Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XX Junio 2014

 

Efraín Huerta, a cien años de su nacimiento
José Luis Barrera

Efraín Huerta es sin duda uno de los poetas más importantes del siglo XX en América Latina, cuyo legado va mas allá de la ruptura con las formas poéticas utilizadas hasta esos años. Su libro Los hombres del alba (1944) es uno de los más reconocidos, junto con sus famosos poemínimos, festivos y llenos de humor. Aunque nacido en Silao, Guanajuato y avecindado en Irapuato y en la ciudad de León tras la separación de sus padres, así como un breve paso por Querétaro en 1924, desde su llegada a la Ciudad de México (en 1930) quedó fascinado por las divergencias de esta metrópoli, siendo atrapado por ella con una pasión (como todas) rayanas entre el amor y el odio, circunstancia que lo llevó a ser llamado “El poeta de la ciudad”.

Nació un 18 de junio de 1914 y fue bautizado con el nombre de Efrén Huerta Romo. Siempre contó que su vocación literaria surgió en la inmensa biblioteca de su padre, José Merced Huerta, un prestigioso abogado guanajuatense y juez municipal, que además era apasionado de la literatura.

Efraín (que fue el nombre por el que cambió el que tenía de pila a instancia de sus amigos de la preparatoria), siempre presumió que no había en todo Guanajuato una biblioteca igual a la del padre. Después de una vida cómoda en Irapuato, la separación de sus padres implica una infancia con grandes carencias económicas, lo que motiva a Efraín Huerta a vender periódicos, a repicar las campanas de una iglesia cercana a su casa y a poner en su sitio los puentes de madera cuando las calles se inundaban por la lluvia, mientras que su madre se ganaba el sustento tejiendo y vendiendo colchas con hilaza. Estos esfuerzos resultaban tan insuficientes, que a veces tenían que empeñar las planchas. Su padre lo presentó con un impresor comercial en la imprenta “Minerva” de Irapuato donde aprendió litografía, misma entidad en donde comenzó sus primeras actividades políticas con los hermanos Juan José y Manuel Prado, haciendo el semanario La lucha.

Ya estando en la Ciudad de México y una vez regularizados sus estudios de secundaria, en 1931 ingresa a la Preparatoria Nacional de San Ildefonso, donde conoce a Octavio Paz, Carmen Toscano, Rafael Solana, Cristóbal Sayago (que era el rico de la escuela y era quien le prestaba los libros que Huerta transcribía a mano), Rodolfo Millán e Ignacio Carrillo Zalce, entre otros.

Ahí tuvo como maestros a Carlos Pellicer en literatura hispanoamericana, Francisco Monterde en teatro hispanoamericano, Xavier Icaza en literatura de la revolución y Agustín Loera y Chávez en historia del arte. Al principio denotó una influencia de Juan Ramón Jiménez y Ramón López Velarde, hasta que Octavio Paz (con quien se dice que jugaba frontón en la calle), le hizo conocer a los contemporáneos. Es así que se dedica a implementar nuevas formas y a ser un poeta de ruptura, que se consideraba a sí mismo “el orgulloso marginado, el proscrito”.

Se dedicó al periodismo cinematográfico durante gran parte de su carrera (25 años), por lo que llegó a ser el Presidente de Periodistas Cinematográficos de México (PECIME), incursionando también en la crítica teatral. Formó parte del Taller Poético dirigido por Rafael Solana y posteriormente en el Taller, con el mismo Solana, Octavio Paz y Alberto Quintero. Cursó solo tres años de la carrera de leyes porque decide incursionar como periodista profesional.

En referencia a su apodo de El cocodrilo, existen dos versiones: la primera contada por testigos y actores, quienes señalan que en 1949 se inauguró en San Felipe Torres Mochas, Guanajuato, una primaria que lleva el nombre de Margarita Paz Paredes. Ella invitó a varios amigos a la ceremonia. Contaron cuentos de cocodrilos y Huerta dijo: “Es que todos llevamos dentro un cocodrilo”. Así nació el cocodrilismo, escuela lírica y social que en mucho se opone al existencialismo, extraordinaria escuela de optimismo y alegría. La segunda hipótesis no tiene nada de alegre ni de optimista: la realidad se ha vuelto insoportable, la única manera de resistirla es meterse bajo la dura piel del cocodrilo; animal que soporta, persevera y no se esconde, sigue allí, bostezando o a lo mejor riéndose de nosotros. Aquí el cocodrilismo significa refutar el dolor con el humor.

Octavio Paz, hablando de la poesía política de Huerta lo refiere como sus “desafortunados poemas políticos”, y personalmente yo tampoco disfruto mucho esa faceta de la obra poética de Huerta, de hecho coincido con Alí Chumacero, quien tampoco es defensor de estos poemas, cuando dijo: “considero que la poesía ayuda poco a la política y la política no ayuda en nada a la poesía”.

En realidad Huerta abarca tantos terrenos en la poesía que se le llamó casi al unísono como: “poeta del amor”, “cantor de la libertad”, “poeta epilírico”, “poeta de la Ciudad de México”, poeta de la “rosa” y la “bala”, poeta del “absoluto amor”, etc. Pero tal vez el Huerta más cuajado es el del amor, como sostuvo Carlos Montemayor que “Este es quizá a lo largo de toda su obra el principio rector: el amor”. Huerta amaba a su país, la literatura, la femineidad, la familia y las causas justas. En “Los ruidos del alba”, concluye: “El amor es la piedad que nos tenemos”. El amor de Efraín es un gran amor a sí mismo, a la mujer y al mundo.

Lo que odia el poeta –en “Declaración de odio”—es lo feo de la gran ciudad en que se estaba convirtiendo la ciudad de México en plena industrialización a mediados de los 40: “Esta ciudad de ceniza y tezontle cada vez menos puro, de acero, sangre y apagado sudor”. Una ciudad que ya desde entonces denotaba ese crecimiento anárquico y desordenado en torno a una intención industrializadora. Ese preludio del desorden urbano modernizador que vino a tomar forma en los muy opulentos Santa Fe y Bosques de la Lomas, cuyo diseño embrollado es un resultado de lo que tanto denostó Huerta desde aquellos años. El odio que manifiesta Huerta es sin duda una muestra de que el amor más intenso y pasional se encuentra en el odio.

Y hablando de los poemínimos, cabe decir que de inicio generó un desconcierto y agitación. Posteriormente los poetas —sobre todo los poetas jóvenes— se dedicaron a imitarlos no con buena fortuna. El poemínimo parece facilísimo, pero los imitadores descubrieron que era más difícil de lo que aparenta. Hacerlo requiere de una espontaneidad diferente a la del meditado epigrama, y de un maligno toque poético que lo coloca a cien años de luminosa oscuridad del hai-kai (haikú); tampoco es un aforismo ni un apotegma ni un dogma. Los temas alegres y chuscos de los poemínimos es lo que no terminan de aceptar muchos, pero es sin duda un intento más de Huerta por romper con las reglas establecidas en su tiempo y mostrar que en la poesía siempre tiene que innovarse porque se anquilosa con mucha facilidad. Huerta es el reflejo de la inquietud literaria, su labor periodística tan extensa, junto con su obra poética, lo demuestra.

Lamentablemente, las autoridades culturales del país decidieron que si Huerta hacía poemínimos, ellos a su vez le harían homenajemínimos, ya que nadie se preocupó por reeditar su obra (en la XXXV Feria Internacional del Libro de Minería, nunca pude encontrar sus libros). Y mejor que poner su nombre en letras de oro en la Asamblea de Representantes del Distrito Federal, era dar a conocer su obra a las nuevas generaciones. Así pues, quien quiera leer algo de la obra de Huerta tendrá que hacer labor de explorador por las librerías de viejo en busca de algún perdido ejemplar, o leer los poemas que se encuentran en el ciber espacio.

Avenida Juárez

Uno pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,
el cálido amor a la mujer cálidamente amada,
la voluntad de vivir, el sueño y el derecho a la ternura;
uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo,
deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos,
y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada,
como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre
o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio
o el brillo funeral de los fríos mármoles
o la desnudez angustiosa del árbol
o la inquietud sedosa del agua...

Hay en el aire un río de cristales y llamas,
un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,
cosas y pensamientos que hieren;
hay el breve rumor del alba
y el grito de agonía de una noche, otra noche,
todas las noches del mundo
en el crispante vaho de las bocas amargas.

Se camina como entre cipreses,
bajo la larga sombra del miedo,
siempre al pie de la muerte.
Y uno no sabe nada,
porque está dicho que uno debe callar y no saber nada,
porque todo lo que se dice parecen órdenes,
ruegos, perdones, súplicas, consignas.
Uno debe ignorar la mirada de compasión,
caminar por esa selva con el paso del hombre
dueño apenas del cielo que lo ampara,
hablando el español con un temor de siglos,
triste bajo la ráfaga azul de los ojos ajenos,
enano ante las tribus espigadas,
vencido por el pavor del día y la miseria de la noche,
la hipocresía de todas las almas y, si acaso,
salvado por el ángel perverso del poema y sus alas.

Marchar hacia la condenación y el martirio,
atravesado por las espinas de la patria perdida,
ahogado por el sordo rumor de los hoteles
donde todo se pudre entre mares de whisky y de ginebra.

Marchar hacia ninguna parte, olvidado del mundo,
ciego al mármol de Juárez y su laurel escarnecido
por los pequeños y los grandes canallas;
perseguido por las tibias azaleas de Alabama,
las calientes magnolias de Mississippi,
las rosas salvajes de las praderas
y los políticos pelícanos de Louisiana,
las castas violetas de Illinois,
las bluebonnets de Texas...
y los millones de Biblias
como millones de palomas muertas.

Uno mira los árboles y la luz, y sueña
con la pureza de las cosas amadas
y la intocable bondad de las calles antiguas,
con las risas antiguas y el relámpago dorado
de la piel amorosamente dorada por un sol amoroso.
Saluda a los amigos, y los amigos
parecen la sombra de los amigos,
la sombra de la rosa y el geranio,
la desangrada sombra del laurel enlutado.

¿Qué país, qué territorio vive uno?
¿Dónde la magia del silencio, el llanto
del silencio en que todo se ama?
(¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?)

Uno se lo pregunta
y uno mismo se aleja de la misma pregunta
como de un clavo ardiendo.
Porque todo parece que arde
y todo es un montón de frías cenizas,
un hervidero de perfumados gusanos
en el andar sin danza de las jóvenes,
un sollozar por su destino
en el rostro apagado de los jóvenes,
y un juego con la tumba
en los ojos manchados del anciano.

Todo parece arder, como
una fortaleza tomada a sangre y fuego.
Huele el corazón del paisaje,
el aire huele a pensamientos muertos,
los poetas tienen el seco olor de las estatuas
—y todo arde lentamente
como en un ancho cementerio.

Todo parece morir, agonizar,
todo parece polvo mil veces pisado.
La patria es polvo y carne viva, la patria
debe ser, y no es, la patria
se la arrancan a uno del corazón
y el corazón se lo pisan sin ninguna piedad.

Entonces uno tiene que huir ante el acoso de los búfalos
que todo lo derrumban, ante la furia imperial
del becerro de oro que todo lo ha comprado
—la pequeña república, el pequeño tirano,
los ríos, la energía eléctrica y los bancos—,
y es inútil invocar el nombre de Lincoln
y es por demás volver los ojos a Juárez,
porque a los dos los ha decapitado el hacha
y no hay respeto para ninguna paz,
para ningún amor.

No se tiene respeto ni para el aire que se respira
ni para la mujer que se ama tan dulcemente,
ni siquiera para el poema que se escribe.
Pues no hay piedad para la patria,
que es polvo de oro y carne enriquecida
por la sangre sagrada del martirio.

Pues todo parece perdido, hermanos,
mientras amargamente, triunfalmente,
por la Avenida Juárez de la ciudad de México
—perdón, Mexico City—
las tribus espigadas, la barbarie en persona,
los turistas adoradores de "Lo que el viento se llevó",
las millonarias neuróticas cien veces divorciadas,
los gangsters y Miss Texas,
pisotean la belleza, envilecen el arte,
se tragan la Oración de Gettysburg y los poemas de Walt Whitman,
el pasaporte de Paul Robeson y las películas de Charles Chaplin,
y lo dejan a uno tirado a media calle
con los oídos despedazados
y una arrugada postal de Chapultepec
entre los dedos.

De: Estrella en alto

Los hombres del alba

Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,
en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,
estos hombres tatuados: ojos como diamantes,
bruscas bocas de odio más insomnio,
algunas rosas o azucenas en las manos
y una desesperante ráfaga de sudor.

Son los que tienen en vez de corazón
un perro enloquecido
o una simple manzana luminosa
o un frasco con saliva y alcohol
o el murmullo de la una de la mañana
o un corazón como cualquiera otro.

Son los hombres del alba.
Los bandidos con la barba crecida
y el bendito cinismo endurecido,
los asesinos cautelosos
con la ferocidad sobre los hombros,
los maricas con fiebre en las orejas
y en los blandos riñones,
los violadores,
los profesionales del desprecio,
los del aguardiente en las arterias,
los que gritan, aúllan como lobos
con las patas heladas.
Los hombres más abandonados,
más locos, más valientes:
los más puros.

Ellos están caídos de sueño y esperanzas,
con los ojos en alto, la piel gris
y un eterno sollozo en la garganta.
Pero hablan. Al fin la noche es una misma
siempre, y siempre fugitiva:
es un dulce tormento, un consuelo sencillo,
una negra sonrisa de alegría,
un modo diferente de conspirar,
una corriente tibia temerosa
de conocer la vida un poco envenenada.
Ellos hablan del día. Del día,
que no les pertenece, en que no se pertenecen,
en que son más esclavos; del día,
en que no hay más camino
que un prolongado silencio
o una definitiva rebelión.

Pero yo sé que tienen miedo del alba.
Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes.
Sé de la lluvia nocturna cayendo
como sobre cadáveres.
Sé que ellos construyen con sus huesos
un sereno monumento a la angustia.
Ellos y yo sabemos estas cosas:
que la gemidora metralla nocturna,
después de alborotar brazos y muertes,
después de oficiar apasionadamente
como madre del miedo,
se resuelve en rumor,
en penetrante ruido,
en cosa helada y acariciante,
en poderoso árbol con espinas plateadas,
en reseca alambrada:
en alba. En alba
con eficacia de pecho desafiante.

Entonces un dolor desnudo y terso
aparece en el mundo.
Y los hombres son pedazos de alba,
son tigres en guardia,
son pájaros entre hebras de plata,
son escombros de voces.
Y el alba negrera se mete en todas partes:
en las raíces torturadas,
en las botellas estallantes de rabia,
en las orejas amoratadas,
en el húmedo desconsuelo de los asesinos,
en la boca de los niños dormidos.

Pero los hombres del alba se repiten
en forma clamorosa,
y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,
con la cabeza limpia
y el corazón blindado.

De: Los hombres del alba

 

 

  Poemínimos  

Pequeño Larousse

“Nació en Silao.
1914.
Autor de versos
De contenido social.”
Embustero Larousse.
Yo sólo escribo
Versos
De contenido sexual.

Desconcierto

“A mis viejos maestros
De marxismo
No los puedo entender,
Unos están en la cárcel
Otros están en el poder”.

Poetitos

El que
Esté libre
De influencias
Que tire
La primera
Metáfora.

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