Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Octubre 2014

 

Editorial

Mes octavo del viejo calendario, Octubre ya nos anuncia que el fin del año se acerca, inevitable, sin remedio, quizá para recordarnos que mientras sigamos midiendo el tiempo como siempre, continuaremos siendo esclavos de ese implacable e impertinente objeto llamado reloj.

El cual nos atormenta, nos castiga, como adelantándonos los males del purgatorio, cuando los demonios nos arrojarán lumbre por minutos y por segundos durante horas, siglos y eones.

Cuando el reloj sea suprimido de nuestra vida, entonces podremos hacer lo que se nos antoje. Pero bueno, hasta ahora sólo es una utopía pedir la abolición del tiempo. No obstante, hay que pensarlo ya.

El destino, la suerte, el acaso, entonces, proseguirán acabándonos la existencia, pero al menos tendremos la digna opción de expresarnos bien. En este año y mes se celebran tres siglos de la Real Academia Española, tan venerada por unos y tan denostada por otros; lo cual nos trae a colación la presencia, a la vez bendita y maldecida, de esa entidad sublime y de huesos duros llamada gramática. ¿Quién duda que sin un buen dominio de ella no podremos darnos a entender? Una coma de más o de menos altera lo que decimos, aunque a algunos les parezca una preocupación de quisquillosos.

Las palabras importan porque impactan, porque deciden, pero si no están coordinadas unas con otras es lo mismo que nada decir. Por eso respecto a los políticos, los abogados (¿qué diablos querrán decir con “toda vez que”?), y mucha gente considerada profesional, incluyendo a escritores, no se tiene idea de lo que quieren expresar porque su retórica no tiene signos de puntuación claros y precisos. Porque también para hablar se requiere de la gramática, pues una prosodia defectuosa, como la mala ortografía, da idea de una gran pobreza interior, así se tengan residencias en Miami o Dallas.

Y para una buena expresión hablada y escrita, hay que saber leer. Es decir, aprender a ver lo que hay detrás de las palabras, voltearlas, sacudirlas, exprimirlas. No todo lo que se dice está dicho, y no defenderé tu derecho a decir lo que piensas si no colocas bien los acentos. Puedes tener todas las virtudes teologales y cardinales, pero si no cuentas con un estilo claro y bien definido, de nada te servirá lo que seas.

Y si bien las épocas de oro y plata de la humanidad se fueron para siempre, y que la degeneración actual es mayor mientras más gadgets se tengan, por lo menos que nuestra manera de hablar y de escribir nos haga recordar que alguna vez no sólo fuimos como dioses, sino que además los hicimos a éstos a nuestra imagen y semejanza, e incluso les dimos un lenguaje. Y si esos dioses se han comportado ingratos y sólo nos han traído penalidades, esa es otra historia, que algún día platicaremos por aquí.

Luciano Pérez

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