Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año II Número XXIIII Octubre 2014

 

El regreso al infierno
María Elena Méndez Gaona

El mapa, guardado en el bolsillo como si la memoria pudiera equivocarse. El rostro, enlodado de lágrimas, hace juego con el sucio uniforme militar. Tricio, oculto aún por la maleza, al borde del camino se detiene, se congela ante el panorama que ahoga cualquier indicio de vida en su cuerpo: el sol, entre bostezos, ha comenzado a iluminar el claro en el que a Tricio le será arrancada la existencia.

Caminó sin descanso durante la noche, aferrado a la esperanza de escapar a su destino. Ahora, estático, observa como hipnotizado hacia la llanura: no se vislumbra ni un matorral que ofrezca protección. Trata de ahorrar tiempo aunque sabe que no hay manera de salvarse. Se sienta, enciende un cigarro y los sollozos acuden sin disfraces: sinceros, reales, en todo su esplendor. Está derramando sus lágrimas finales. Tal vez éstas se marchen junto con su falta de valor y le permitan avanzar con dignidad hacia la conclusión de la pesadilla.

El ejército ofreció a Tricio buena paga, alojamiento y alimentación: la solución a sus problemas inmediatos. Durante su primera práctica evasiva, inmerso en el estruendo del armamento de salva y mientras los tiros de munición golpeaban su cuerpo, sufrió un ataque de pánico. Sintió que lo acorralaban animales que destrozarían su cuerpo. Corrió sin rumbo, desobedeciendo instrucciones, al tiempo que sollozaba y jadeaba buscando una salida. Le sobrevino un desmayo durante el cual una pesadilla lo acometió: vestía uniforme militar. Huía del martilleo de una ametralladora cuyo alcance lograba al fin derribarlo. Se vio siendo asesinado a tiros para después caer por un barranco. La pesadilla se repitió al final de cada día, aun tras tomar la decisión de escapar del ejército.

Consultó a un especialista en sueños que lo animó a participar en un talk show. Tricio aceptó por el dinero que le pagarían, sin pensar en el riesgo de ser ubicado nuevamente por la milicia al aparecer al aire en cadena nacional. El tema de la noche era la reencarnación. La conductora cedió la palabra y las luces de los reflectores a Tricio Vega, invitado a la mesa de oradores. El muchacho expuso con nerviosismo, los ojos cerrados, tratando de no olvidar detalle alguno de su pesadilla recurrente:

–Sueño que somos tres. Vestimos trajes del ejército y nos arrastramos entre el follaje, casi tocando el piso con la nariz para que nuestros cascos no nos delaten. Huimos aterrorizados pues acabamos de participar en el ataque a un templo repleto de mujeres, niños y ancianos, creyendo que era una base militar. Llegamos a un camino que marca el final de nuestro escondite. Salir de entre los matorrales puede significar la muerte, lo sabemos, pero hay pocas opciones: hacia atrás, el regreso al infierno. A los costados, el precipicio. Frente a nosotros un claro, y más allá de éste, el puente hacia la libertad. La decisión es rápida. Vamos saliendo uno a uno: primero Jim, que se ha distinguido por su audacia. Después, yo. Le hago una seña a Max, el más joven de los tres, para que espere. Jim y yo corremos como sólo el más intenso terror te puede obligar a hacerlo. De pronto, lo temido: una ráfaga de metralleta. Veo caer a Jim frente a mí. La fuerza del torrente me empuja hacia el precipicio. Max me grita: “¡Billy, noo!”, asomado al borde del barranco por cuya ladera voy rodando hacia el vacío. “Corre”, pienso, viéndolo desde mi caída porque el impacto me impide hablar, “sálvate tú; lógralo tú”. Y sólo recuerdo, al seguir cayendo, que las balas se estrellaron contra mi piel como pedradas ardientes.

-¿Y desde cuándo sufre usted este sueño?
–Desde que entré al ejército, hace unos meses.
–¿Qué dicen sus padres al respecto?
–Bueno, sólo sé que mi madre me regaló casi recién nacido.
–Señoras y señores, ya lo han escuchado. Tricio Vega tiene sólo veinte años. La producción de este programa le practicó una regresión bajo hipnosis en la que Tricio describió con similar pulcritud el mismo episodio. Su versión coincide en detalles con las investigaciones que llevamos a cabo entre protagonistas reales de la guerra, ocurrida hace casi veinte años, que este hombre jura haber vivido. En ella se desató un conflicto internacional al ser atacado un templo, muriendo casi trescientos civiles entre mujeres, niños y ancianos que estaban guarecidos. Al escuchar a Tricio, nos preguntamos: ¿en realidad estamos ante alguien que sueña la forma en que murió en una vida anterior...?
–Y mañana –se escucha en el estudio una voz masculina–, conozca la historia de Dorothy, la niña de ocho años de origen hindú que fue adoptada desde recién nacida por un matrimonio de nuestro país. Entre otras habilidades, Dorothy puede hablar un dialecto hindú sin haber tenido contacto con alguna persona que lo hable, y describe el Taj Mahal con lujo de detalles sin haber estado nunca en ese lugar. Para explicar este fenómeno, los científicos debatirán su teoría de que por medio de los genes, los seres vivos transmiten aprendizajes a sus descendientes. Esto explicaría también la transferencia de rutas de migración en algunas especies animales cuyos cortos periodos de vida impiden que alcancen a conocer a sus descendientes. ¡No se retire, ya volvemos!

A muchos kilómetros de ahí, un televidente observa con atención el programa. Aceptando la invitación de marcar los números telefónicos del estudio, trata inútilmente de comunicarse. Sus intentos se pierden entre los centenares de llamadas que cada día saturan las líneas de la televisora.

Pocas semanas después, el país se cimbra con una noticia que ya se esperaba: estalló la guerra. Al hogar de Tricio llega un telegrama en el que se le ordena incorporarse de inmediato a su batallón. El mismo pánico de sus despertares le aflora en la piel como un aura. Acude a la iglesia donde los muros cubiertos de espíritus le siguen los pasos desde los cuadros colgados en la pared. El sacerdote contribuye a la disolución de la esperanza:

–No hay manera de ayudarlo que no sea con oraciones. La Iglesia Católica no acepta la teoría de la reencarnación. Tras morir, las almas buenas gozan eternamente en la presencia de Dios.
Una bruja vidente, que lee las cartas y los asientos del café, recibe a Tricio en un cuarto cuya iluminación color morado, extraída de un cilindro que cuelga en forma grotesca del techo, devuelve destellos usurpados de las estrellas y planetas que flotan en la habitación. El mismo efecto de la luz logra que la vestimenta de la mujer, el brillo de sus ojos, la línea de sus dientes y el exceso de adornos en su cuerpo, se desprendan fantasmalmente de ella como las palabras que roban en definitiva la tranquilidad de Tricio:
–Tu experiencia puede tener dos explicaciones, pero un solo desenlace. O se trata de una visión del futuro o de una reencarnación. Ambas convergerán en un mismo punto que tiende a unirse en el infinito.
–¿Puede explicarme con más claridad? –, pregunta Tricio.

–Sin lugar a dudas, lo que vislumbras en tus sueños es tu destino y se cumplirá cabalmente: serás asesinado durante la guerra.
Tricio trata de fingir una enfermedad incurable, mas no encuentra a un médico que se atreva a hacerse responsable del dictamen. Entonces simula su muerte, despeñando su auto con el cadáver de un desconocido. El fraude se descubre y el joven es capturado. La emergencia que se vive lo salva de la corte marcial. El joven es enviado al campo de batalla.
El nombre del capitán a cuyo cargo remiten a Tricio, es Max. Tricio siente la vida escapársele por la mirada al reconocer al Max de sus pesadillas: el mismo rostro, ahora avejentado. La misma voz delgada, esta vez revestida de autoridad. Los mismos ojos asustadizos, escondidos tras una arruga que intenta endurecerlos.

El muchacho relata a Max su sueño y el dictamen de la vidente. Max no lo puede creer, recuerda cada instante de lo dicho por Tricio, ese joven que está de pie frente a él y que tiene, además de la cara idéntica a la de Billy, la edad que éste tenía la tarde en que Max lo vio morir por el impacto de la metralla y la posterior caída al barranco.
–No puede ser, hermano -le dice Max-, tú me salvaste la vida. Yo estaba resguardado tras de ustedes. Yo los vi morir, al Jim y a ti.
–Lo sé, por eso tienes que ayudarme.
Con lágrimas en los ojos, ambos se abrazan. Max, ante la recuperación del amigo. Tricio, gastando las últimas monedas para escapar a su destino. Max entrega al muchacho un mapa de la ruta por la que debe huir.
Caminó sin descanso durante la noche. Ahora mira como hipnotizado hacia la llanura: ni un matorral que ofrezca protección. Sabe que no podrá salvarse. Se sienta, enciende un cigarro y los sollozos acuden en todo su esplendor, se lucen ante su última actuación: son sus lágrimas finales.

Después de instantes que transcurren como siglos, con la actitud de un autómata, se pone de pie, comprendiendo la inutilidad de retrasar la agonía. En su mente se agolpan las imágenes: de las balas atravesando su piel; de la adivina recitando con voz sobrenatural la sentencia; de la infructuosidad de encontrar a un médico que lo declarara impedido para regresar al ejército; de su búsqueda en morgues de un cadáver que pudiera suplantarlo; de los hombres llegando a su casa para llevárselo a un viaje sin retorno; del rostro aterrorizado de Max al mirarlo a la cara…

Por el camino que el joven se dispone a cruzar, un auto avanza con lentitud, como tratando de pasar desapercibido. Los faros iluminan a Tricio y se detienen frente a él, incrementándole el temor. Quiere correr; entregarse ya a la metralla; terminar con la tortura; pero está inmovilizado. La puerta del auto se abre para permitir el descenso de una persona que extiende la mano hacia Tricio. Lo atrae hacia sí para abrazarlo y lo ayuda a subir al vehículo. Él obedece sin luchar, cabizbajo. El auto avanza. El cerebro del joven se colorea de pronto y voltea a mirar al hombre. “¡No puede ser! ¿Ya me morí y estoy viendo fantasmas?” Es imposible, es... la misma cara de Tricio. Sólo varias arrugas de diferencia. Las canas disculpándose por la obviedad del paso del tiempo. El conductor se presenta como Billy. Sin transición, explica:
–Al Jim le tocaron la mayoría de las balas. Murió casi frente a mí. Yo sólo recibí una o dos, antes de que mi instinto de supervivencia me obligara a aventarme hacia el barranco. Tras tocar fondo, fui salvado por un lugareño. Me llevó a su hogar y curó mis heridas. Conocí a su hermana, Edna, una formidable mujer de sonrisa amplia y cuerpo hospitalario -sonríe al rememorar-... Tan pronto pude sostenerme en pie, partí. No volví a ver a Edna. Cuando saliste en la tele decidí hacer averiguaciones. Jamás imaginé que ella hubiera tenido un hijo mío…
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Billy y Tricio, padre e hijo, se hicieron famosos y ganaron mucho dinero. Ambos se entregaron a la ciencia para coadyuvar en la investigación de los misterios de la transmisión de enseñanzas a través de los genes.

NOTA: este epílogo puede salir sobrando. Para quienes así lo prefieran, sólo ignórenlo.

Junio de 2013.

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