Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Especial Octubre 2014

 

Sónico poseída
Luciano Pérez


Nunca hubo alguien llamado Aslan
La bruja verde

Vivir en un futuro que jamás llegó no es garantía de vivir bien, sino todo lo contrario. Así lo experimentó Lucero Sónico, la muchacha de una muy famosa familia de caricaturas. El mundo de los Jetsons, o Supersónicos, había decaído muchísimo desde que se dejó de saber de él a partir de 1968 o 1969. Toda la tecnología de ahí se fue haciendo vieja, y Lucero lo notaba diariamente: videófonos maltrechos, naves chatarra, bases espaciales pantanosas, máquinas para el confort casero permanentemente descompuestas.
Papá Sónico murió, Mamá Sónico se puso gorda, Cometín se hizo malo y emigró a Plutón, Robotina se fue oxidando, y Astro fue cortado en pedazos por un aparato que se volvió loco. ¿Y Lucero? Comía, comía mucho e intensamente. Ella y su mamá devoraban pasteles y helados por toneladas, los cuales llegaban desde algún planeta como obsequio a un mundo donde la mejor vida dejó de tener sentido. Vino entonces una misión religiosa llamada Iglesia de Aslan Rey de la Selva, la cual se dio a la tarea de lograr que los habitantes de este mundo otrora tecnologizado se dedicasen a la lectura y cumplimiento de las escrituras leónicas.

A Lucero no le simpatizaba nada el león, y no precisamente por las garras y colmillos de éste, y se negó a asistir a las reuniones y ceremonias de esa Iglesia. Su mamá acudía a ellas con puntualidad y sumo interés, así que se fue llenando de santo temor a Aslan, hinchándose ya no sólo de comida, sino de fe y esperanza. A Lucero le dio por vagar a través de las ruinosas calles de la capital del mundo Jetson. Entonces fue que descubrió un cine, que sólo proyectaba películas de horror. Lo convirtió en su nuevo hogar, pues le dio por estarse ahí largas horas, desde que abrían al mediodía hasta que cerraban casi a la medianoche. Y ahí se estaba, viendo esos filmes viejos, consumiendo helados, pasteles, palomitas, chocolates y refrescos. Y no sintió ningún temor al ver ese material cinematográfico.

Lo vio todo, desde “Nosferatu” hasta “Carrie”, desde “El Golem” hasta “Los pájaros”, desde “El exorcista” hasta “El bebé de Rosemary”. Quedó deleitada, cautivada, encantada, de modo que al volver a casa estaba como autómata, pensando en las escenas que había visto, sin hacer caso de nada de lo que Mamá Sónico le decía, que era casi todo sobre la inmensa bondad de Aslan, quien se sacrificó por la humanidad entera para salvarnos, resucitó al tercer día, y luego comió pescado que sus discípulos cocinaron en las brasas. Pero Lucero no escuchaba, estaba como ida; mejor dicho, se había ido. Le tenía sin cuidado lo que Aslan hizo para bien de todos.

Ella pues habitaba en los lugares de la oscuridad. Se regodeaba en profundidades donde el aguijón del mal se disponía a caer en definitiva, sin ninguna opción a salvarse. En Lucero las tinieblas prevalecieron sobre la luz, y por eso era feliz en esa atmósfera dentro del cine donde nada se veía, excepto la pantalla donde los monstruos exigían sangre y huesos, almas y cuerpos. Y la barriga le crecía por comer más y más que nunca, pues no le era posible disfrutar espantos y horrores sin algo sabroso que masticar. Hasta que un día su madre, preocupada porque la notaba rara, habló con el pastor aslánico, y él quiso ver a la muchacha.

El pastor lucía una gran melena amarilla para evocar a su rey y salvador el león. Lucero aceptó hablar con él, pero sólo porque vio en la mano de su mamá un palo, dispuesto a caer sobre su cabeza maltrecha por las películas de espantos. Y entonces el hombre le habló de Aslan, de cómo sin él no nos habríamos salvado jamás del enemigo, ni aun en el mejor de los casos, ni tampoco en el mejor de los mundos.

Le dijo: “Ustedes los Jetsons han ignorado la luz, pero ésta ha llegado por el león, y los invitamos a someterse a la voluntad de Aslan, quien no tuvo miedo de morir ante la bruja blanca, al subir a la mesa de piedra para su sacrificio. Lo hizo para rescatarnos y para que en adelante fuésemos felices”. Lucero no entendió nada de todo esto que le fue dicho, porque su mente andaba perdida en los sótanos del castillo de Drácula, o en los closets húmedos y fríos del edificio Dakota. Entonces fue que el pastor se dio cuenta de lo evidente: ¡Lucero estaba poseída!

Dado lo delicado del caso, el pastor pidió consejo a la Neza York C.S.Lewis Society, y ahí le informaron de los pasos a seguir para exorcizar a la joven. Era claro que el orgullo y la soberbia se habían apoderado de ésta, así que las brujas verde y blanca dominaban en su alma, la habían convertido en piedra, todo lo cual había que desarraigar cuanto antes. Sólo el rey narniano, el hijo predilecto y bien amado del emperador de más allá del mar, podía salvar a Sónico. ¡Eso era lo pertinente! Y quien no quisiera verlo así, es porque la oscuridad del cine de horror le mató los ojos.

*
Lucero bajo tratamiento. En primer lugar, acabar con su gula. La mamá también tuvo que someterse ella misma, para que fuese el ejemplo. Y aunque no sólo de pan vive el león, y Aslan mismo comía mucho, era necesario que hubiese menos harina y azúcar en el cuerpo de las Jestsons, para que se impidiese la extensión del mal, que también por la boca entra. No más delicias turcas, pues. Ni a madre ni a hija les gustó eso, pero tuvieron que aceptar. Y por otro lado, tampoco les gustaba leer, pero el pastor les impuso un intenso programa de lecturas leónicas. Como era de esperarse, las Sónico comenzaron a fatigarse, pero para las autoridades de la Iglesia esa fatiga fue un signo de que la curación se estaba dando bien.
Y por supuesto, nada de ver películas de horror, excepto aquellas donde las catástrofes concluyeran felizmente: Aslan murió, resucitó al tercer día, y comió peces cocinados por sus discípulos en las brasas. A esto se reducía el sentido de nuestra salvación. El pastor les proporcionó cintas con ese tipo de argumento. A Lucero le pareció eso un horror, algo que ni siquiera experimentó en las películas que le gustaban, y se echó a llorar. Una vida sin helados, pasteles y cine de monstruos no es la mejor vida posible, ni este mundo Jetson de máquinas deterioradas para siempre, ni en el mejor de los mundos, que quién sabe cuál es.

*
La Sónico tenía que huir a como diera lugar. ¿Pero hacia dónde? ¿Y si en todos los sitios la religión leónica se había impuesto también? Caminó y caminó por las calles, y fue a dar a un cementerio de computadoras, y vio sentado sobre un monitor prehistórico a un hombre mayor, quien en una mano tenía un cuaderno y en la otra un lápiz. Miraba al cielo, aunque sin verlo en realidad, y luego anotaba algo en el cuaderno. A Lucero le pareció una conducta extraña, así que se acercó al señor para preguntarle qué hacía. Él, sorprendido de verla, le contestó que intentaba escribir un libro en donde todas las personas murieran y ninguna resucitase, pero era muy difícil. Dijo: “La resurrección les parece obvia a muchos, a partir de que el león la logró. Nadie entiende lo inconveniente que es. Sólo lo que muere de una vez y para siempre significa algo”.

Lucero recordó que los vampiros salen de sus tumbas, y de igual manera los zombies. Se lo dijo al hombre, y éste respondió: “Esos no cuentan, pues ya no son humanos nunca más. Es necesario que todos los humanos mueran y ya no se levanten. Es decir, se trata de desmentir la obra de Aslan, quien al resucitar dio un nocivo ejemplo”. A la Sónico le pareció una idea maravillosa la de morir definitivamente, y el hombre, al verla con aspecto de no haber comido, le ofreció un bizcocho. Ella le dijo que le habían prohibido comer panes de dulce, pero él le contestó que no hiciera caso de prohibiciones: “No es cierto que el hombre viva no sólo de pan, pero aun si así fuese, eso no va contigo, que eres mujer y requieres de trigo y azúcar”.

Lucero tomó el bizcocho y lo devoró con ansiedad, y aceptó otro más que le fue dado por el hombre, le dio las gracias a éste, y siguió su camino. No quería volver a su hogar, no deseaba seguir recibiendo lecciones leónicas. ¡Qué pesadilla vivir en un mundo que da por bueno el mensaje de Aslan! Pero tenía que volver, pues ¿qué sería de su mamá, que no contaba con nadie ni con nada, salvo la pensión que le dieron al morir su marido George?

Volvió entonces a la casa, y ahí ya estaba el pastor, quien al ver a Lucero le colgó en el cuello un collar, el cual estaba integrado por siete letras metálicas que decían POSEÍDA. Le dijo él: “Así te conocerán y se apiadarán de ti”. Ella se dispuso a quitárselo, pero su mamá le suplicó con muchas lágrimas que no lo hiciese: “¡Si te lo quitas, morirás!” Y la chica, hastiada, gritó: “¡Eso es lo que quiero: morirme!”, y se quiso echar por la ventana, mas el pastor y la mamá se lo impidieron. Para tranquilizarla le dieron dos galletas con mermelada, y ella se las comió; pidió más, se las dieron, y luego se fue a dormir, con todo y collar puesto. “¿Qué haré con ella, pastor?”, se lamentó la mamá, y él sólo respondió: “El principio de la sabiduría es el temor al león”.

Y en efecto, Lucero ya le temía al león. Entonces, al día siguiente, fue que se dio cuenta que eso era lo que se supone se disfrutaba de las películas de horror, esa sensación de incertidumbre, de angustia, de no saber qué esperar a continuación. Un temor sabroso... Supo pues que temerle a Aslan no era tan malo, después de todo. Y se percató que, al caminar por la calle, mucha gente huía despavorida al verla con ese letrero como collar. Empezó a gustarle eso. Decidió que jamás se lo quitaría. “Seré POSEÍDA hasta el final de mis días”, se dijo, y por primera vez sintió esperanza en algo.

Al volver a casa, llena de optimismo, le comentó a su mamá, con una sonrisa de oreja a oreja: “¡Le temo al león!” la señora, llorando de alegría, exclamó: “¿De verdad, Lucero? ¡Por fin Aslan te pondrá bien!” La joven Sónico repitió, casi bailando: “¡Le temo al león!”, y agregó: “¡Le temo más que a las películas de horror!” La mamá llamó al pastor, le platicó que su hija estaba al fin curada, pues reconoció temerle al león. Él estuvo de acuerdo, y dijo que a la mañana siguiente iría a quitarle el collar. Pero Lucero no quiso esto, pues explicó que si se le despojaba de ese letrero, perdería el temor al león. El pastor no estuvo muy conforme, se peinó su melena, y al ver tanta decisión en la joven, le dejó el collar.

*
Le fascinaba andar por la calle, pues le alegraba que huyeran al saberla POSEÍDA. Entonces pasó otra vez por el cementerio, y ahí seguía el hombre sentado entre monitores muertos y teclados fallecidos. Él, al leer lo que decía el collar, le preguntó: “¿Y de qué estás poseída?”, y ella, muy feliz, respondió: “¡Del temor al león!” Él le dijo: “Es decir, que temes que el león te muerda, te coma y te mueras”. Lucero Sónico, satisfecha al oír eso, expresó lo siguiente: “¿Por qué se le teme a la muerte? Porque luego ya no hay nada. ¿Por qué se le teme al león? Porque nos come y después ¡adiós!” El hombre, entendiendo, dijo: “Por eso se le tiene horror a morir, porque consiste en decir: ¡Adiós, y nunca más! Pero para eso se vive, para decir adiós siempre”. Sacó él de una bolsa varios bizcochos y se los dio a la joven, quien se los devoró con prontitud. Se despidió ella del hombre, y se fue al cine, para seguir viendo las películas que tanto le gustaban. La dejaron en adelante entrar gratis, pues atraía mucho público, a todos aquellos que no querían saber nada del león y que querían estar al lado de una auténtica poseída. Y Lucero se sentía bien de tenerle temor a algo. ¿O qué otra cosa es el horror sino eso?

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