Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXI Julio 2014

 

Agua pasa por mi casa
Tinta Rápida

Una aparente paradoja de nuestra ciudad es sin duda la escasez del agua, por un lado, y por el otro los evidentes riesgos de una inundación. Tal vez muchos se remontarán a la terrible inundación de 1629, de cuyo recuerdo queda una cabeza de león en la esquina de Motolinía y Madero, que testifica el nivel alcanzado por las aguas en esta conquista hídrica de la Ciudad de México. Sin embargo, más allá de este fenómeno que hizo cerrar el túnel de Hueuetoca a Enrico Martínez, por el riesgo de ver destruida su inconclusa obra, deberíamos remontarnos a la más reciente, ocurrida en 1951, cuando por dos meses el Centro Histórico permaneció sumergido bajo este líquido, como una perentoria semi Atlántida, o como una hegemonía final de los viejos lagos.

Se culpa en muchos casos a la elección por parte de la cultura azteca de una zona lacustre para la edificación de su imperio. Sin embargo, la visión urbanística de nuestros antepasados no es distinta a la de otras tantas sociedades que erigen las ciudades en los márgenes de ríos. La cuestión aquí es que se levanta no en torno sino sobre el agua (un indudable despliegue ejemplar de ingeniería), sólo que ellos nunca planearon las pesadísimas edificaciones que desde los conquistadores se han venido construyendo sobre este terreno. Las venganzas lacustres, entonces, se han venido sucediendo y la ciudad no está exenta de nuevas manifestaciones de este tipo.

Ahora que, el hundimiento acelerado de la ciudad no se debe únicamente a la edificación de una pesada urbe sobre la inestable superficie lacustre del Valle de México, sino a la constante e inmisericorde extracción de agua para uso potable de los mantos freáticos, sin la suficiente recarga pluvial de estas reservas acuíferas, ya que el asfalto y el concreto impiden que este preciado líquido se trasmine de manera natural y se recupere el agua extraída. El agua de lluvia se mezcla en mayor proporción con las aguas negras, desperdiciando este importante recurso natural.

Los cuarenta ríos que componen el mapa hidrológico de la Ciudad de México, y que las nuevas generaciones sólo conocen como avenidas asfaltadas, desde el origen de la urbe se han venido degradando al nivel de canal de desagüe. Esta actitud tan cómoda de arquitectos y urbanistas no sólo propicia el hundimiento y las cada vez más constantes grietas y socavones en distintas partes de la ciudad por la desecación de las aguas artesianas, sino también la sobrecarga del drenaje y, por ende, de los riesgos de una fuerte inundación.

Tan temible es el desabasto de agua como la inundación de grandes magnitudes, y son circunstancias aparentemente contrarias pero que pueden ser simultáneas, y ambas tienen una misma raíz: el mal uso y el mal aprovechamiento de las abundantes descargas pluviales que se suceden en la Ciudad de México. Esta condición ha sido heredada a los habitantes que inconscientemente desperdician el agua potable y no tienen el concepto de la captación del agua de lluvia. Y ante la difícil tarea de recomponer los vicios estructurales de nuestra ciudad, cada uno de los habitantes tendremos que fincar este cambio de actitud ante los crecientes problemas del agua.

Lo evidente es el uso racional del agua potable y los muy mencionados consejos que cotidianamente escuchamos en pos del cuidado del vital líquido. Ahora es importante hacer esfuerzos para aprovechar el agua de lluvia que cae en las azoteas para utilizarla en usos distintos al consumo humano, en las diferentes tareas domésticas. Desde una cisterna, tinacos o cualquier recipiente amplio que reciba el agua proveniente del techo de nuestras casas.

Si bien las inundaciones como la de 1629 o la de 1951 no son algo cotidiano, sí son algo recurrente y es sólo un efecto de la mala planeación que trata al agua como enemigo y no como ese liquido cada vez más preciado por cualquier ser vivo y no sólo por el humano. Debido a las grandes edificaciones contemporáneas, casi ningún habitante de la ciudad recuerda que está en un valle, rodeado de cerros y volcanes cuya descarga hídrica recarga insuficientemente los mantos freáticos, ya que gran parte se va recorriendo la cinta asfáltica hasta llegar a un insuficiente drenaje para los grandes volúmenes de agua pluvial que genera este Valle de Anáhuac.
La lluvia es algo más que la musa pluvial de los poetas, la hídrica alcahueta de los amantes o el maternal ruido acuoso que nos propicia relajación y nos concilia el sueño. La lluvia es un recurso importante y valioso, que en muchas regiones del mundo indudablemente desearían tener, pero que ni autoridades ni sociedad han valorado en su real dimensión.

El desabasto de agua potable ya nos alcanzó en una región evidentemente lluviosa, donde la temporada de lluvias es mayor que la canícula, y va acompañada de frecuentes chubascos que hacen evidente la fuerza de la naturaleza. No obstante la nobleza pluvial en el Valle de México, nadie se preocupó por administrar adecuadamente un recurso natural que aquí ha sido abundante. El agua de las lluvias se ha desperdiciado más que la propia agua potable traída desde el Cutzamala, del Lerma y del propio subsuelo, y este derroche ya se está pagando.

Ahora, la calma que propone la lluvia tendrá que ser por su propia cualidad relajante, pero también por saber que por cada litro recolectado de ella, es un litro menos que se extrae del cada vez más reseco subsuelo. Es tiempo de que poetas y amantes guarden la precipitación pluvial ya no sólo en su lírica y su romance, sino en su aljibe que les permita darle utilidad en sus tareas domésticas.

El agua es noble, pero así como su mansa fuerza vence a la dura roca, también cobra venganzas, y la venganza se está notando porque ya nos alcanzó el escenario de desabasto que nadie creyó que sucediera. El agua ya no toleró que siendo río se le degrade a canal de desagüe y viva sepultada por el detestable asfalto, ya no soporta que siendo límpida y clara se le mezcle con las turbias aguas que llevan los desechos humanos. La sequía anunciada por Martín Luis Moreno ya está aquí, la anegación extrema aún no, pero puede suceder en cualquier momento. El hundimiento de la ciudad es por demás evidente ¿Qué haremos como sociedad al respecto?

José Luis Barrera

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