Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Especial Octubre 2014

 

La dalia negra
Leticia Vázquez

1943. Mientras otra mujer, que más tarde cambiaría la historia del cine y sería icono indiscutible del siglo XX, empezaba a aparecer en revistas, a modelar, a pasar desapercibida en el cine, la mujer de esta otra historia era encontrada descuartizada y así alimentaba la nota roja californiana.

Salió una mañana, sola, con aspiraciones de actriz. Su destino era la Meca del Cine. También iba en busca de su padre, después de haber éste abandonado a cuatro mujeres: su esposa y tres hijas.

Libertad, fama, dinero, glamour, placer, ilusiones, sentía ella que los conseguiría al ser actriz. Cualquier persona que busque algo, puede encontrarlo de la manera que menos lo espera.

Sobrevivió con trabajos de mesera, camarera de hoteles y eventualmente aparecía como acompañante de hombres, acompañante de dudosa reputación, como ella. Borracha, lesbiana, prostituta…Eso decían de ella.

Era alta, corpulenta, ojos verdes y tez blanquísima resaltada por su negrísimo cabello. Malcomía, prefería gastar su dinero en buena ropa, negra, y zapatos.

Quien le hizo todo eso le tenía mucho coraje. Quién sabe qué haría para que la mataran así. Nadie en su sano juicio es capaz de eso. Claro, cuando uno le da vuelo a su imaginación, puede verse cometiendo las peores cosas. Todos, alguna vez hemos tenido ganas de desollar vivo a alguien, de cortar párpados, arrancar cabellos, lenguas, sacar vísceras, desorbitar ojos, rebanar un cuello, triturar quijadas. Todos tenemos fantasías violentas, unos más que otros; pero no nos atrevemos a realizarlas. Eso es de monstruos, de bestias, locos, tiranos, aún cuando exista una justificación poderosa, una razón vital.

Ahora la piel nívea ha tomado un baño de sol, con las vísceras de fuera, las piernas abiertas, la cintura separada del tronco y las comisuras de la boca abiertas, lo más representativo de su crimen. Su nariz quebrada. Su cuerpo mutilado se siente caliente. Lo que más llama la atención son sus ojos. Ojos que aún sienten dolor, aún se lamentan, se arrepienten.

Después de haber complacido a tres del grupo, y al ver que no quisieron resolverle el camino a su film, amenazó con decir todo lo que sabía de las redes de prostitución y contactos en Hollywood. Y tuvieron que matarla.

Primero la violaron, después la golpearon. Cuando le quebraron la nariz, aún estaba viva. No duró días agonizando como dicen las biografías. Un fuerte golpe puso fin a su existencia. Yo estuve ahí. Jugaron a hacer un crimen muy original y pusieron en práctica lo que tal vez siempre quisieron hacer; pero no se atrevían, hicieron de todo con el cadáver…Yo sólo vi.

Después desaparecí, les temí. Me fui lejos…Antes de morir quería estar en paz, que se supiera quiénes fueron. Por eso escribí esto. Porque como dijo El jefe, nadie la va a extrañar. Nadie extraña a una mujer, menos a una puta. Pero yo quiero estar bien y quitarme este peso. Ellos murieron hace mucho, unos en situaciones violentas, otros enfermos con dolores horribles por años. Aunque yo no haya participado en ese crimen, soy tan culpable como ellos.

Siempre quise escribir a sus hermanas, a su madre; no lo hice, ahora me arrepiento. Oré siempre por ella, por su alma. Me habría gustado haber hecho que no sintiera dolor cuando la mutilaron por la cintura o le sacaron las vísceras.

Elizabeth Short, La Dalia Negra. La prensa, quien hizo de las suyas en el caso, la bautizó con un buen nombre. Al final sí alcanzo lo que siempre quiso. Ese es mi consuelo, mi regocijo.

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