber de mí después de tantos años de silencio.

Tal vez es por mi deseo de encontrar de nuevo el consuelo en ti, tal vez por la urgente necesidad de recordarte para replantearme algunas cosas que han revoloteado por mi cabeza, lo cierto es que hoy estoy decidido a escribirte.

Son ya tantos los años que no estamos juntos que a veces me pareces un imagen lejana, un fantasma sempiterno algo borroso. Si bien es cierto que nunca te olvidaré, también es cierto que no estás a cada momento en la memoria.

Hoy es día de la madre, y aunque en muchos lugares están haciendo festivales de llanto de cocodrilo, que detesté desde el día que me hicieron vestirme de caníbal (si a eso se le podía decir estar vestido), yo simplemente te escribo, para que sepas que todos estamos bien.

Después de tu partida he tenido otros muchos duelos, incluido el de mi papá, duelo que me ha enseñado a ser más fuerte y un poco más “chillón”, y tú sabes que me cuesta trabajo llorar tanto como a ti. He aprendido que la muerte es algo a lo que tarde o temprano acabamos por aceptar, por doloroso que sea.

Cierto que el mundo está hecho un caos y parece que la humanidad se derrumba junto con la apatía de sus jóvenes, pero créeme, esta familia que tú formaste junto con papá, está salvando al mundo; bueno, al menos al espacio de mundo que nos ha tocado habitar y esto por supuesto que es una buena noticia en esta convulsa era.

Estos tres hijos tan singulares somos los mismos que conocieron ustedes, pero con más años, más canas y más kilos, pero sobre todo, con más experiencia. Recién he pasado una de las peores épocas de mi vida, y sin embargo estoy aquí en pie, gracias al empeño que de ustedes aprendí y que mis hermanos nunca me dejaron solo. Sé que esto te hará sentir feliz y tranquila.

Por donde sea que estés, ándate tranquila, a ti ya te tocó sufrir los avatares de la vida y hoy estás gozando de una jubilación eterna. A ti te corresponde descansar, y a tus otrora pequeños vástagos enfrentarnos con riñones a este gran toro de lidia llamado vida. De más está decirte cómo la abyección humana se extiende pandémicamente por este mundo enfermo (como decía Mafalda).

Definitivamente fue buena idea la tuya esa de morirte, pues no te estás perdiendo de gran cosa. Las cosas están muy distantes de ese mundo ideal que con esmero fabricaste para nuestra infancia. Y sin embargo, como ya te he dicho, estos tres hijos tuyos están bien, a pies y traspiés, a duras y maduras. Tus enseñanzas surgidas de esa sabiduría tan simple y tan aguda nos han ayudado en los peores momentos.

Tú, tan tierna y tan noble, tan amorosa, dejaste honda huella en estos tres individuos a los que ahora nos toca reciclar tus preceptos. Mamá, sin embargo, déjame decirte que también me has hecho mucha falta en varios momentos, y que a veces quisiera volver a ser débil para acurrucarme en tus brazos y escuchar palabras de aliento. En el fondo soy un huérfano, aunque los años ya se hayan apoderado de mí ; porque una madre siempre hace falta, y por tanto siempre está al lado de sus hijos como una energía vital, incluso desde la necesaria añoranza.

Mamá, desde donde te encuentres, recibe un enorme abrazo y un beso envuelto en un eterno recuerdo, porque hasta el último instante de mi vida tú serás mi madre y yo un hijo agradecido. Ya no más regalos para la cocina o vistosos collares de las baratijas, hoy te regalo el más grande agradecimiento que exista y un homenaje salido desde el fondo más sensible de mi ser.

Felicidades y dulces sueños, Mamá.

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