Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIII Septiembre 2014

 

Tres series macabras de 1964
Luciano Pérez

En el mundo de ciencia ficción en el que vivimos a partir de que Orson Welles anunció en un programa de radio que los marcianos invadieron Nueva Jersey, en 1938, es evidente que las computadoras son el máximo nivel al que hemos llegado en cuanto a la perfección científica como nunca antes en la historia. Sin embargo, hubo un tiempo en que se creyó que ese máximo nivel se había logrado con la televisión, la cual hoy tiende a desaparecer. ¿Por fortuna? Quizá, pero no cabe negar que mientras existió fue divertido, como hoy ocurre con las computadoras (y los celulares). La ciencia, lejos de lo que quería Aristóteles, se ha convertido en un productor de juegos, y en esto estaría de acuerdo el poeta alemán Schiller (el autor de la “Oda a la Alegría” musicalizada por Beethoven), el cual dijo que el “el hombre es más humano cuando juega”. ¿Y qué otra cosa ha sido la televisión, sino un juego? Y quien no lo vio así es porque, como a San Pablo, la mucha sabiduría lo volvió loco.

Porque si la televisión, como la computadora, no se hizo para divertirnos, entonces no sabemos para qué. Claro, los políticos han abusado de eso, y en vez de hacerlo un juego lo han convertido en una penitencia (¡Hacienda apoderándose de la computación para cobrarnos impuestos!). El caso es que cuando los aparatos llamados televisores comenzaron a llenar las salas y recámaras para sintonizar en ellos programas con imagen, el radio, que también fue divertido, perdió razón de ser. Abandonamos la radio, nosotros niños de fines de los años cincuentas y principios de los sesentas del siglo veinte, para hacernos adictos a la televisión, que nos trajo un mundo bravo y nuevo, al margen de lo que padres y maestros pudieran objetar.

Pero ese mundo bravo y nuevo de la televisión no habría tenido sentido si no nos hubiese traído historias que contarnos, y personajes con los cuales sentirnos afines. La televisión nos trajo un producto nato y neto de la cultura popular estadounidense, los programas que nos abrieron, al divertirnos, las puertas de la imaginación, y que hasta la fecha nos mueven y conmueven cuando los recordamos y volvemos a verlos. Específicamente, tres programas que hace cincuenta años, a partir de 1964, nos pusieron en contacto, quizá por primera vez, con nuestros deseos más íntimos. Los niños nos sentimos por primera vez protagonistas de algo.

Desde 1963 ya muchos veíamos, aunque pasaban muy tarde, las series de “Combate”, “Los Intocables” y la “Dimensión Desconocida”, que eran propiamente para adultos, pero a los niños siempre les ha gustado lo que se clasifica así. Estaban, ciertamente, las caricaturas, pero ahí no aparecía gente como uno. También estaba el “Show de Patty Duke”, pero las mamás no permitían que lo viéramos, pues “los niños no deben ver a chamacas locas”, porque corríamos el riesgo de ¡enamorarnos! Estaba “Yo quiero a Lucy”, pero era muy aburrido. Necesitábamos algo más nuestro, en un horario adecuado y que se nos dejase ver. A Patty Duke la vimos a escondidas, pero aun a ella le faltaba algo.

Este algo fue lo que irrumpió en las pantallas de televisión a partir de septiembre de 1964: una mezcla de Kitsch, surrealismo, locura, humor macabro, y una soterrada perversidad. Nada de lo cual podían entender los adultos, así que se convirtió en el territorio personal de los niños.

El 17 de septiembre de 1964 inició la serie de “Hechizada” (Bewitched en el original). Una bruja de Salem, Samantha, llega al American Way of Life y decide formar parte de éste sin necesidad de hacer uso de sus arte hechiceriles. Qué mejor para ello que casarse con un hombre común y corriente, Darrin, un típico burócrata estadounidense, que trabajará duro para mantener a su esposa en un buen nivel de vida. Pero siempre surgen problemas, algunos de ellos realmente tontos, y otros grotescos, y mientras las esposas americanas normales les hacen frente a tales problemas quizá acudiendo al sicólogo, la pareja sale avante gracias a que Samantha es bruja, lo cual al principio no sabía el marido, pero cuando se entera le prohíbe hacer uso de su arte mágico, pero es evidente que eso no puede ser, pues sólo los trucos de ella lo resuelven todo; además de que la asesora perfectamente bien su mamá de ella, Endora, la cual aborrece a Darrin. Los americanos rieron mucho con esta serie, decidiendo olvidarse que la Biblia exige que las brujas no deben vivir.

Pero lo de “Hechizada” no fue casi nada ante lo que vino inmediatamente después al escenario televisivo: dos familias únicas, que nos marcaron la vida de grata y terrorífica manera.

El 18 de septiembre de 1964 llegaron “Los locos Addams” (The Addams Family en el original), y una semana después “La familia Munster” (The Munsters).

Hasta la fecha seguimos solazándonos con todos y cada uno de los capítulos de estas dos series que, al igual que “Hechizada”, nunca dejaron de transmitirse a lo largo de los años en la televisión, sea la normal o la que es por cable, y después fue posible adquirirlas en DVD, o disfrutarlas en YouTube.

La suntuosa mansión Addams está llena de los recuerdos históricos de los ancestros de esta familia de lúcidos locos, integrada por un excéntrico papá (Gomez, al que en México se le conoció como Homero), una hermosa mamá vestida de negro (Morticia), unos hijos extravagantes (Pugsley y Wednesday, a quienes conocimos como Pericles y Merlina), un tenebroso y alto mayordomo (Lurch, o Largo), la desaliñada abuela, la siempre servicial mano (Thing, o Dedos), el ingenioso Uncle Fester (o Tío Lucas), y un extraño hombrecillo lleno de pelo (It o Tío Cosa).

Nos hemos pasado la vida, y no hay para cuándo acabar, conviviendo con esta familia, interpretando sus enigmáticas palabras, imitando incluso su manera de ser.Antes que con Poe, Lovecraft o cualquier otro, los niños conocimos lo macabro (y además divertido) a través de los Addams y de los Munsters.
La mansión Munster, a diferencia de la Addams, es tétrica y descuidada, con telarañas por todos lados.

Pero los integrantes de la familia, a diferencia de la otra, no pretenden distanciarse de la normalidad americana, a la que creen pertenecer y de la que siempre son rechazados porque, otra vez a diferencia de los Addams, que parecen normales, los Munsters son literalmente eso: monstruos. El padre, Hermann, quien fue ensamblado en Heidelberg por algún Doktor loco, de inmediato evoca al personaje que encarnó Boris Karloff; sólo que Hermann es ingenuo, bonachón, incapaz de matar una mosca. Su esposa Lili (quizá por Lilith) es vampira, y el padre de ésta, el Abuelo, es un conde que bebe sangre y cuenta con un laboratorio donde realiza diversas invenciones, acompañado por su murciélago Igor. El hijo es un niño lobo, Eddy. Y hay una sobrina, Marilyn, la única que no es monstruosa, y a quien toda la familia compadece por no ser “normal”.

Una de las razones (si es que la pasión tiene una razón, lo cual es de dudarse), por la que estas series llamaron la atención poderosamente, fue la presencia de las tres esposas: Samantha (Elizabeth Montgomery), Morticia (Carolyn Jones) y Lili (Yvonne de Carlo). La primera concentraba en su rostro, más que en su cuerpo, todas las experiencias posibles, incluyendo el movimiento de la nariz (que en realidad no era un truco mágico sino técnico), así como unos ojos que lo decían todo. La Montgomery estaba dotada de unas piernas muy hermosas, pero casi no se vieron en el programa.

Las otras dos, Morticia y Lili, son más sugerentes que Samantha, la cual no se diferenciaba de cualquier otra gringa común y corriente. Carolyn Jones tenía los ojos más hermosos que se han visto nunca (salvo los de Elizabeth Taylor), y tenía un cuerpo muy elástico, que le daba a Morticia una soltura singular, a pesar de que caminase a saltitos por tener los pies como atados al vestido negro de araña. Las manos, de largos dedos, eran maravillosas. ¡Y su voz, extraordinaria! El cabello largo era peluca, pero distinguía al personaje. En cuanto a la de Carlo, ya una veterana del cine cuando llegó a la serie, personificaba a una vampiresa muy doméstica, siempre hacendosa y afanosa (lo cual no era Morticia); sus grandes ojos expresaban mucho, y sus labios, aunque ávidos de sangre, estaban para ser comidos a besos. Estas tres mujeres, por sí mismas, le dieron un mayor encanto a estas series macabras de 1964, que siempre evocaremos, una y otra vez, hasta que los tiempos del fin lleguen, y más allá.

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