Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXI Julio 2014

 

Última jugada
Adán Echeverría

Fue el temblor de manos cuando le levantaban la blusa. Ella intentando complacer a mamá aceptando la compañía de un hombre hundido en la mediocridad, y el tipo con las erecciones después de cada roce que la joven le hace en el brazo. ¿Cómo se ha divertido con él? Pero el sudor de macho y su pestilente aliento le obligan a apretar las piernas y rechazarlo con un mohín de asco.
– Ricardo ha respondido como dijiste. Es la repetición de algún síndrome.
– Tú insististe en probar.
– Me has enseñado a dudar de todo ¿y ahora quieres que crea siempre en lo que dices?
Ricardo olfatea el aire, percibe el olor de sus axilas, y se da cuenta del charco bajo sus rodillas. Mira la mujer bajo su cuerpo, hecha un ovillo, rechazándolo.
– ¿Te has orinado? –, le pregunta. Paula ríe sin mirarlo.
La madre de la chica mira la escena desde la puerta. Ve a Ricardo levantarse y gruñir, y se tapa la boca con la mano derecha conteniendo la risa. Paula ríe a carcajadas, golpeando el colchón con la palma de ambas manos. Su madre aprueba; siempre aprueba con el movimiento de cabeza de quien todo lo sabe. ¿Acaso Ricardo creyó que tendría que soportar estar a la defensiva, que así se enamora a una mujer inteligente?
– Hace seis meses que salimos –, discutía Ricardo momentos antes, con el miembro rígido y sin querer detenerse. Paula apenas le contenía las manos, apartándolo–. Seis meses y aún no permites que suceda. ¿Qué pasa contigo?
– Si no te llena lo que ofrezco, vete. No estoy hecha para el sexo y los amoríos –, y acabó diciendo Paula. Ricardo se levantó y salió azotando la puerta. Este mismo Ricardo, con las rodillas embarradas de orina, pasa por la puerta empujando con su hombro a la madre de Paula, que intenta hacerse un lado sin quitar la sonrisa de los labios.
–¡Las dos están locas!
Annie y sus costumbres de espiarla. No podía evitar seguir a Paula en cada uno de sus movimientos. En el fondo, una especie de calor se acumulaba en el pecho cada que Ricardo venía a la casa. Sabía que el tipo no era del agrado de Paula, pero su amiga tenía que ceder por los caprichos de su madre. Annie no podía evitar las ganas de defenderla.

No podía impedirse el gusto que le provocaba estar junto a Paula en la cama, buscándola en la escuela, intentando ser más simpática, mejor arreglada, solicitada por los hombres, tratando de convencerse de que su cuerpo o su rostro eran mucho más atractivos que los de su amiga. La derivación de sus celos permanecía atenuada por la forma de vestirse provocativa, coqueteando con ese Ricardo, tan ansioso de penetrar en algo, en alguna mente para sus músculos, en algún caño donde pueda jugar a ser domador y victimario. A Paula no le interesa el juego de las vanidades. Para Annie encandilar a los hombres es reconocerse plena.

Annie se pasea por los patios y corredores del colegio segura de su caminar de lince. Ricardo la ve a momentos y ella logra sentir esa mirada escalando pantorrillas y llegar hasta la nuca. Hay mucho de hoguera en este cuerpo, mucho de asedio en esa mirada abrasiva. Es una provocación insana de parte de Annie. Paula está segura que lo hace por molestar. Pero Annie no puede remediarlo. Han sido muchos meses sin dejar de verla y competir. Quizá fueron los besos de Paula, quizá el calor de los senos de ambas bajo las colchas, o la forma en que Paula le talla la espalda en la regadera.
– ¿Por qué tienes que verlo?
– Tengo y punto. No te metas. Al final, la noche siempre será de nosotras.
– Es tan poca cosa. De esos que sólo buscan penetrar una mujer y listo.
– Así es Ricardo.
– ¿Y?
– Jamás lo hará conmigo. No te preocupes.
– Es que te dejas besar tanto.
– No podrá hacérmelo. No pasará, no me hagas repetirlo y repetirlo –. Paula mantenía el control y se apartaba de los sentimientos.
Para la pasión Annie tuvo que conformarse con Rebeca, esa hembra poderosa que Paula era en los momentos de perderse en el espejo. Cuando Paula no podía controlarse aparecía Rebeca; Annie le tenía miedo pero la deseaba con un ardor de espina enterrada. Ante esa doble hembra no podía luchar ni resistirse, estaba dominada, condenada a seguir en esta casa como un náufrago en pleno océano. Sólo le quedaba descubrir con cuál de las dos mujeres que habitaban el mismo cuerpo se encontraba a cada instante, si con Paula la mujer de hielo, obsesionada, o por la mujer de los espejos que era Rebeca.
Annie se duele el vientre, se lastima la quijada por desearla, por defenderse de esas manos delgadísimas que la escarban como un cuervo lo hace con las tumbas. Vidrio irreal, a eso sabe Paula, a beso y ambrosía de redescubrirse sanas y pequeñitas, cada una para su espera, como dos niñas límpidas en una cerrazón de mañanas que ya no pueden desprenderse del cuello. Hay un mucho de vampírico en hacerse irresistible. Annie la busca y Paula la ha encontrado en su cabellera.

Era Ricardo un mono desnudo de razonamientos, para qué competir por él. Ofrecer sin entregarse, y ver qué ocurre. Nada de celos, no los merece, mucho menos de tu parte, dulzura, no llores ni me saques de quicio, decía Paula mientras le besaba los párpados.

Ellas se han pertenecido desde la era del fuego, desde las calderas del aquelarre donde descolgaron el péndulo para sitiarse hogueras una en la otra; alas y alas que no dejan de agitarse. Así es la cordura de las hembras que ya no desfallecen, fálicas y absolutas en el reconocerse intactas y voluntariosas. Annie la buscaba, Paula se ha dejado encontrar. Y en medio de ambas, la madre de Paula como un Dios.
– Cómo puedes despreciar a Ricardo con lo hermoso que es. Qué tonta.
– Si te gusta, tómalo –. A Paula no le agradaba que su madre se fijara en Ricardo. No lo quería, pero constituía una pertenencia que le hubiera gustado que fuera sólo para ella. Una tiene derecho al egoísmo con sus presas. Eso que son los hombres sin saberlo, trofeos, una tarjeta de crédito, quien las lleva y trae de todos lados. Alguien para pagarse los caprichos. Ya era demasiado saber que Annie se vestía provocativa para su novio, como para que su madre saliera ahora con esto de los reclamitos. Mucho menos su madre quien siempre saltaba de un hombre a otro.
Paula intuye sus desdoblamientos, conoce de sus arrebatos de doncella bipolar cuando se maquilla: un poco de rubor por este lado, los párpados y el negro, o ¿acaso el blanco es una imposición? Y en el espejo observa la similitud con Annie o con Rebeca, el maquillaje, como un grillete, del que quiere soltarse.
– No me descubrirás las arrugas, aunque te quedes mirando –, dice Annie sonriendo.
– Quisiera saber cuándo estás alegre, cuándo lloras.
– No más juegos, Paula por favor, toma mi mano y dime que soy preciosa –. Annie se para sobre el taburete, con las manos en las caderas, como un Peter Pan alucinante, lleva una bata de seda blanca, abierta y colgando de los hombros, que baja hasta sus pantorrillas.
– Brillas de tan oscura.
– ¿Y ahora? – deja caer la bata.
– Me agradas desnuda.
– Me encanta que pueda gustarte.
– ¿Es a mí a quien quieres gustar? –, pregunta Paula mientras recorre con su dedo índice la espalda de la mujer, tomándola de los cabellos y jalando su cabeza hacia atrás –. ¿Saldrás hoy?
– Iremos a bailar –, coge la mano de Paula, intentando soltarse.
– Bailar y bailar.
– No vienes porque no quieres –. Annie desciende del taburete–. Somos jóvenes y la piel empieza a aburrirse. Cuando te des cuenta ya nada será lo mismo.
– Eso dices –. Paula sale del cuarto y deja a Annie sentada frente al tocador. Prefiere meterse al baño y no mirar cuando se vaya. Su amiga hace un último intento acercándose a la puerta del baño. Se detiene a escuchar. Sólo el agua de la regadera.
– No tardaré.
– Que te diviertas –, dice Paula, y Annie da media vuelta y sale de la casa.
Noche de juerga, insomnio, llantitos en la madrugada, un coche se detiene, pequeñas voces de despedida, se abre la puerta y los cuentos de siempre: fuimos a tal lado, la música estaba padre, no sé por qué no vienes, estás haciendo de Ricardo un perfecto idiota. Eso era Annie, un lugar común que siempre la sitiaba.

Paula sabe que no quiere recrearse en otros ojos que no sean los propios. No necesita actos del amor y esas derivaciones que todas corren a buscar al final de un carnaval, cuando se han entretenido en la monotonía de la salsa, el reggae o la cumbia que los vuelve ajenos a la idiosincrasia. Está harta. Necesita olvidarse de la voz de esas mujeres: su madre, Annie y hasta Rebeca. Annie y su lengua que todo lo escarba, la vagina, las axilas y la comisura de la boca. Eres tan necesaria, piensa, y yo tan delgadita y aterrada.
– Un vampiro con ropaje negro y las hormonas en el horno, eso eres –, decía Annie para molestar, pero Paula no mostraba signos de prestar atención–. Te piensas que soy tonta, pero me divierto. Los hombres disfrutan verme. Sí, soy la más tonta – el maquillaje se corre con la lágrima – ¡pero la más bella!
– Tú lo has dicho –, responde Paula recostada y alzando las piernas, la mirada en el techo. Lo enojoso es que me confundan contigo. Sé bella Annie, sé la más hermosa, pero te pido que no se me acerquen.
Su madre cree que la única cuerda de la familia es ella. Se lo dijo mientras le arrancaba la ropa. Estás en edad, déjate de estupideces y trata que no quede huella de los hombres que te he regalado. Paula aún era niña, y su madre quería derribarla. Para sobrevivir tenían que estar juntas, luchar juntas, así que nada de mojigateces: Tienes que actuar, no todo es observar desde el armario o detrás de las cortinas.
– Madre te lo pido, no me obligues –, y el silencio aleteaba por las ventanas de la casa. Tres mujeres viviendo juntas y los hombres esperando por un beso.
Desde ese día apareció Rebeca. Y Rebeca es la única verdad que Paula se ha impuesto, el sobrenombre de no recuperarse. Creo que tengo doble personalidad, y parece ser una silueta buscándose la delgadez en el espejo. Su piel seca, su cuerpo de cadáver y tanta cafeína. Esa capacidad de mostrar los ruidos blancos de las ideas, la aptitud natural para el estudio que, como su madre, las compañeras del colegio no logran ver. El orden y la limpieza por los rincones, y su falta de sueño; su aroma sin el remolino de los perfumes artificiales. Todo lo tiene Paula cuando sale transformada en otra, sin saberlo ni recordarlo, hacia las discotecas en esa cacería de siempre, cacerías que Rebeca vive contándole en el espejo. Para la caza, poca ropa. Para la casa y la vida sólo Paula.
Su madre la interroga cuando la descubre en un sex shop comprándose ropa e instrumentos sexuales:
– No me gusta que te vayas a escondidas.
– ¿Quieres que te invite a mis recuerdos?
– Deja de juzgarme. La vida que te he dado, y el ejemplo, son para hacerte vivir como estás acostumbrada. No para que andes regalándote, Dios sabe dónde.
Y lo dices tú que no puedes controlar la hormona, piensa Rebeca de su madre, con el rencor al borde de los dientes, Que no has sabido protegerme de tu lujuria. ¡Ustedes no serán quienes logren apartarme! –, grita Rebeca hacia el rostro de Paula en el espejo. –Y si quiero salir y no volver hasta la mañana, o arrancarme la ropa en las azoteas, lo haré.
Paula continúa guardándolo todo, como si lo hiciera debajo del colchón en que se mueve ufana, solitaria, mirando sus piernas que tocan el techo. Ahora todo es un crujir de huesos: mírame, Rebequita, mírame sangrar ajena a todas esas costumbres que mi madre nos impone.
– Mi madre ha sido la más acomplejada. Ahora lo entiendo. De niña le guardé rencor.
Siempre supo que Ricardo no podría con el respeto a sus ideas. Había azotado la puerta al salir, esperando que lo detuvieran. Paula no lo hizo, pero su madre lo llamó al día siguiente. El deseo cumplió lo que Paula suponía. Tendrán sexo, es seguro.
– Las mujeres maduras compiten con sus hijas. Tu madre intentará todo para no sentirse vieja –, le escupió Annie mientras le lavaba el cabello. Annie le ayudó a recuperar aquel bloqueo. La infancia antes que el padre las abandonara.
– Me veo caminando por el pasillo hacia el cuarto, con el sigilo de siempre, para avisar que quería irme a casa; mi madre quiso que la acompañara a cobrar el dinero que le debían, ir al taller mecánico del hombre que ahora sí le pagaría los encargos. Y fue cuando la descubrí cogiendo con el mecánico que se decía amigo de papá. Ella se me quedó mirando sin dejar de gemir, yo estaba paralizada, perdí el habla momentáneamente, y mi madre sonreía mientras le apretaba las nalgas al tipo y le daba mordiscos en la oreja.
Luego fueron los regalos y la solicitud de silencio, acumular los secretos que entre madre e hija deben guardarse. Pero a Paula sólo le importaba que la dejaran en paz. Una tarde que no paraban de fastidiarla le contó a su padre.
– Mamá no me ha perdonado. Papá huyó de nosotras, y supe que su matrimonio era algo que mal llamaban amor o tradición impuesta.
Annie le seca el cabello con una toalla blanca. Paula se abraza a sus piernas, dócil y tierna. Y así se descubren de nuevo: Annie dejaba al novio en la sala y subía al cuarto de Paula para entretenerse con su piel. Y cuando descubrió a Rebeca dentro de ese mismo cuerpo, no pudo evitar fundirse con ellas para siempre. Los novios de Annie fueron apartándose. Paula le consumía todo el tiempo, Rebeca la enardecía. Y sin haberlo planeado, un día Annie despertó en casa de Paula, y decidieron que podría quedarse.
– La vida, juntas, será divertida.
– Alguna vez tendrás que irte.
– Cuando muera.
– Es una opción interesante, pero – Paula hizo una pausa y sonrió divertida– cuando mueras seré yo la que se marche.
Paula tuvo la certeza cuando miró la luz que se apagaba en el cuarto de su madre. Como una chispa algo comenzó a incendiarse en su interior. Annie junto a ella, sobre ella, dentro de sus piernas, con las manos agitadas, mordiéndole la nuca. Habían escuchado las escaleras, las risas y que cerraban la puerta de la habitación contigua.
– ¿Quién eres ahora? –, se detuvo Annie al ver esa chispa creciéndole en los ojos.
– Soy Rebeca, carajo, para dominarte siempre seré Rebeca –, y la tumbó en el colchón. Se sentó sobre su vientre, apretándole el cuello con ambas manos –.Mírame de frente, puta, que ellos llegaron para hacerse cariñitos–. Con sus rodillas detenía los intentos de Annie por moverse, manteniéndola con la espalda en el colchón, y atrapando sus muñecas.
– Déjala que se divierta. ¿Acaso te importa ese hombre? –apenas pudo decir Annie.
– ¿No lo entiendes? No hay paz en esta casa, si tú no me limpias los recuerdos. Sabes cómo me ha tratado, me ha vendido desde chica.
– Ella te ha mantenido… –y ya enojada Annie le ordenó–: Muévete, vamos, quítate de encima –. Peleaba por soltarse.
– Para tener a su puta y asegurarse la vejez. Yo no seré de Ricardo ni de nadie. Ella no puede tolerar que yo te quiera.
– No tuviste que decirle –. Y Rebeca la golpeó con el dorso de la mano. La boca sangrante de Annie manchaba las sábanas.
– Nunca serás mi machito. Sabía que no lograrías amar esta doble hembra que soy.
Y se ahogan los gemidos. Ha cerrado a golpes la garganta de Annie, sus manos cuelgan fuera de la cama. El rencor sigue palpitando, nada lo suple en esta adrenalina. Paula sale de la habitación, coge la pistola de una cajonera situada en el pasillo y se acerca a la puerta del cuarto de su madre, la carga y entra de golpe.
– Ven hija, Ricardo aún tiene fuerza para otra. ¿No es así cariño?
No hubo respuesta. Sirenas, luces y correr por las calles que se van achicando, haciendo largas, achicando, haciendo largas, y luego la mujer se mira dentro de la amplitud del campo, lo verde que ahora la refugia. Rebeca mira el rostro de Paula en los charcos. Ella es un charco que no termina de ahogarse.

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