Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Especial Octubre 2014

 

Sirena
Circe Moriel

La señorita Andrea despertó temprano, envuelta en su largo camisón color de rosa. Se quitó de encima las cobijas, metió en las pantuflas sus pequeños pies y fue a la cocina por el vaso de agua con miel que todas las mañanas tomaba en ayunas. Las campanas de la iglesia daban la primera llamada a misa. La señorita Andrea regresó a su recámara y, ante un enorme espejo de marco de caoba, comenzó a desenredarse el pelo. El cristal reflejaba su imagen completa, atrás la cama y el sillón donde se hallaba sentada una muñeca rubia.
La señorita Andrea se vistió la ropa negra que usaba desde que murió su madre, hacía casi seis meses, y salió a la calle.

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Tímida, cobardemente, alcanzó a un hombre a la salida de la iglesia y le tocó un hombro:
—Agustín... Buenos días.
—Buenos días—, se volvió el hombre.
—Quería hablar con usted. Si no lleva prisa.
La señorita Andrea y el señor Agustín echaron a andar por el atrio entre los olivos, hacia el jardín municipal. Ella caminaba muy erguida.
—¿Cómo está su mamá?
—Bien, Andrea, gracias a Dios. Con molestias de vez en cuando, ya sabe usted, pero bien.
—Su mamá ya es grande, Agustín, ya no como quiera se ha de pasar la noche en vela esperándolo a usted. No vaya a quedarse con remordimientos, como desafortunadamente me quedé yo.
El hombre no contestaba. Andrea lo miraba de reojo, apretando los labios.
—¿Todavía frecuenta usted a Marcos, Agustín?
—Sí, Andrea.
—¿Como antes?
—Sí, como antes—. Parecía querer evitar el tema. O no querer hablar en absoluto. La señorita Andrea sonrió con amargura.
—Comprendo la amistad que los une.
—...
—Mire, Agustín, dígale a Marcos que mi mamá murió hace seis meses. Él ya lo sabe, pero recuérdeselo. Dígale que ya no hay ningún obstáculo entre nosotros. Dígale que yo siempre lo quise, tal cual era, él ya lo sabe, y que aquellos que no lo querían ya no están en condiciones de darme consejos. Hable con él, Agustín, se lo voy a agradecer mucho. Usted me tiene por una mujer orgullosa, por una alzada. Pero si en algo puedo servirle...

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Como un árbol que es olmo hasta la mitad y en adelante es un manzano. O como una iglesia construida en dos estilos diferentes. O como una sirena, que es pez y mujer... Así era su vida.
Apenas caía la noche, Kerstin ocupaba la recámara. Tomaba la muñeca del sillón y se ponía a jugar con ella. Sacaba de los estantes los libros con que la señorita Andrea daba sus lecciones de alemán, y ponía en su lugar muebles y personajes en miniatura.
—Ustedes dos viven en esta casa y el pequeño húsar es su hijo.
Cuando la calle quedaba en silencio, como a las nueve de la noche, este silencio se metía a la casa y Kerstin empezaba a sentir miedo. Se acostaba boca arriba, inmóvil, y trataba de dormir con la luz encendida para que en sus sueños no fuera a haber oscuridad. Después de largo rato lograba dormir unos minutos, unas horas tal vez, pero luego despertaba de nuevo, inquieta. Entonces sus ojos recorrían la habitación, y su miedo escogía un objeto cualquiera, el sillón, la pecera vacía y empolvada, la perilla de la puerta, el camisón de la señorita Andrea... cualquier objeto para sentir miedo de él y hacerlo habitar por presencias malignas. Evitaba mirarlo y se ponía a platicar en voz alta. Al principio también su voz le daba miedo, articulada, viva, único sonido y quizá demasiado alto en aquel silencio, por momentos sentía que estaba perturbando el reposo de algún muerto. Pero sólo hablando, recitando tonterías, llegaba a tranquilizarse, exorcizaba el objeto elegido de su miedo.

Era verdad: ella nunca miró a nadie, nunca le fue infiel. Recordaba con detalle todos los minutos vividos a su lado: la estación del año, la banca donde se sentaban, los libros que por aquel entonces leía, las noticias de la guerra que todo mundo comentaba...
Sus padres y hermanos la obligaron a dejar a Marcos, pero no pudieron hacer que aceptara a otro. Marcos la besó dos veces cuando ella tenía diecinueve años. Dos veces en la vida había sido besada.
ich liebe
du liebst
sie lieben
er liebe
¡Repitan, niñas!
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En frente, en las casas de dos y tres pisos, había niños que despertaban en la noche y lloraban durante horas, hasta que alguien llegaba a encenderles la luz, y a veces aún así seguían llorando; querían que alguien los acompañara, que durmiera con ellos, que se quedara acariciándoles el pelo hasta que terminara la noche. Kerstin veía los focos amarillos en las ventanas altas y sucias.
No se quitaba ni siquiera los jeans ni destendía las cobijas. Con la luz encendida, abría la ventana de su cuarto sacaba una mano al sereno para tomar un puñado de tiniebla y se sentaba en la cama a platicar con él. Le pedía que no la asustara más, le contaba lo que había acontecido en el día, y todo se tornaba una razón “por la que no debes asustarme”. Con el paso de las horas, la pequeña esfera negra se iba transformando: perdía peso, brillantez, materialidad. Kerstin sabía entonces que estaba amaneciendo. Apagaba la luz para que su madre no se diera cuenta de que había estado gastándola toda la noche, y se dormía. Como un granizo negro, su canica de tiniebla terminaba de derretirse en su mano.
Despertaba bajo las cobijas, en su largo camisón color de rosa.

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¿Qué se le puede enseñar a alguien que quiere aprender un idioma? La vida entera, con todo su dolor y sus privilegios, está contenida en cada lengua. ¿Cómo enseñar eso en un curso? El que aprende un idioma, ve máscaras con sonrisas, folletos turísticos; el que lo estudia, observa el rostro que se oculta debajo. Ve tantas muecas, tantas llagas... Los sótanos de los palacios, los barrios de los obreros con su ropa tendida en la calle.
Señor Marcos, déjeme que le diga que ha sido usted muy galante conmigo. Su atenta misiva ha dicho de usted mucho bien, lo ha revelado como hombre sensato y honorable. ¡Pero, por Dios! No se hubiera esmerado tanto en la caligrafía, ni se hubiera tomado la molestia de comprar un papel tan fino. Wie schade! Después de todo, bien hubiera podido encontrar un evangelista que le mecanografiara una hoja tamaño oficio. Si para textos menos... gélidos, se hace... ¡Ay! No, Remedios, hoy no tomo té. Hoy no tomo nada. Y di a mis alumnas que la maestra Zubieta da por terminados los cursos. Hermanos míos, Juan, David, si supieran ustedes lo que hicieron al golpear a aquel joven borracho hace veinticinco años... Señor Ortega, le agradezco aquella bondadosa proposición de matrimonio que me hizo. Quizá ahora entienda al fin por qué la decliné. No, Remedios, no me siento mal. Vete, por favor. Diles que se acabaron los cursos, eso es todo. Diles que la maestra Andrea Zubieta se niega a seguir mostrando máscaras con sonrisas.
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Vestida del mismo amarillo de su pelo y con zapatos dorados, Kerstin terminó de aplicarse los cosméticos ante el enorme espejo. A sus once años, se veía perversa ataviada de mujer. Puso los lápices en su sitio y se tiró sobre la cama. Nunca la habían dejado jugar en la calle. Marlene tenía una bicicleta y salía con los chicos; se iban lejos, casi hasta los barrios judíos. Kerstin pedía menos: sólo jugar un poco aquí en la cuadra, ir a casa de Marlene, no vivir siempre de noche. Ahora iba a salir y no precisamente a la calle; iba a una región en la que no habría ni miedo ni noches angustiosas. Desde ahí se verían los nevados picos y por todas partes crecerían flores blancas. Tomó la pistola que esperaba sobre el buró y se la llevó a la sien con repugnancia. Esa elegante pistola había sido de su abuelo, el capitán Wanja Urich. ¿Por qué no? Iba a ser Kerstin quien sería libre, quien sería enterrada con una corona de flores en el pelo, ausentes los grises venados que habían vivido en el agua de sus ojos. ¿Quién podría decir que otra mujer estuvo en el mundo? La memoria de la gente se equivoca, pone tumbas donde nunca las hubo; acaba por enredar las hebras de su madeja. Y los vestidos se apolillan, las cartas y los retratos se deshacen en las manos como rosquillas de humo, los libros cambian de dueño aunque ya nadie los lea ni los entienda. Y las lágrimas, todas las lágrimas de toda la vida, se pierden en la llovizna de una sola tarde.

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