Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XIX Mayo 2014

 

Salvador Dalí,
el loco sublime
Norma Elsa Pérez

Salvador Felipe Jacinto Dalí Domenech nació el 11 de mayo de 1904 en Figueras, Cataluña, España. “Si come poco será un chico flaco y débil”, decía con voz grave el hombre robusto que estaba sentado en la cabecera de una gran mesa de roble. “Algo ha comido”, contestaba una mujer delgada de pelo castaño claro, sentada al lado de un niño de cuatro años, quien estaba en una silla más alta. El niño los miraba con un gesto de desagrado, con su boca bien cerrada. Ante él, sobre la mesa, descansaba un plato casi repleto de puré de zapallo y zanahoria. El niño que comía poco, o se negaba de plano a comer, era Salvador Dalí, junto a sus padres.

Le impusieron el nombre de Salvador en recuerdo de un hermano suyo que había muerto tres años antes. Dalí vivió a la sombra del fantasma del hermano muerto y buscó la manera de afirmar su propia identidad, muchas veces con arrebatos violentos o con una actitud de extrema originalidad, factor clave en el desarrollo de una personalidad marcada por la tendencia a la excentricidad. Alguna vez Dalí escribió que sufrió una gran conmoción al tener conciencia de que había sido el reemplazo de ese hermano. Recordaba que por las noches su imaginación lo atormentaba con escenas en las que lo veía en su ataúd, en estado de descomposición. “Me dormía con la idea de mi propia muerte”, dijo. Al fallecer de manera inesperada su madre, se juró a sí mismo hacerse inmortal para resucitarla.

La obsesión por los cuerpos en descomposición permaneció en Dalí durante toda su vida, y la convirtió en una fuente de un extraño esteticismo que forma parte de su obra. Dalí fue un libertino a la manera del Marqués de Sade, pero al igual que éste vivió su sexualidad más en la imaginación que en la realidad, con la radical diferencia de que la sexualidad de Dalí está llena de una simbología poética que no puede expresarse de otra manera que en el arte.Cuando empezó a leer a Nietzsche le causó mucho impacto, y dijo: “El día de mi primera lectura de Así habló Zaratustra me formé ya mi concepto de Nietzsche: se trataba de un hombre débil que había tenido al intención de volverse loco. Reflexiones que me proporcionaron los elementos de mi primera consigna en el lema de mi vida: La única diferencia entre un loco y yo es la de que no estoy loco”.

A los 15 años recibió su primera clase de dibujo, sugerencia que le hizo al padre de Dalí el pintor impresionista Ramon Pixot. La primera pintura hecha por el joven artista fue en una puerta de madera abandonada, y utilizó tres colores: bermellón para las partes oscuras, carmín para las claras, y blanco para destacar la luminosidad. Eran unas cerezas, y se dice que Pepito, uno de los hermanos de Pixot, al ver el collage exclamó: “¡Aquí hay un verdadero genio, y será uno de los grandes maestros de este siglo!” Y ya desde entonces el cuadro de Velázquez “Las meninas” comenzó a obsesionarlo.

Hacia 1922 ingresó a la Academia Real de Bellas Artes, en Madrid. Ahí conoce a Federico García Lorca, Luis Buñuel, Pepín Bello, Rafael Alberti, Ramón Gómez de la Serna, entre otros. A Lorca y Buñuel los encuentra en una conferencia que dio H.G. Wells. Dalí y Lorca fueron amigos hasta 1928, le diseñó la escenografía de “Mariana Pineda”, y el poeta le dedicó la célebre “Oda a Salvador Dalí”.

Los paisajes de Cadaqués, un sitio veraniego cercano a Figueras, dejaron una huella profunda en la obra daliniana, con esas rocas de insólitos colores y esas playas desiertas que quedaron fielmente reproducidas en sus cuadros. Dalí amó ese lugar con la lealtad de un fanático, y lo consideró uno de los más bellos del mundo. En 1926 Dalí empieza a cambiar de estilo, y en este año es visitado por Joan Miró, e intercambian ideas sobre las poéticas pictóricas, y Dalí expresa su concepción de “una estética en putrefacción”. Un paisaje irreal donde Dalí pinta cadáveres de asnos y esqueletos de aves y de pájaros, elementos que se concretan en la obra “La miel es más dulce que la sangre”.

En 1928 recibe en Figueras la visita de Buñuel, y juntos arman el guion para la película “Un perro andaluz”, cuyo rodaje se realiza en París durante dos semanas, y a cuyo estreno asistieron Le Corbussier, Picasso y Breton, pero no Dalí. Breton manifestó que en ese film se traducen los principios del manifiesto surrealista.

Desde 1929 hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Dalí vive su etapa artística más significativa. Se reúne de nuevo con Buñuel para aportar ideas de otra película, “La edad de oro”, la cual fracasa entre el público y los intelectuales de Francia. La amistad de Dalí y Buñuel termina, y nunca se reconciliaron. Y como a pesar de toda su actividad no logra en París el éxito que esperaba, Dalí regresa a Cataluña. Pinta una obra estupenda llamada “El juego lúgubre”, título sugerido por Paul Eluard, y es la primera de las creaciones dalinianas considerada auténticamente surrealista. Y así fue aumentando su imaginación visionaria, enriqueciendo su técnica pictórica. Su segundo lienzo surrealista fue “Acomodación de los deseos”, y luego vino “Placeres iluminados”, donde se nota la influencia de Chirico. Es en 1929 que conoce a Gala, el gran amor de su vida. Ella se llamaba Elena Dimitrovna, rusa de nacimiento, quien se destacó como una de las más atractivas asociadas al surrealismo, y que era esposa de Eluard, y luego lo sería de Dalí. Pinta el “Monumento imperial a la mujer niña”, que da una idea de la importancia que Gala había adquirido en su vida. En Figueras la llaman “la musa infernal de Dalí”.

Dalí hizo tres viajes a los Estados Unidos, el primero en 1934, y el segundo en 1936. Firma ahí un contrato con el mecenas Edward James. Cuando estalla la Guerra Civil Española, Dalí se encuentra en Inglaterra, y se entera que su hermana Ana María es apresada por los republicanos. Y estando en París supo del fusilamiento de García Lorca, lo cual lo con mueve mucho. En 1940 está de nuevo en Estados Unidos, donde él y Gala viven a lo largo de ocho años. En 1942 publica su autobiografía La vida secreta. Conoce a Anaïs Nin, a Henry Miller, a Alfred Hitchcock, con quien colabora para ilustrar los sueños de un paciente que pierde la memoria, en la película “Cuéntame tu vida”. También realizó Dalí bocetos y dibujos para Walt Disney, entre ellos el proyecto de una película inconclusa, “Destino”, y al parecer también el diseño del parque de diversiones Disneylandia, pero Disney no se mostró convencido con el plan de Dalí, prefiriendo otro más predecible y grotesco como el que vemos en la actualidad.Hizo retratos de muchas personalidades, diseñó joyería, hizo comerciales…

En 1948 Dalí regresa a Europa, se reconcilia con el catolicismo, y agrega a su obra el sentido científico figurativo. Le fascinó la teoría de la desintegración del átomo. A esta época suya suele llamársele mística, y no olvidemos que Dalí siempre sería “un ateo devoto”, según sus propias palabras. Fue un individualista que estaba en contra de todo lo que fuera someterse, sea a un grupo, una idea o un partido. Ocasionalmente sentía simpatía por algo, pero no se comprometió con nada.

Un carácter como el suyo tuvo que vivir obligadamente como un solitario. Fue también un provocador, al expresar: “El Marqués de Sade es el único educador perfecto para los deseos desenfrenados de la juventud”, dicho esto en una España fascista, católica y sexualmente reprimida, donde la Iglesia tenía el control de la educación. En 1951 pinta el “Cristo de San Juan de la Cruz”, “La última Cena”, y tres años más tarde publica su manifiesto místico. El papa Pío XII bendijo el cuadro de la Madonna de Port Lligat.

En los años sesenta se dedica a pintar temas históricos como “La pesca del atún”, “El sueño de Cristóbal Colón”, “La batalla de Tetúan”. En esta época experimenta con efectos ópticos tridimensionales, con hologramas.El 23 de septiembre de 1974 inauguró el Teatro Museo Dalí en Figueras. Desafortunadamente, su vida va decayendo, Gala muere en 1982, afectando muchísimo su situación de salud. “¡No está muerta, no morirá nunca!”, exclamó. Un mes después del entierro de Gala, el rey de España le concede a Dalí el título de Marqués de Pubol. El último cuadro que pintó, en 1983, fue “La cola de la golondrina”.

El 23 de enero de 1989, el rey sol del surrealismo, el genio, mi genio, la luz de Cadaqués, dejó de existir para permanecer eternamente en la persistencia de la memoria. “Los genios no deben morir”, cantaba Ana Torroja en una canción bellísima dedicada a Dalí. “Como mi propio nombre de Salvador lo indica, quiero salvar la pintura moderna de la pereza y el caos”, dijo él mismo. Fue sin duda un pintor excepcional, y un ensayista que supo reflexionar sobre su propio arte y las manifestaciones artísticas de la cultura de su tiempo. Su pintura abarca las grandes épocas y cambios de la humanidad. Fue el loco del siglo XX y el genio del XXI. Los inolvidables ocres, azules, grises y los claroscuros, así como los cajones entreabiertos, las hormigas, las muletas, los relojes blandos, entre otros elementos, son parte de las claves simbólicas de su imaginación y de la metáfora surreal.

Yo conocí la pintura de Dalí a muy temprana edad, e iluminó mis soledades de infancia como hija única. Y esas imágenes fascinantes, aterradoras, incomprensibles, cargadas en su totalidad de violencia, lujuria, misticismo y muerte, me continúan acompañando en mis soledades como adulta. Así pues, es Dalí el aroma surreal de un perfume, es la persistencia de la memoria.

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