Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXV Noviembre 2014

 

El Palacio de Bellas Artes, 80 años
Tinta Rápida

Sucesor del Gran Teatro Nacional, aquel que fue construido entre 1840 y 1844 por el arquitecto español Lorenzo de la Hidalga (ubicado a lo largo de la calle de Vergara –hoy Bolívar– cerrando la Avenida 5 de mayo, y que fue derruido para abrir esta última avenida), el Palacio de Bellas Artes se levanta orgulloso sobre los terrenos de donde estuvo el antiguo convento de Santa Isabel de Hungría, que databa del siglo XVI. Era una de las obras máximas del porfiriato, que tuvo que ser retrasada por problemas técnicos y económicos, estos últimos a causa del estallido de la Revolución Mexicana.

La ubicación del nuevo teatro fue objeto de un minucioso estudio tanto por parte de las autoridades como por el arquitecto encargado de la obra. Finalmente, en 1901 ya se había decidido que se situaría a un costado de la Alameda Central.
Es así que la obra se inicia el 2 de agosto de 1904, con el propósito de sustituir el ya mencionado Gran Teatro Nacional, con el plan de que fuese terminada en cuatro años, según el proyecto original del arquitecto italiano Adamo Boari, quien habiendo trabajado en Brasil, Chicago y Nueva York, radicaba en México para la realización de su proyecto para el Palacio de Correos de la Ciudad de México, y el cual, tras el estallido de la Revolución, decide regresar a Europa en 1916, dejando prácticamente concluido el exterior, a excepción del recubrimiento de la cúpula.
Se hace referencia del abandono total en que estuvo la obra entre 1917 y 1929, y sin embargo existen datos que mencionan el interés para que se concluyera, tanto por parte de algunos gobiernos post revolucionarios como por el público en general, además de que se sabe que ahí se celebraban con mucha frecuencia actos importantes de la vida cotidiana.

Y fue bajo la presidencia de Pascual Ortiz Rubio, en 1930, que se decide hacer un esfuerzo definitivo para culminar esta magnífica obra, y le es encargada al arquitecto queretano Federico Mariscal (1881-1971), mismo que había construido el Teatro Esperanza Iris. No obstante, es hasta 1932, con el apoyo del secretario de Hacienda, Alberto J. Pani, que la obra fue revitalizada con una inversión muy alta, lo que exigía responder a una necesidad social y ser de utilidad pública. Así, el recinto que albergaría varios foros y museos es nombrado como hasta el día de hoy se le conoce: Palacio Nacional de Bellas Artes.

Y por fin, el 29 de septiembre de 1934 se inaugura oficialmente el Palacio Nacional de las Bellas Artes por parte del entonces presidente Abelardo L. Rodríguez, con la representación de la obra de teatro de Juan Ruiz de Alarcón, La verdad sospechosa, interpretada por la actriz mexicana (nacida en el Callejón de la Buena Muerte, en 1900) María Tereza Montoya y dirigida por Alfredo Gómez de la Vega, con un éxito atronador, según las crónicas de la época. Poco después fue el escenario donde Carlos Chávez realizó sus matinés dominicales y alojó a la Sinfónica de México de los años treinta y que a partir de entonces resonó con los estrenos de Stravinsky o Hindemith. Con el paso de los años las obras teatrales se llevaron a la Unidad Cultural del Bosque, y al vecino Teatro Hidalgo, quedando el Teatro de Bellas Artes dedicado a las funciones sinfónicas, dancísticas y operísticas principalmente.

Este magnífico recinto ecléctico, realizado en mármol blanco de Carrara con la mezcla de los estilos Art nouveau y Art decó (este último siendo el que más permeó en la arquitectura mexicana), que la UNESCO declaró monumento artístico en 1987, cuenta con salas para la práctica y exposición de las diferentes manifestaciones artísticas: Manuel M. Ponce (para muchos con referencia al calor que hacía en esta misma “Sauna Manuel M. Ponce”), y Adamo Boari para interpretación de música de cámara y funciones literarias, y las Salas Nacional e Internacional (que antes fue el Hall) para las exposiciones plásticas. Y por supuesto la sala principal con aforo original de 1977 personas (300 menos después de su más reciente y no tan afortunada remodelación de 2008 a 2010), con un escenario de veinticuatro metros de longitud y un espectacular telón antifuego de 24 toneladas de peso (único en el mundo dentro de un teatro de ópera), con la imagen de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, tan representativos del Valle de México, dibujado por Gerardo Murillo (1875-1964) y encargado a la casa Tiffany de Nueva York a manera de un enorme rompecabezas de un millón de piezas de cristal opalescente. En el techo de esta sala, y para deleite de los que no pudieron comprar boletos de luneta (prácticamente estando en el parnaso), se encuentra una lámpara de cristales diseñada por el húngaro Geza Marotti, en la que se representa al dios griego Apolo, rodeado de Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómone, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania, las nueve musas de las artes.

Al ingresar por sus puertas de hierro se encuentran los mármoles que combinan el rojo queretano de las columnas con el negro de la escalinata central y el granito noruego de las laterales. Al centro mismo del vestíbulo se encuentra el mayor espacio abierto del edificio, iluminado desde las cúpulas para permitir apreciar sus tres niveles.
En la planta baja destacan las lámparas de inspiración futurista. En el primer descanso de la escalinata se encuentra la puerta principal del teatro que semeja la de un templo, con sus mascarones de Tláloc (dios mexica del agua) fundidos en bronce. Estos tienen su complemento en los grandes crótalos-columna que parten de este nivel y rematan en el tercer piso con unos mascarones de Chaac (dios maya de la lluvia).

En su interior se reflejan los conceptos artísticos post revolucionarios: los mármoles nacionales; los murales; los acabados en metal mate; las lámparas de ónix; las balaustradas o la geometría del art decó, que participaron del naciente lenguaje nacionalista, antibélico y antifascista. Ilustra lo anterior el mural de Diego Rivera, con el que el artista sustituyó al que fue destruido por el potentado John D. Rockefeller Jr. (el millonario montó en cólera porque Diego Rivera pintó a Lenin en el mural que había titulado El hombre en el cruce de caminos o El hombre controlador del universo). El mural de Rivera que se encuentra en el tercer piso de Bellas Artes, El hombre universal y la máquina, es una recreación del que había pintado en Nueva York, con el sentir que circulaba en la época: la crítica a la tecnología, a la dictadura, a la guerra, a los valores importados o a la desigualdad, temas también contenidos en los murales de José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, Jorge González Camarena, Manuel Rodríguez Lozano y Roberto Montenegro.

El palacio es a su vez sede de dos museos:
El Museo Nacional de Artes Plásticas (que antes fuera Museo de Artes Plásticas y que tenía acervo del siglo XVI, así como una sala de escultura mesoamericana, de estampa mexicana y de cultura popular), se inaugura el 18 de septiembre del 1947 por el presidente Miguel Alemán Valdés y por el entonces director general del Instituto Nacional de Bellas Artes (creado en enero del mismo año), Carlos Chávez, con el nombre de Museo Nacional de Artes Plásticas, que alberga de manera permanente 17 obras murales de los siete artistas arriba mencionados y ejecutadas entre 1928 y 19631, manteniendo a su vez una constante programación de interesantes exposiciones temporales.
(1) http://museopalaciodebellasartes.gob.mx/assets/descargables/murales.pdf

En el tercer piso se encuentra el Museo Nacional de Arquitectura, el cual es un espacio para divulgar y fomentar el aprecio de los procesos creativos arquitectónicos. Sus muestras temporales también dan a conocer historia gráfica y documental sobre diversas problemáticas urbanas. Tiene convenios culturales con otros países, universidades y dependencias gubernamentales, lo que hace posible mostrar el trabajo de maestros de la arquitectura y urbanismo de distintas partes del mundo. Aquí se pueden encontrar planos arquitectónicos, maquetas, pinturas, fotografías, dibujos y croquis originales..
En la portada art nouveau se fusionaron figuras clásicas con antiguos seres prehispánicos: La armonía, rodeada de los estados del alma musical, que son el dolor, la ira, la alegría, la paz y el amor. Este conjunto está enmarcado por una archivolta de querubines y finaliza con las esculturas de la música y la Inspiración, del escultor Leonardo Bistolfi, y a estos se le reúnen serpientes, coyotes, máscaras y águilas, realizados por Gianetti Fiorenzo.

Rodeando el pórtico se encuentran las esculturas de La Juventud y La Edad viril de André Allar. Otras esculturas, que se colocaron en los espacios laterales, fueron las destinadas al Palacio Legislativo, como La Paz de Paul Gasq y La verdad de Honoré Marqueste. En todas se emplean figuras femeninas. Varios detalles escultóricos otorgan interés al conjunto, como son máscaras de mono, las ya mencionadas de coyote y caballero águila en las claves y arranques de algunos arcos; los mascarones representando las estaciones del año y los originales capiteles del pórtico.

Entre otros detalles decorativos valiosos hay que señalar la herrería, diseñada por Alessandro Mazzucotelli, traída desde Italia y otras de Luis Romero Soto hechas por herreros mexicanos. El metal, oculto en el edificio parece brotar en la cúpula central, que ostenta un águila de bronce con las alas desplegadas a la manera porfiriana y en la base varios danzantes en círculo, obra de Géza Maroti.

Los pegasos montados sobre pedestales en la explanada delantera, son del catalán Agustín Querol, compradas por Adamo Boari para rematar las esquinas del palacio, tal como lo hacen los pegasos del mismo autor que decoraban desde 1905 la parte alta del Ministerio de Agricultura de Madrid. Desde 1912 estas figuras fueron montadas en la parte alta del inconcluso palacio, pero en 1921 se consideró que colaboraban en gran manera al hundimiento del edificio y las bajaron para trasladarlas a la Plaza de la Constitución en donde permanecieron hasta que en 1934, como parte de la culminación de la obra, fueron trasladados al Palacio de las Bellas Artes, pero al arquitecto Mariscal consideró inadecuado colocarlos en el lugar destinado por Boari y los instaló en donde se encuentran hasta hoy, al parecer inamovibles y orgullosos.

El Palacio de Bellas Artes, que logró sobrevivir a los afanes modernizadores de las autoridades y restauradores (en abril de 2011 ICOMOS interpuso en París ante el Centro del Patrimonio Mundial de la UNESCO una denuncia en contra del Gobierno mexicano por perpetrar graves atentados contra el inmueble cultural) 2, aún así sigue mostrando su magnificencia original; con un poco menos de acústica y sin sus grandes y espectaculares cortinas de terciopelo en la entrada de la sala principal y afectado en su conjunto el estilo Art Decó de la Sala Principal, lo cual no ocultó su belleza y sigue siendo una visita obligada para el visitante de la Ciudad de México y una costumbre cotidiana del chilango amante de su urbe. Estando en la sala principal, ya sea en luneta o cerca de las musas, o simplemente visitando las exposiciones permanentes y temporales, este espacio fundamental del paisaje del Centro Histórico, es un orgullo no sólo de la ciudad sino del país.
(2) http://www.siempre.com.mx/2011/04/denuncia-icomos-ante-la-unesco-los-danos-por-la-remodelacion-de-bellas-artes/


Horarios: Martes a domingo de 10 a 17:30 horas
Sitio web: www.palacio.bellasartes.gob.mx - www.museopalaciodebellasartes.gob.mx
Facebook: www.facebook.com/museodelpalaciodebellasartes
Twitter: @mbellasartes y @PalacioOficial
Teléfono: 5130 0990 ext. 2616
Costo para entrar al Museo: Exposición temporal: 45 pesos. Exposición permanente: 45 pesos. Derecho de tomar fotografía o video: 30 pesos. Domingos: entrada libre.

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