Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año II Número XXIIII Octubre 2014

 

Nacimiento de un mago: William Shakespeare
Loki Peterson

Britania es tierra de magos: desde Merlín hasta los Beatles, pasando por John Dee y Lewis Carroll, por John Milton y William Blake, esa isla de fantasía nunca he dejado de producirlos. Entre los más grandes, además de los ya mencionados, destaca uno de los más altos poetas que ha existido no sólo en Inglaterra sino en todo el mundo: William Shakespeare, de quien se cumplen los 450 años de su nacimiento. No nos podemos esperar a que se celebren los 500, muchos ya no veremos eso, así que vale la pena recordar a un mago al que le debemos tanto.
Si nombrásemos a los cuatro más grandes poetas que ha habido, es fácil saber quiénes son: Homero, Dante, Shakespeare y Goethe. Algunos dirán que falta un francés, o un ruso, tal vez un español. Quizá, tal vez y acaso, pero sin esos cuatro no hay literatura posible. Porque quien no los ha leído no conoce nada, así sus lecturas hayan sido de todos los escritores habidos y por haber.

Recordemos pues al festejado, del que por cierto dentro de dos años se conmemorará su muerte. Y de quien se ha dudado que haya existido, o por lo menos que haya escrito tan prodigiosas obras de teatro. Así sucede con los magos, véase a Merlín, de quien también se duda su existencia, a pesar de que todos pueden ver las ruinas de Stonehenge, su laboratorio, que él mismo instaló trasladando las piedras desde Irlanda. Igual con Shakespeare: nadie duda que en el escenario vemos a Hamlet, Macbeth, Lear, pero a su creador se le niega existencia. Son cosas del destino mágico.

Y la magia de nuestro homenajeado no sólo estaba en él, sino en la época que le tocó vivir, llamada isabelina. Lo cual gloriosamente se refiere a Gloriana, la Reina de las Hadas, mejor conocida como la reina Elizabeth I. Fue aquel un tiempo en donde ángeles y demonios, hadas y brujas, estrellas y sílabas, convivieron con hombres y mujeres, y se hablaban de tú unas a otras, otros a unos, y unas a otros. Un tiempo en que Dios afeitaba a la Reina, y en que dos insignes y locos poetas, Walter Raleigh y Christopher Marlowe, fundaron una Sinagoga nocturna de Satanás, para beneficio de la literatura. Y además, Raleigh nos trajo la fe del tabaco, tan denostada hoy por las autoridades sanitarias. Y Marlowe estaba predestinado a ser más grande que Shakespeare, pero inexplicablemente se murió, se lo llevó el Diablo. ¿Quién no se conmueve todavía con sus Tamerlán, Barrabás, Dido y Fausto?

Pero Marlowe sólo fue el San Juan Bautista. El verdadero ungido sería Shakespeare, supiéralo éste o no. Dicen que su padre fue sajón y su madre celta, que se casó con una mujer mayor que él, y que no fue un buen actor. Y, como ya dijimos, se duda que haya creado tantas obras maestras, dado que no tenía ningún doctorado, ignorándose que su escuela, muy dura, fue la del escenario, donde tenía que alistar, a como diese lugar, varias obras al año, y donde era inevitable pelear contra productores y actores, que a veces son los peores enemigos de los dramaturgos.

Y bueno, si el autor existió o no, los que valen son sus personajes, los cuales, ciertamente, no dan fe de la existencia de su presunto autor, sino tan sólo de sí mismos. De ahí que Unamuno, por ejemplo, veía más realidad en Don Quijote que en Miguel de Cervantes, y tenía razón; el autor es una presencia molesta, inoportuna. No es con él, sino con los personajes, con quienes nos involucramos, y es por ellos por quienes sufrimos, o reímos, o de plano queremos ser tal como ellos fueron. O son.

Por lo tanto hagamos a un lado al llamado cisne de Avon (el Avon de los libros de horror y de los cosméticos para las mujeres), y recordemos a algunos de los más entrañables personajes. Ni modo, aquí tiende uno a ser subjetivo, pues cada quien habla de Hamlet, Macbeth, Julio César, según le va en la vida, así que es inevitable tomar partido. Unas mismas palabras de ellos pueden tener efectos contrarios en cada lector y espectador. No nos agrada que, por ejemplo, Lord Hamlet diga que el hombre es una obra maestra, que es noble por su razón y es la belleza del mundo, parecido y semejante a un ángel o dios. Esto complace a los optimistas y a quienes todavía tienen esperanzas en la humanidad. Sin embargo, bien sabemos que Hamlet no cree en nada de eso. No podía, ni aún queriéndolo, pues su meta en la vida era vengar a su padre y de paso acabar con su traidora madre, y matar al rey impostor. ¡Este programa sí que es una “piece of work”! Tal la quintaesencia del polvo. Y si Ofelia no entiende esto y se vuelve loca, ¿qué se puede hacer? ¿Qué tenemos que ver contigo, mujer?

Romeo y Julieta han hecho llorar a generaciones, pero a otros nos fastidian, aunque reconocemos que sólo el veneno y el puñal redimen. En cambio, el amor del hada Titania, en “Sueño de una noche de verano”, a un hombre con cabeza de asno, tiene mucho sentido, de hecho nos explica muchas cosas. Desdémona es demasiado dulce para alguien tan demasiado agrio como Otelo, el cual sólo buscaba, como sabemos, pretextos para quejarse de su buena suerte. Shylock se comporta, en “El mercader de Venecia”, de acuerdo a quien es, y hace bien; si su hija Jessica no lo entiende así y prefiere andar en amoríos con gentiles, ¿quién podrá hacérselo ver a ella? Y así podríamos seguir rememorando personajes, tragedia por tragedia, comedia por comedia, pero ya no podemos alargarnos mucho aquí. Así que en lo que resta de este artículo nos vamos a concentrar en tres personajes que en lo particular nos interesan: el rey Lear, Timón de Atenas y el mago Próspero. Quizá dentro de dos años, para recordar la muerte de Shakespeare en 1616, hagamos algo más extenso, donde incluyamos los preclaros sonetos, que se manejan aparte de las obras teatrales dado que cuentan con sus propios méritos.

Lear nos presenta por sí mismo el drama de la ancianidad, a la cual tememos por no tener idea de qué lastimosa manera llegaremos a ella, qué tipo de locura se apoderará de nosotros. Y el viejo Lear, con ser el rey de Britania, la rueda de fuego del destino lo destruye al enloquecer por su edad, y ya no ser capaz así de darse cuenta de lo que pasa a su alrededor. Tiene tres hijas, dos no lo quieren y una lo quiere, pero de todos modos las tres mueren trágicamente, pues es claro que nadie merece salvarse. Y Lear es loco en los tiempos malos en que los locos tienen que guiar a los ciegos. Y los dioses se divierten como niños malos con nuestras desdichas, haciéndonos sus víctimas por pura diversión. O por deporte.

Timón de Atenas es un misántropo con el que muy pocos se identificarían, salvo aquellos que sientan a fondo la ingratitud y la traición de quienes fueron, en algún momento, parte de nuestra vida y fueron muy queridos y apoyados por nosotros, y nos han abandonan ahora que los necesitamos. Timón, querido por muchos cuando la suerte le sonreía, que daba grandes banquetes y regalos a sus amigos, cuando todo cambia en su contra nadie quiere saber de él, y entonces él decide abandonar todo, vivir en la pobreza, dedicado a odiar y maldecir a todos los seres humanos. Todos esos que no son más que ladrones, como los son también el sol y la luna, el mar y la tierra.

Concluyamos con la evocación del mago Próspero de la obra “La tempestad”. Otrora fue duque de Milán, y una conspiración de su hermano lo destierra, junto con su hija Miranda, a una isla lejana, Bermuda, lugar de diablos, ubicada en un mundo bravo y nuevo llamado América. Isla que fue propiedad de la poderosa bruja Sycorax, que ya no está, pero queda ahí su monstruoso hijo Calibán, a quien Próspero le enseña a hablar, y al que utiliza como sirviente (esclavo, en realidad). Luego lo esclaviza y atormenta cuando se entera que quiso una relación con Miranda. Así que Calibán no pudo ser yerno de Próspero, pero pensamos que lo merecía, dado que es hijo de Sycorax, además de ser el verdadero dueño de la isla. El mago no quiso saber nada de mestizajes, él, que todo lo mezclaba, canciones y tempestades a la par, con ayuda del espíritu Ariel, el cual por sus servicios logra la libertad.

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