Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XX Junio 2014

 

Duelo de alquimistas
Luciano Pérez

Las canciones del norte salieron del monasterio londinense de Abbey Road, para enviar al mundo mensajes de felicidad y a la vez de oscuridad. Basta con saber leer y escuchar, con los sentidos entrenados por la experiencia dual del goce y del sufrimiento, para poder diferenciar cuándo hay luz en el mundo y cuándo no. Esto lo entendieron bien dos ilustres alquimistas ingleses, que se reunían en el monasterio mencionado para intercambiar opiniones, recetas y fórmulas diversas. Abbey Road siempre fue lugar de magos, y se dice que Merlín, el hijo del Diablo y de la monja, fundó dicho monasterio para deleite de los conocedores de las artes ocultas.

Ambos alquimistas eran amigos y enemigos entre sí. Se apreciaban tanto como se odiaban. Sus reconciliaciones y peleas se daban con tanta frecuencia, que ya ellos mismos preferían reírse de sus propias desavenencias y de sus electivas afinidades. Uno era mayor en edad, se llamaba John Dee, y estaba empeñado en que toda la gente entendiera que la Atlántida no sólo existió, sino que sigue existiendo: es América. El otro alquimista, también llamado John y de apellido Lennon, se burlaba de ello, mas con suma seriedad, o quién sabe, decía que el imperio romano continuaba con vida…en América. No terminaban nunca de discutir el asunto, por lo que ya tenían hartas a sus respectivas esposas, las hermanas Vanessa y Valentina. Las cuales preferían tomar té, oír música de black metal, y leer cuentos para diablos cansados, en vez de escuchar tantas absurdas discusiones entre sus esposos.

Dee insistía en que los atlantes construyeron Mexicópolis, Washingtonia y la Nueva Amsterdam (N.Y.). Lennon rebatía, arguyendo que más bien los romanos lo habían hecho, o al menos los etruscos, o en todo caso los griegos. “¡Efectivamente, Lennon! Los atlantes eran griegos” , se alegró Dee. “No, los atlantes fueron anteriores a los griegos”, se defendió Lennon. Y Vanessa y Valentina le subieron más el volumen a las canciones de Xandria y su himno al cuervo, y le agregaron mirra y orégano al té, y lloraron porque el gnomo malo le robó la muchacha asmática al Dragón Chiflado.

Era constante el duelo entre los alquimistas, así que hubo alguien que pensó en subirlos a un ring para que pelearan, cobrándose entradas para verlos. Sólo que en vez de luchar directamente, cuerpo a cuerpo, máscara contra cabellera (Dee tal vez tendría la primera, en color oro por la síntesis filosofal, y Lennon la segunda, tan larga como en los días posteriores al álbum blanco), sería más bien un combate virtuoso, el conocimiento mágico de ambos puesto a prueba. No sonaba mal, y ambos tocayos, John y John, negociaron la pelea, ante la desesperación de sus esposas.

La Arena Coliseum de Mexicópolis fue el escenario ideal para el evento, organizado por el sonriente promotor Víctor Brown, nacido en León, que lo anunció profusamente. Los fanáticos de la magia tradicional y clásica estaban a favor de Dee, y los de la magia moderna y surreal con Lennon. Los medios de comunicación entrevistaron a Vanessa y Valentina, las cuales declararon que el estar casadas con famosos alquimistas era de lo más aburrido e incoherente. Dijeron que si las cosas continuaban así, con tanta polémica entre ellos, buscarían ellas divorciarse. Sin embargo, acompañarían a sus esposos en el viaje a Mexicópolis. “Por lo menos conoceremos una nueva ciudad”, dijeron las hermanas.

Y llegó la fecha de la lucha. En la primera caída, Dee trajo al ring un robot de su creación que ignoraba por completo las leyes de la robótica. “Este robot sí mata, y no le importa por qué ni a quién”, recalcó el mago viejo. “¿Qué puede matar un robot?”, preguntó el mago joven. “Mata lo que sea”, contestó el otro. “Pues yo lo haré cantar”, dijo John Beatle (el otro nombre de Lennon), ante el azoro del público. Lennon sacó una guitarra, se la dio al robot, y éste comenzó a cantar: “I DON’T BELIEVE IN ASIMOV! I DON’T BELIEVE IN BRADBURY!” Dee se enfureció, tronó los dedos, y el robot hizo pedazos la guitarra. Pero el réferi le dio el triunfo a John Beatle, quien se acercó a su esposa Valentina para ofrecerle un gato duende chesteriano como regalo. No le pareció mal a la muchacha, que le dio un beso al felino y le preguntó con ansiedad: “¿Te llamas Zaratustra?” El gato con cara de luna sonrió, y mostrando sus filosos y peligrosos dientes dijo: “No lo creo, o tal vez sí, pero tú me fascinas”.

Para la segunda caída, Lennon presentó una máquina de sonido llamada NUMBER 9. La puso a funcionar y se oyeron ruidos de aeroplanos estrellándose en el cielo de diamantes, órganos de vapor exhalando carcajadas de payasos, pastillas amarillas de LSD con periscopio y torpedos convertidas luego en deliciosas fresas para siempre.

Dee intervino, irónico: “Tengo a un perfecto saboteador que acabará con todo eso”, así que con un pase rápido de manos hizo aparecer a un caballero a quien la reina de Inglaterra nombró Sir. Éste dijo, con voz muy fuerte: “¡Oh, yo creo en el ayer!”, y se acercó a la máquina lennoniana, y a puñetazos y puntapiés aniquiló a la prodigiosa NUMBER 9. John Beatle no pareció sorprendido y comentó: “Tenía que suceder. Siempre fue así. Él saboteaba desde hace mil años mis canciones. Sin embargo, yo no creo en el ayer”. Fue pues inevitable que John Dee ganara esta caída, y entonces se acercó a su mujer Vanessa para obsequiarle un espejo negro. “¿Para qué me sirve?”, preguntó ella, y su esposo de larga barba blanca le respondió: “Para que te veas mejor”, y Vanessa se vio ahí todavía más atractiva, como para provocar la envidia mortal de una prima malora que tenía, conocida como la bruja del planeta Karina.

La tercera y decisiva caída sería de corte más intelectual. John y John disertarían sobre su tema favorito, el de la Atlántida. Vanessa y Valentina bostezaron, y la segunda, que no se separaba nunca de su gato, quiso verse en el espejo negro de la primera, pero ésta le dijo que se lo permitiría sólo si le dejaba darle un beso al felino. Era buen acuerdo, y cuando Valentina se miró en el espejo de Vanessa, se vio más bella que siempre, esbelta como una bailarina de ballet. Y cuando Vanessa besó al gato, éste le dijo: “Tú también me fascinas”. En el ring de la Coliseum ya había comenzado la parte decisiva de la lucha.

“Aztecas, mayas y pieles rojas son descendientes directos de los viejos atlantes o atlántidas”, señaló Dee. “Son romanos, descienden del general Pompeius”, refutó Lennon. “No concuerdan las fechas históricas, y además los antiguos americanos no hablaban latín”, atacó Dee. “¿Cómo fue entonces que los acabaron los bárbaros, igual que a los romanos?”, preguntó Lennon. “¿Cuáles bárbaros?” “¿Cómo cuáles? Pues los españoles y los ingleses”. “Tú y yo somos ingleses”. “Eso no nos exime de ser completamente bárbaros”, dijo Lennon, lo que provocó la risa de los espectadores. “¡Eres un loco! La Atlántida está en América, y Washingtonia es su capital”, respondió Dee. “Pues yo quiero ser romano, y según el Apocalipsis Roma es Babilonia. Por lo tanto, viviré en N.Y., la nueva Roma-Babilonia, para morir ahí gordo y feliz”.
“¿Te das cuenta?”, le comentó Valentina a Vanessa, “mi marido me cree japonesa y quiere llevarme a N.Y. No iré, claro está, y siguió acariciando con ternura al gato chesteriano, quien en un cuaderno iba anotando cuántos besos le había dado Valentina y cuántos Vanessa. “Cuando ambas empaten con un millón, la misa habrá terminado”, observó el felino con amplia sonrisa.

“Bueno, si Roma es la Bestia, por lo consiguiente N.Y.”, dijo Dee. “Sí, y mi nombre es 666, y soy una langosta de pelo largo y con una guitarra eléctrica, y liberaré al pueblo a través del amor”, dio a saber Lennon. “¡El Amor es todo lo que no es Roma, Lennon!” “Y Roma no es Amor, lo sé. Pero no todo quedará en juego de palabras, sino que esto es lo que quiero hacer: darle una vuelta al destino, haciendo que América, y todo el mundo, sólo necesite amor”. “El amor no te llevará a ningún lado, pues ya vi en mi bola de cristal que terminarás balaceado por los partidarios de Cristo, a quienes has ofendido diciendo que tú y otros tres amigos tuyos son más famosos que el Redentor”.

“¿Lo oíste, Valentina? Mi marido acaba de predecir la muerte de tu esposo”, observó Vanessa. Pero aquélla parecía más empecinada en que el gato la quisiese mucho. “Te escribiré cartas de amor, Zaratustra, aunque nos veamos todos los días”, le dijo al felino duende, y éste le comentó: “Por supuesto, siempre y cuando me dejes querer también a Vanessa. Con dos amores a la vez se vive mejor”, y su sonrisa de luna hizo temblar al centro del universo. Mejor dicho, al centro de Mexicópolis. “¡Cómo! ¡Tiembla en Mexicópolis! ¡Es el fin de la Atlántida!”, exclamó Dee.

Pero Lennon ya no estaba. Dijeron algunos testigos de Jehová que lo vieron huyendo junto con una japonesa hacia N.Y. Y tampoco se vio más a Vanessa y Valentina, que decidieron vivir con el gato loco de Chester, en algún lugar mexicano, tal vez Tepito, compartiendo el espejo negro entre los tres. “Cuando en las noches me veo al espejo, me da por convertirme en príncipe”, dijo el gato.

Y John Dee regresó muy triste a Londres, sin que el réferi hubiera definido quién ganó el duelo de alquimistas, porque con el temblor de Mexicópolis se derrumbó la Arena Coliseum, y sólo se vieron entre los escombros las manos cortadas del réferi y la cabeza decapitada del promotor Víctor Brown, originario de León, a los cuales les había caído un pesado barandal.

Además, la esposa de Dee no quiso volver con él, hechizada como estaba por un felino, al igual que la mujer del otro John. Y dijo Dee para sí mismo: “Con mis encantos y encantamientos lograré que la reina de Inglaterra me haga Sir como a McCartney”. Y eso fue todo.

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