Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Octubre 2014

 

El Metro:45 años del “gusano anaranjado”
Tinta Rápida

Hablar del Metro es atender un asunto absolutamente popular por tradición. Es hablar de 45 de años de un servicio donde una gran mayoría de los pobladores del Distrito Federal transitamos a diario durante una gran parte de nuestras vidas. De clases medias a bajas son la referencia de usuarios de este eficiente servicio, que aunque cada vez parece menos suficiente, siempre tiene unos dos o tres huequitos más para que aborden algunos pasajeros en un vagón aparentemente repleto en las famosas “horas pico”, donde el reto ya no es encontrar un asiento, sino un lugar para meternos al interior del tren.

Para los que nos ha tocado transitar en esta caótica ciudad después de 1969, no imaginamos que podría ser ésta sin el Metro, al que por más mentadas y otras malas palabras que reciba por parte de los usuarios, nunca dejará de ser el transporte más eficiente de esta urbe de microbuseros, combis y demás dinosaurios de la era de la chatarra, con sus inefables chafiretes de la alta escuela de cafres.
Innumerables son las historias que debe guardar en su memoria de 11 líneas en servicio, y otra más en reparación no obstante ser ésta la última que se inauguró. Desde los “vagoneros” que nos pasan vendiendo su mercancía barata (pasando por los escandalosísimos “sonideros” y hasta los “faquires hambrientos” que se paran o se acuestan en botellas de vidrio rotas para obtener unas monedas que les permitan comer). Entre enamorados, riñas de pareja o entre desconocidos, empujones, manoseos y rostros malhumorados; el diario acontecer del Metro encierra secretos nunca revelados. Historias de aparecidos de tanta muerte que hay en los túneles, robos, violaciones y demás ilícitos no reportados, etc.

Personajes que van y vienen, desde el total anonimato hasta la mediana popularidad. Escenario de artistas sin aires de grandeza que salen a ganarse el sustento con su guitarra, su batucada, sus zampoñas y kenas, e incluso con violines, flautas transversales y acordeones (estos últimos cuyos intérpretes no tienen el sueño de ser artistas sino de tan sólo comer).

Circo de mil pistas donde payasitos con rutinas sobadas, enanos y fenómenos intentan sorprender al público más difícil de complacer –porque es difícil sacarles una sonrisa o sorprender a quienes solo piensan en llegar a su destino y padecen de desconfianza crónica–. Ya no creen que el ciego de verdad no vea, o que el sordomudo de verdad ni oiga ni hable, y menos que el mutilado realmente esté falto de piernas o brazos. Y sin embargo, la cultura del engaño seguirá permeando en las mentes menos desconfiadas y consiguiendo algunas monedas que les permitan sobrevivir.

Aquí se ven historias a diario sin tener que ir al cine. En donde romances y rompimientos amorosos son cosa de todos los días. A veces con suerte encontraras más acción: algún pleito, asalto, muerte o persecución. Lo que nunca faltará es el adusto trato de la taquillera, que sólo espera un pequeño comentario en su contra para salir en su propia defensa con una violencia verbal inusitada, y el usuario que aprovecha esta condición arisca para descargar sus quebrantos; o el bravucón que lleva sus frustraciones a cuestas y las quiere librar con cualquiera que le atraviese el brazo, le empuje o voltee mínimamente a ver a su esposa; o la mujer (no tan dama) que nada más anda buscando a un hombre sentado para recitarle una serie de ofensas altisonantes por su falta de caballerosidad. De repente, de entre el ambiente socialmente putrefacto no faltará la presencia de una grácil damita que por supuesto te mandará una “mentada de madre” con sólo una mirada, y uno (viejo puerco) no dejará de mirarla omitiendo su desdén, para seguir viajando platónicamente entre toda la abyección que despierta esta masa deforme de humanos dentro del convoy.

Desde su inauguración ,hasta la fecha el Metro ha transportado a más de 50 mil millones de usuarios, lo que hace imaginar el enorme crisol de cotidianidades que significa este “gusano anaranjado”, comúnmente llamado “la limusina naranja”: Oficinistas, obreros, estudiantes, limosneros comerciantes, prostitutas, vagos, deportistas, ninis, boleros, desempleados y algo más de jauría humana, se dan cita día con día en la migración chilanga por el sustento. Todos, salvo los que nacieron en cuna de oro, han usado alguna vez el Metro: este animal de la mitología chilanga que devora y excreta humanos con singular ferocidad, cuyo nicho infraterrestre ha sido abandonado para salir a la superficie y elevarse varios metros por encima de esta misma.

Para quienes lo conocemos lo suficiente sabemos que cada línea tiene su personalidad descubierta por los ya mencionados “sonideros”, que saben que en la línea 1 debe vender discos de La Arrolladora, Jenny Rivera, Los Huracanes del Norte, Lupillo Rivera, Wisin y Yandel, entre otros muchos; en las líneas 2 y 3, trova, música clásica (para ellos una mezcla de Verdi, Ray Conniff y Richard Clayderman), rock e incluso algunos libros. Pero también saben que en la línea 4 no vale la pena meterse a vender porque hay pocos posibles compradores y en la 12 tampoco intentarlo porque no funciona.

A fin de cuentas el Metro es el medio de transporte que le permite llegar a tiempo a la gente puntual y es pretexto reiterado de las personas que tienen por cultura la impuntualidad. Aquí cualquiera se revienta un pedo y puede echarle la culpa a los que lo rodean (incluso haciendo cara de desagrado para mayor credibilidad de su inocencia), se reta a la gravedad con “una pestañita” de pie en medio de un vagón repleto, se les mienta la madre a los suicidas por retrasar el viaje, y se utiliza el viaje (si se cuenta con la suerte de encontrar asiento) como una extensión del sueño faltante. Sin lugar a dudas un auténtico pandemónium urbano resulta ser el Metro, que a sus 45 años de existencia es un referente obligado del pueblo, porque nos transporta casi a donde queramos, acercándonos lo más posible a nuestro destino.
Para comprobar el lugar que ocupa el Metro en la cultura chilanga sirvan algunos de muchos ejemplos: Chava Flores fue el primero en escribirle, con el asombro que le ocasionaba el ver un transporte de primer mundo en aquellos finales de los sesentas del siglo pasado. Rodrigo González, en su disco de 1983, se desgarró contando su desventura amorosa en “El Metro Balderas”. Botellita de Jerez también se sumó a los artistas que reconocen la popular y magnética personalidad del mítico transporte en su “Heavy Metro”, y Café Tacuba en 1994 con un tema de Emmanuel del Real también le hace el honor al “gusano anaranjado”.

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