Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Especial Octubre 2014

 

TALLANDO LA NOCHE
María Elena Méndez Gaona

La inmensa luna iluminaba con el fulgor de un candelabro de diamantes, como si un ser omnipoderoso le hubiera concedido un solo propósito de plenitud: su reiterada contemplación sobre el río. Sin dejar de admirarla, Luz paró su caminata a la orilla del espejo celestial y empezó a quitarse el vestido. Se detuvo, asustada, al escuchar ruidos de hojas fragmentándose bajo pisadas invisibles.

-¿Quién anda ahí? -. Su corazón alertaba con un fuerte golpeteo.
De entre los matorrales surgió un bello ejemplar de lobo gris que se restregó contra sus piernas.

-¡Me espantaste otra vez! -, dijo ella, suspirando con alivio mientras acariciaba el lomo de Borus-. No se supone que los humanos hagan amistad con los lobos... pero eres tan lindo... tu pelambre es tan suave. Es increíble la forma en que has crecido.
Al contacto de las manos, Borus se alzó, colocando sus patas delanteras sobre Luz, sobrepasándola en estatura y haciendo que sintiera otro estremecimiento ante el brillo maligno que el faro nocturno imprimía en los ojos del animal.

-¿Qué te pasa, bonito? Tranquilo, tranquilo.
Borus obedeció y se echó a un lado. La paz volvió a invadirla y se sumergió de un clavado en el líquido tibio. El macho se levantó husmeando, sin perderla de vista.
Un aullido lo obligó a dejar su ocio. Corrió a reunirse con su padre, Zan, que lo observaba desde una saliente en las alturas.

-Hijo, debes buscar una compañera entre las de tu misma especie.

-Padre, ¿por qué no ella? -, preguntó señalando hacia el lugar que acababa de abandonar.
-Ya te lo dije, eso no puede ser. Va contra las leyes naturales.
-También me hablaste de una posibilidad remota. No creas que se me ha olvidado.
Zan se agachó, pensativo. Moria, la madre de Borus que descansaba a pocos metros, alzó la cabeza, alarmada al escuchar esas palabras.
-Eres el séptimo de mis hijos -continuó Zan-. Esperaba que fueras hembra, así hubieras estado fuera de peligro.
-¿Qué peligro, padre?
-El de desear convertirte en humano. Mi última esperanza era que fueras hembra... ¿por qué tenía que pasar esto? -, murmuró como si hablara solo.
-Padre, explícate.
-No es casualidad lo que te está sucediendo -, contestó tras una larga pausa-. Es tu destino. Naciste a la media noche en luna plena, siendo el séptimo hijo. Por más que tu madre y yo intentamos evitarlo, no hubo forma de detener a la Naturaleza.
-Entonces, ¿hay alguna posibilidad de...?
Su padre lo miró antes de contestar, incapaz de resistir su asedio:
-Sí.
-Dímela.
-Hay dos grandes riesgos...
-Los correré.
-Morirás si no te corresponde...
-Me corresponderá. Dímelo ya. Necesito poseerla ahora mismo.
-Es la influencia de la luna. En el siguiente ciclo alcanzarás la madurez. Será tu única oportunidad. Pero hay una segunda amenaza, la peor...
-¿Se puede evitar?
-Sólo si no se consuma el acto.
-Entonces no quiero saberla.
-Pero... tienes que...
-No, nada de lo que me digas podrá disuadirme.
-Lo sé -, dijo Zan, bajando la frente-. Debes partir antes del amanecer y habitar el tiempo que falta sin ver el sol. Será la única oportunidad que tengas...
-Entonces me voy ya.
-Borus...
-Madre -contestó volteando a verla-, no trates de detenerme. Volveré.

Moria se unió a Zan para ver partir a su hijo. Después, la pareja se miró y ella le dio la espalda con brusquedad.
Borus avanzó sobre caminos de tierra y prados aromáticos. No sabía por qué el paisaje se había tornado tan verde y el bosque era un canto a la vida. El entorno fue captado con intensidad por todos sus sentidos, como nunca antes le había sucedido. Sentía una emoción que no lograba controlar.

-Veintiocho días. Veintiocho días y será mía…
Penetró en una cueva, dispuesto a cualquier sacrificio con tal de lograr su objetivo. Casi un mes estuvo ahí, durmiendo con el sol y tallando la noche con sus sueños, tras deducir las sombras por el cambio de sonidos en el ambiente. A oscuras cazaba y hacía ejercicio. Las horas transcurrían más lentas mientras más se iba exaltando la violencia de su juventud ante la cercanía de la realización total. La impaciencia jugaba con su ánimo, pero el recuerdo de Luz era el incentivo que recompensaba su espera.

En las tres noches anteriores al cumplimiento del periodo, ocurrieron múltiples cambios físicos en Borus. Los primeros destellos de esa luna a punto de completarse lo sorprendieron erguido. Caminó en dos patas tambaleándose. A la siguiente, sopló un viento pertinaz que lo despojó de su pelaje precioso. Tuvo que hurtar ropa para contrarrestar el frío. La víspera, su hocico disminuyó.

Con las llamaradas de la espléndida luna llena se incorporó convertido en hombre, palpándose para corroborar la transformación total. Miró su imagen en el agua, el mismo líquido que albergaba cada noche a Luz. Se zambulló, nadando río abajo con el sigilo de un cocodrilo. ¡Luz, Luz!, en su mente se repetía ese nombre que hoy era un presagio de dicha. Interrumpió su marcha y se escondió tras unos matorrales para contemplar una vez más el ritual de su amada. Entre sus piernas se alzó un torrente impetuoso.
Ajena al escrutinio, Luz se deshizo de las prendas que vestía y jugó con su reflejo. Antes de sumergirse acarició sus senos, cuyas puntas se endurecieron al contacto, y movió las manos morosas a lo largo de su piel, imitando, sin saberlo, las acciones anteriores de Borus. Él continuó mirándola, deseando saltarle encima; tocar el cuerpo bendecido de sol; entrar en él con el atrevimiento que usaba ella para romper los nítidos reflejos perennes. Saciarse y saciarla y poder permanecer juntos por siempre.
Debía ser muy cauto para no asustarla, pero ¿cómo hacerlo?, ¿de qué manera frenar el tumulto que a cada tanto amenazaba con nublar su razón? Borus salió del agua en silencio y volvió a introducirse, esta vez en una sinfonía de ruidos, chapoteos y gritos. Nadó a sabiendas de que la chica se había agazapado para contemplarlo como antes hiciera él. Por fin, Borus se decidió a lastimar su pie con la punta de un tronco y comenzó a quejarse. Luz gritó, fingiendo inocencia:
-¿Quién anda ahí?
-Me llamo Borus... me lastimé el pie.
Diciendo esto, sacó su extremidad para mostrar la sangre que fluía. Luz, cubierta por el agua, se le acercó.
-¿Te duele mucho?
-Sí.
-Voltéate para salirme, en mi casa tengo alcohol.
Borus la siguió con docilidad, quejándose de vez en cuando. Su rostro mostraba una sonrisa de triunfo. Fingió no ver el dibujo de los pezones de la joven bajo la tela mojada. Se dejó curar, haciendo muecas de un dolor que estaba lejos de sentir.
-¡Listo! Y... ¿qué hacías por aquí?

Le contó una historia no muy alejada de la realidad, ideada en sus largas horas de espera. La de un hombre abandonando el hogar paterno para labrarse un destino. Trabajar; conocer a la mujer de su vida; ser feliz. Ella aceptó la identidad. Le gustó el hombre de ojos amarillos y cuerpo esbelto con músculos bien delineados. Le recordaba a alguien que no lograba ubicar.

Borus aprovechó la seducción de la noche, ayudándose de risas suaves, guiños, cumplidos que encontraban su objetivo. Rozó apenas el brazo de ella, su mejilla, una pierna, siempre con estudiada despreocupación. Más tarde, calculó vencida su resistencia y la besó, atrayéndola con suavidad, haciendo un gran esfuerzo por contenerse. Podía echar todo a perder si actuaba de acuerdo a sus instintos. La despojó de su ropa con lentitud y sus labios se saciaron del sabor del cuerpo de Luz. Cuando la poseyó, creyó escuchar truenos y ver luces de bengala festejando por la casa. Los jadeos se tornaron gritos y tiempo después, la calma armonizó con la noche.
Un aullido lastimero se confundió con los primeros rayos del sol, estremeciendo la tierra muchos metros alrededor. Zan y Moria, echados sobre el piso, con la cabeza agachada, los escucharon e instintivamente se acercaron más uno al otro. En la cabaña, Borus, convertido otra vez en lobo, miraba en forma alterna el cadáver desgarrado de Luz y las manchas de sangre sobre su propio pelambre gris.

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