Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXI Julio 2014

 

Apuntes sobre la muerte
Mario Bravo

La muerte es esa desconocida que, sin ser invitada, se cuela a nuestras reuniones íntimas. Esa indigente que, inesperadamente y aprovechando nuestra ausencia de casa (no importa a qué hemos salido: si fuimos a la panadería; o asistimos a un seminario acerca de Frantz Fanon; o paseamos al perro; o compramos verduras y frutas; o acudimos a la cita con un viejo amor; o descubrimos que en la alacena no había más café y caminamos hacia el almacén más cercano para proveernos de ese artículo de primera necesidad; no importa a qué hemos salido…) irrumpe: acampa en nuestro sillón; hojea nuestros libros; quita los separadores que hemos colocado en ciertas páginas; se mete en nuestra cama; bebe nuestro último trago de vino alojado en el fondo de la botella, y contrata un cerrajero para cambiar la chapa de la puerta principal del hogar. La muerte, esa ventajosa adversaria que nos mira por arriba del hombro y se percata de nuestro as bajo la manga.

La muerte es esa daga clavada en medio de la mesa, imposible de extraer, siempre visible mientras desayunamos o cuando cenamos café con leche y galletas de avena. La muerte, mujer con tan poca educación y falta de buenos modales. No toca a la puerta; no pide ser anunciada cuando ha llegado a nuestra casa; interrumpe la escritura (de una tesis, un artículo, una carta o de las páginas del diario que comenzamos a escribir desde hace pocos días); atesta nuestra agenda de actividades tan poco divertidas; sin previo aviso cancela citas, viajes e invitaciones a caminar por el parque en una tarde de un verano que nunca llegó; y, sobre todo, convierte en actividades para una sola persona aquello que siempre ha sido para dos: cocinar, preparar café, ir a surtir la despensa, mirar televisión, dormir o reír de un viejo filme de los Hermanos Marx.

Ella es un poco torpe a pesar de la habilidad que la humanidad le ha conferido desde tiempos inmemoriales. Por ejemplo, mira a dos amantes en medio de una cama de hotel, precisamente en los segundos finales del acto sexual, y ella mueve su brazo derecho hacia atrás, solemnemente (como quien se presta a realizar un acto millones de veces repetido), sosteniendo su temida guadaña a punto de soltarla sobre aquellos que se hallan en la cama, pero no le bastan ni tres segundos para percatarse de que se ha equivocado: ellos no están muriendo, o quizás sí, pero sólo un poco, nunca para siempre.

Ella frunce el ceño, rasca su cabeza con uno de los dedos de la mano con la cual no sostiene la guadaña; confundida, acepta que no sabe nada acerca del amor ni del deseo (¡nunca ha amado, la pobre!) y se encamina hacia la puerta de aquel cuarto de hotel para salir, arrastrando los pies, fracasada.

No es tan omnipotente como todos creen.
Hay que comprenderla pues sólo es una muerte, con pendientes, deudas, cientos de labores diarias, millas y millas de viajero frecuente y autoestima baja (pésima, al parecer), debido al odio que percibe todos los días por parte de millones de seres humanos (estoy seguro que esta es la principal razón por la cual no ha abierto su cuenta en Facebook o Twitter; dudo que tuviera amigos o seguidores, salvo los suicidas, claro está, y los dictadores militares, como corresponde).
Ella es olvidadiza, y si a eso sumamos la gran cantidad de labores que debe cumplir, es de suponerse que nunca suele abarcar todos sus pendientes.

Posee una lista inacabable de ejecuciones. Debe visitar: salas de terapia intensiva; edificios en llamas; barrios palestinos asediados por aviones no tripulados del Estado de Israel; calles poco iluminadas en donde alguien muere al ser traspasado por un cuchillo; avenidas con automóviles que han colisionado; baños de austeros departamentos en donde alguien se ha cortado las venas; París con aguaceros y la muerte de Vallejo, o una banca de Notre-Dame, con el cuerpo todavía tibio de Antonieta Rivas Mercado.

Se comprende, entonces, que olvide a vagabundos debajo de un puente; jubilados que pasan las tardes de sábado estrujando contra su pecho ajadas y envenenadas fotografías en blanco y negro; hombres y mujeres en estado de coma; dictadores octogenarios con una manta de cuadros en sus piernas y calefacción en invierno; amantes que no mueren por más que beben todas las reservas de vino de la ciudad; ex enamorados que (sobre)viven bajo el mismo techo y dejan caer al mantel las migas de la monotonía y de los besos perdidos entre la polilla del calendario.

Ella es algo torpe y olvidadiza, pero también metódica, y esto le ayuda para que los seres humanos no obtengamos minúsculas pero invaluables victorias por sobre de ella. Como botón de muestra están los sueños, pero no un sueño ordinario en el cual sentimos que caemos y eso provoca que demos un repentino brinco en nuestra cama; o esos otros sueños en los cuales, al fin, tocamos y colmamos de besos a esa persona que tanto deseamos pero que nunca nos ha regalado ni una mirada.
Me refiero a esos sueños en donde aparecen ellos: los muertos.

En más de una ocasión he soñado con esa persona que murió hace menos de un año; casi siempre que ella protagoniza mis sueños, se desarrolla la misma trama: ella y yo sabemos que ha muerto, pero no nos inquieta tal dato; sólo platicamos, reímos y convivimos como en el pasado, sin distancias insalvables, sin ojos que se cansen de buscar sin encontrar, sin palabras que reboten en contra de las paredes al no hallar a su destinatario, sin un museo de objetos que me recuerden a ella.

Sólo platicamos y no importa quién está vivo o quién está muerto, en el sueño eso es irrelevante. Y no importa porque existen amores que resisten a las emboscadas que la muerte impone; no importa, porque en ese tipo de amores, cada vez menos comunes y en peligro de extinguirse, quien queda con vida sabe casi perfectamente lo que pensaría, diría o haría quien murió. Lo conoció tanto en vida, como un libro que se ha leído cinco o seis veces de principio a fin, o como una melodía que de tanto repetir, la hemos memorizado para siempre, que sabe cómo sería el otro aun con la muerte a cuestas. Son amores y amantes que se quedan petrificados, en pausa, con cierto efecto de embalsamamiento… resisten al paso de los años.

La muerte sólo los separa, pero nunca los anula ni elimina, ¡imposible!
Pero no hablaba de esto, que de por sí es un tema interesante, sino que me refería a esos sueños en donde los muertos aparecen y se borra la frontera entre vida y muerte. Decía que he soñado varias veces con esa persona que murió hace poco tiempo y, en cada sueño, ella me pregunta lo mismo: “¿Qué ocurrió después de mi muerte? ¿Quién lloró? ¿Qué hicieron después del funeral? ¿Cómo te sientes?” Incluso en algún sueño he recibido una llamada telefónica y, al responderla, me encuentro con su voz: es ella, quien me habla con total naturalidad, y sin embargo, la línea telefónica se escucha con cierto ruido e interferencias, y esto es comprensible porque en el sueño entiendo que ella me llama telefónicamente desde un lugar lejanísimo, más lejano que Siberia o la China de Mao. Es aquel lugar en donde habitan y viven los muertos o, mejor dicho, mis muertos.

La llamada se entrecorta y pregunto: “¿Estás ahí?”.
A punto me hallo de colgar la bocina cuando escucho su voz diciéndome: “¡Aquí estoy, aquí estoy…!”
Hay amores, entonces, que perduran inclusive con la muerte en medio de ellos, pero que a pesar de lo poético que esto parezca y del heroísmo de semejante situación, deben pelear en contra de las fallas en el sistema telefónico…
Y ante esto, ante una aparente derrota de la muerte, ¿ella qué hace?

Ella, como habíamos dicho anteriormente, ella es olvidadiza y algo torpe pero metódica. Así que cuando descubre o intuye una derrota y se percata de la existencia de amores tan necios, tan obstinados que encuentran vías alternas para platicar, reír y saber uno del otro, en ese momento la muerte abandona cualquier actividad y así como irrumpe sin previo aviso en la casa y en la agenda durante un día cualquiera del mes de julio, por ejemplo, así también con la misma velocidad y falta de tacto se cuela en el sueño y con un chasquido de dedos (no sé cómo lo hace, puesto que sus dedos son cien por ciento huesos, no tienen piel que los recubra, pero ella logra crear el sonido de un chasquido de dedos) interrumpe ese espacio clandestino que encontraron esos amores.

Me imagino que cuando eso ocurre, la persona que queda al otro lado de la línea telefónica desde la frontera de la muerte, seguramente dice unos cuantos “¿Estás ahí? ¿Estás ahí…?”, pero de inmediato infiere que ha sido la muerte quien cortó la llamada.
Habrá que esperar una nueva distracción de la muerte.

Mientras tanto, me imagino que ella –quien ya murió-, teje tristes sudarios mientras espera en la banca más cercana al teléfono desde el cual me llamó la vez más reciente.

Y yo, espero ansioso una nueva llamada, o quizás la siguiente ocasión será una carta, un pedazo de papel con un mensaje escrito y enrollado en la pata derecha de una paloma o un telegrama que un cartero traerá a mi puerta.
Hay amores tan necios.

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