Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Especial Octubre 2014

 

La mudanza
Friné Zapata

Hace unos meses nos mudamos a esta casa. Antes vivíamos en otra ciudad, en una casa enorme y llena de ventanales, en el centro del patio trasero crecía un árbol de mango grande y viejo, que llenaba las azoteas de hojas y tlacuaches. Cuando llegamos a esta casa papá se alegró de que uno de los cuartos ya tuviera las paredes impecablemente pintadas de un rosa pálido y el suelo cubierto por una mullida alfombra rosa. A papá le gusta que me guste el color rosa. Cerca de la casa hay un parque pequeño pero limpio y casi siempre solitario. Lo alcanzo a ver desde mi ventana. Detrás del parque hay un cementerio. Siempre está cerrado. Lo rodea un muro alto y lleno de picos de botellas de vidrio rotas.

Constantemente nos estamos cambiando de ciudad y de casa por el trabajo de papá. Nunca tengo tiempo de hacer amigas. A veces me alegra mucho dejar atrás una casa y sus chirridos, sus propios pasos en las escaleras, su abrir y cerrar de puertas. Otras veces me da tristeza dejar una casa amable, con mucha luz, donde las luces se prenden y apagan solamente cuando uno presiona el interruptor.
Somos expertos en hacer mudanzas, cuando llegamos aquí, tardamos un día en tener todo en su lugar. Ni una sola copa de cristal rota, ni una sola caja mal etiquetada. Ahora tengo doce años y ocho cajas, además de los muebles de mi recámara. Cuando era pequeña tenía menos cajas. Ahora tengo más libros y mis cajas tienen escrito sobre las etiquetas "Libros de Ale". También entre mis muebles se cuenta con un librero más grande. Es blanco, como casi todas mis cosas, con motivos de flores rosas y ribetes dorados. Cuando llegamos aquí mi mueble favorito era el pequeño tocador de espejo redondo, patas torneadas y cantidad de cajoncitos, cada uno con un jalador dorado en forma de rosa. Cuando llegamos aquí…

Me gustaba por las noches antes de que papá viniera a cantarme para dormir, cepillarme cien veces el cabello castaño que me llega debajo de los hombros. Mi abuela decía que cien veces eran necesarias para que mi cabello brillara. Me sentaba en mi tocador, todo lleno de secretos en los cajones: botones en forma de catarina, un listón con lunares amarillos que encontré tirado, los lápices que de tanto usarlos se hacían muy pequeños. Y mientras me cepillaba veía mi cama blanca y su dosel rosa, la mecedora blanca con filos dorados, los libros perfectamente alineados, las leves cortinas de color rosa, casi transparentes que se movían con el aire lento de otoño tranquilo. Me gustaba.

Por las tardes, después de la escuela, comencé a ir al parque. Mi lugar favorito eran los columpios, sentir el aire en mis piernas o pararme sobre el asiento y pensar que si suelto las cadenas puedo de verdad salir volando. Me gustaba ir a esa hora en que no había más que una niña que también va a los columpios. Lucía un poco más pequeña que yo, pálida. Parecía leerme la mente porque siempre que le iba a preguntar su nombre, saltaba del columpio y se iba corriendo. Yo quería que la niña de los columpios fuera mi amiga.

Eso fue al principio, hace unos meses. Ahora no permito que nadie quite el mantel que puse sobre el espejo redondo. Creo que por las noches duerme ahí y de día juega en los columpios. Aunque ahora no la veo si voy, pero a pesar de que no hay aire, observo de lejos y el columpio va y viene y luego da un latigazo como cuando alguien ha saltado. Ya no le pregunto su nombre. Mamá y papá no me creen.
La primera noche que llegó a dormir al espejo, vi en el reflejo que la mecedora se movía y de pronto ahí estaba ella, sentada, balanceando con más fuerza mientras estiraba las piernas hacia adelante. Tenía un vestido blanco como el que usó los domingos para ir a la iglesia. Retiré la mirada del espejo y miré la mecedora ya sola. Sentí su mano sobre mi hombro y tuve frío, después me miraba desde el espejo con el vestido blanco y mi cabello castaño, sus ojos verdes mudos.
Si alzo un cachito del mantel veo una de sus manos o algún listón del vestido y rápido vuelvo a tapar el espejo.

A las pocas noches comencé a tener el mismo sueño. Daban las doce del día y alguien me gritaba que abriera las puertas, que eran grandes, pesadas y de madera. Afuera pasaba sobre un camino reseco un caballo blanco que me decía: ¡empieza a correr que ya vienen los lobos! Yo corría y entraba en un bosque donde las ramas de los árboles formaban un túnel oscuro, los pájaros no cantaban y yo sabía lo cerca que estaban los lobos. Al final del túnel había un claro estrecho ante un puente que colgaba sobre un río caudaloso. Y ahí cada noche, a mitad del puente me esperaba la niña. Me llamaba con un movimiento de mano. Y sus palabras eran: ven, no puedo terminar de cruzar el puente sola. En ese momento me despertaba llorando o escuchando un grito que era mío.

Ayer vino el dueño de la casa a cobrar la renta y se ha quedado en la banqueta a platicar un rato con mamá (ya nunca estoy lejos de mamá si tengo que estar en la casa, ella ha aprendido a seguirme de un espejo a otro). De pronto el hombre puso atención en mí y se le aguaron los ojos. “¿Es su niña?”, le preguntó a mi mamá. Mamá asintió y me acarició la cabeza. Aquél continuó: “Nosotros también tuvimos una niña muy parecida a la suya. Se nos murió aquí hace unos años, por eso mantuvimos su cuarto pintado de rosa, su color favorito. Finalmente mi esposa no pudo con su recuerdo, decía que la veía en todos los espejos y decidimos rentar la casa. Pero no crea, es solamente que la pobre quedó muy triste y agotada”. Entonces sacó una foto de la billetera, era la imagen de una niña que podía ser yo, vestida de blanco, sentada en uno de los columpios del parque. Vi los labios de mi mamá temblar. Por la noche papá se llevó mi pequeño tocador, con todos sus tesoros dentro y el espejo tapado. Hoy durante el desayuno han empezado a revisar el periódico para mudarnos de casa.

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