Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXI Julio 2014

 

Merluza
Hosscox Huraño

Como un personaje de Julio Torri, yo también me declaro mal actor de mis emociones. Expresar el amor es un hecho bastante grave, o cuando menos confuso para mí.

Cuando era niño, veía que el amor era, más que inexplicable, inútil y asqueroso. El intercambio de baba, los abrazos, las palabras en diminutivo y demás ridiculeces de manera constante e infame, hacían que los enamorados me parecieran unos enfermos.

Ahora de adolescente viejo y tardío, encuentro el amor anárquico y subversivo, nunca es igual y no para todos es lo mismo.

Sin embargo, genera una energía y una luz únicas en su hechura y trascendencia, culmina a veces en hijos o en suicidios, sólo por decir algo de lo poderoso y extremo que puede ser.

Mediante el amor es posible renacer y encontrar en el asombro otra manera de ver el mundo, se establecen los vasos comunicantes con otro humano, se genera empatía que de manera increíble y extraña irradia una necesidad también por sincronizarnos con esa persona.

Sé por experiencia propia el furor de su fuego. He dejado todo para correr a estar con mi contraparte, con mi otro humano, retozando y entregándonos a una cópula sin mancha, a un diálogo larguísimo de pieles, a sentir el mar en primavera, y a nadar en su mirada.

En la eucaristía de los cuerpos, el orgasmo es la parábola de la muerte y la resurrección. En un sentido profundo, ser correspondido en el amor no es tan importante como lo es fluir en la coincidencia lunar.

La traslación del pensamiento al otro, a las estrellas resplandecientes del deseo.
Sentir intensamente es la meta.

En el inicio de la relación amorosa, truena el relámpago de la espera, la adrenalina de los encuentros va lloviendo en el suave ritmo que los amantes destilan, que los endulza, los adormece, les oscurece un poco la vista para el viaje cotidiano al horror de la rutina simple y llana, donde se va minando el resplandor del amor.

La complicidad puede ser buen remedio pues permite que la singularidad de la persona siga latiendo sin perderse en el universo de la pareja.

También en el amor hay canapés, una delicia es el sexo casual y espontáneo, para algunos sería hacerlo sin posesión ni compromisos, libre y simple.

Pero hay otros temperamentos que necesitan vestirse con tonalidades de amor de una cocción distinta, una transmutación tan ceremoniosa como disfrutable.
En el amor cabe todo, pues en esencia es un universo mental, que depende de la imaginación y la destreza para hacerlo volar.

Es un misterio que no se revela tan fácil, se vive, estremece.
No obstante, la faena no siempre es sencilla, las emociones desbocadas arrastran en su vértigo temor, inseguridad, celos y pertenencias.

El avasallamiento, al desnudarnos emocionalmente ante el otro, hace de la cotidianidad un encantamiento o una maldición para los amantes, donde el suave vino del hogar se vuelve pócima venenosa, y la exaltación con la que se aman después es la misma que los destruye.

El reto es vivir, prevalecer, experimentar, y el amor puede ser un desvanecimiento para fugarnos todos los días a la luz de las estrellas o al mismo infierno.

Quizá la palabra esté muy gastada y representa demasiadas historias. Es el fin del mundo y lo demás no importa.
Al amor lo llamaré Merluza.

Es una palabra que me humedece la boca. Es como le digo a la vagina de ella, es perfecta para ceñirla y nombrar su sexo.

La merluza que nada en medio de tu follaje marrón, de hembra brava y pura, es acuática y saltarina, de un solo bocado engulle mi verga solitaria y triste. Me tritura, me traga, me desecha. Su dulce color me embriaga, la toco, la beso, se alarga, brilla, me hace soñar, vuelo hasta El Cairo entre dunas pulido por la arena.

En el sol descanso protegido entre sus labios.

Pero siempre termina escurriéndose de entre mis dedos, de mi boca, de mi sexo.

Como lo hace el amor que no es alimentado.

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