Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIII Septiembre 2014

 

SÁTira del rey SAT-anás
Luciano Pérez

Érase que se era un reino muy muy lejano, tan lejano que en realidad estaba muy muy cercano, así que todos lo conocían, pero procuraban no acercarse porque el rey de ahí, un tal SAT-anás, era famoso por sacarle dinero de impuestos a los que nada tenían.

Hasta de las piedras, ya no se diga del pan, sacaba dinero, con el cual llenaba sus tesoros, para repartirlos entre quienes lo adoraban a él, a SAT-anás.

Y a quienes lo adoraban, que curiosamente ya eran muy ricos, nunca les era quitado nada, y ellos también hacían crecer sus propios tesoros, los cuales dilapidaban en extravagancias de todo tipo, desde viajes a Amerika hasta pensiones vitalicias.

Ese rey no tenía esposa ni hijos, así que decidió casarse, para lo cual hizo una fiesta, donde fueron invitadas “todas las doncellas casaderas del reino”.

Ahí acudió Cenicienta, toda fachosa y sin zapatos, pues el hada madrina no llegó a tiempo, y a los pájaros y ratones se los comieron los gatos. Llegó la hora del baile, y SAT-anás prefirió a la joven sucia y llena de cenizas, ante el asombro de todos los presentes.

Él se dio cuenta de eso, y con gran sonrisa explicó: “La prefiero a ella porque es pobre, y a los pobres se les quita hasta lo que no tienen, como se ha proclamado desde siempre”. Y bailó y bailó, y se casó con ella, y le quitó todo, y le hizo una hija, y luego la echó del palacio con todo y ésta, pues ya no la necesitaba más.

Por supuesto que hubo carta de divorcio, y otra donde él desconoció a la hija, para no tener problemas legales, pues SAT-anás era muy respetuoso de las leyes.

Cenicienta se fue, desconsolada, de regreso a su vieja casa, junto con la hija del rey, a la cual se le puso el nombre de MISS-erable (así la bautizaron la madrastra y hermanastras). La niña creció sucia y llena de cenizas, igual como su madre.

Supo que había un rey, del que se decía que era su padre, y cuando tuvo ella doce años de edad decidió visitarlo y se dirigió, sin zapatos, pues no tenía, al palacio. Llegó ahí, y como tenía cara de diablo la dejaron pasar. SAT-anás se alegró al verla, y le dijo:

“Hija mía, mi tarea es hacer más pobres a los pobres, y si yo mismo no lo hago así con la que tiene mi sangre, ¿qué mérito habría?” MISS-erable le preguntó: “¿Y por qué no le quitas dinero a los ricos? Serías tú mucho más rico”. Y él, moviendo la cabeza como lamentándose por lo que consideraba falta de inteligencia de la niña, le respondió: “No es justo quitarle a los ricos, porque no tienen derecho a entrar al cielo. Por lo tanto, siempre habrá ricos entre nosotros”.

MISS-erable, al oír eso, se dio la vuelta y se fue, pensando en que si el cielo es para quienes se les quita todo, habría entonces que abolirlo.

Y eso fue lo que hizo: lo abolió, al menos para sí misma, para luego hacerlo con los demás, y decidió en adelante llamarse MISS-ericordia, para dedicarse a predicar la nueva buena de que no hay cielo y nunca lo ha habido. Por lo tanto, los pobres estaban exentos de pagarle impuestos a SAT-anás, pues al no haber cielo, este pago no tenía razón de ser.

Los pobres ya no pagaron, SAT-anás y sus amigos ricos se quedaron sin dinero, y no podían éstos clamar la injusticia que se les hacía de no poder entrar al cielo, dado que éste ya no existía.

El rey, sin zapatos y cubierto de cenizas, se resignó, y al abandonar el reino se dijo a sí mismo: “A final de cuentas, todos terminan desquitándose conmigo”. Y se fue a buscar otro país en el cual implementar sus maldades disfrazadas de facturas electrónicas.

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