Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Especial Octubre 2014

 

El fantasma de la máquina de coser
Agustín Cadena

Unos meses después de que el abuelo falleció, comenzamos a oír en casa ruidos extraños en las noches, como si alguien estuviera cosiendo en la vieja máquina Singer de pedal con que el abuelo, que era sastre, solía trabajar. Era ese ruidito monótono de la rueda que giraba, de la aguja que subía y bajaba rítmicamente. El mismo que habíamos escuchado durante muchos años, hora tras hora, día tras día.
El taller del abuelo se hallaba separado de las recámaras, junto al zaguán de la calle, y nadie lo había ocupado. En el silencio de la noche, el ruidito del pedal de la máquina de coser llenaba la casa entera, inundando el patio y calmando el aire de las habitaciones como lo hace el rumor de las olas en las casas frente al mar. Obviamente, todos dimos por hecho que al abuelo le había dado por espantar.

Un día, la mayor de mis hermanas estaba buscando a su gata. Al igual que mi otra hermana y que yo y mis padres, Lupe tenía miedo de entrar al taller del abuelo. Pero ya había mirado por todas partes y la gata no aparecía. Finalmente, se animó a cruzar esa puerta entreabierta que no podía cerrarse porque la chapa estaba rota desde hacía muchos años. Al abuelo no le gustaba encerrarse y por eso nunca hizo caso de arreglarla.

Mi hermana encontró a su gata echada en el pedal de la máquina, meciéndose mientras se lamía. Al hacerlo producía aquel sonido de alguien trabajando que nos tenía aterrados a todos. Lupe se olvidó del animal y corrió a explicarnos lo que ocurría. No le creímos hasta ver con nuestros propios ojos a la gata que parecía coser. Desde entonces ya no nos molestó aquel rumor nocturno. Al contrario, nos arrullaba.
Una mañana, la gata amaneció muerta. El veterinario nos dijo que tenía cáncer. Mis hermanas y yo nos pusimos a llorar. Mi padre cavó la tumba en el jardín del patio.

Esa misma noche volvió a escucharse la máquina de coser. Al principio a nadie se le hizo raro, tan acostumbrados estábamos a oírla. Pero de pronto caímos en la cuenta de que la gata ya no podía estar echada en el pedal, meciéndose. Fue un susto como el de la primera vez, pero peor, porque ahora estábamos confundidos. ¿Quién era el fantasma que estaba cosiendo: el del abuelo o el de la gata?

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