Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Especial Octubre 2014

 

El que gobierna
Mariana Vega

Para Agustín Cadena
Los feligreses comenzaron a retirarse de la Plaza una vez que la misa terminó aquella tarde del 24 de diciembre. Adentro, frente al altar de San Pedro, el Papa se postró trabajosamente, rodilla a tierra, para persignarse y decir en silencio una plegaria.

Se levantó con la ayuda de su secretario y un monaguillo, a quien entregó su estola después de besarla con reverencia.
Afuera continuaban los villancicos, vítores y clamores que tanto halagaban al viejo, vestido siempre de blanco. Apenas si volteó un poco para escuchar mejor

-Su Santidad, ¿quiere que nos quedemos un rato a escuchar a la gente?-, preguntó solemne el secretario al adivinar la sonrisa que se dibujaba entre las arrugas del rostro del prelado. El monaguillo doblaba con amoroso cuidado la estola.

–Sólo un segundo –, respondió carraspeando para aclararse la garganta y ocultar, pensó el secretario, un atisbo de emoción en la voz.

–Ayúdame –. El monaguillo atendió de inmediato la orden del secretario, dejó la estola pulcramente doblada sobre el altar, y tomó por el otro brazo al Papa para encaminarlo hacia la altísima silla dorada donde le sirvió de apoyo para que se sentara.

–Cuánto le quiere la gente, Santo Padre. Debe sentirse muy agradecido y emocionado.
A pesar de haber cerrado los ojos, el Papa asentía a cada palabra de su secretario.

Sí. Era conmovedor el amor de la feligresía hacia uno de los más grandes líderes en la historia de la humanidad.

Siempre había sido así, desde Shimón bar Jonah, o Cefas, o Pedro; el nombre era lo de menos. Importaba, en cambio, la investidura.

Y el poder de ostentar un báculo, una mitra, una casulla... Y el Anillo del Pescador.

Oh sí, el Anillo Único, el que todo lo puede, el que sin saberlo había pasado de escrito en escrito a través de los años.

El secretario y el monaguillo intercambiaron una mirada de misericordia amorosa al ver la sonrisa dulce del Papa.

Éste infló, en tanto, el pecho y respiró la entrega de cientos de almas que, en persona y a través de los medios de comunicación, se rendían a sus pies.

Abrió los ojos. Un brillo siniestro se apercibió en su mirada, cuando sus dedos artríticos acariciaron el rostro labrado en el Anillo. Elevó su plegaria.

Un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y apresarlos en las tinieblas.

Ahogó su risilla y se arrebujó en el centro de su trono.

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