Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXV Noviembre 2014

 

Canal del Norte o Estación La Llorona
Luciano Pérez

Según los entendidos, cuando la Mujer huyó al desierto, en los días de la gran batalla celeste de los ángeles contra el dragón, no fue en Egipto donde encontró refugio sino en el Tepeyac. Es éste un lugar a dos leguas de Mexicópolis, desde entonces considerado sagrado y magnificente, y muchos acuden ahí en busca de la paz y la salud. Ahí, en lo que llamamos La Villa, erigió su sede la Mujer Cósmica, la Madre divina, llena toda ella del Sol, las Estrellas y la Luna, justa elección planetaria. Ella es el emblema de todo Mexicum, la única bandera posible para todos los que nacimos en este sitio consagrado del Anáhuac. Ella tiene dos nombres, para unos fue Tonantzin, y para la inmensa mayoría es conocida hoy con un nombre español. Esta es la Mujer blanca de rostro moreno, a quien todos quieren.

Sin embargo, existe también la Mujer negra de rostro blanco, la cual se considera nuestra verdadera madre, pero a quien todos le temen. Dicen que a ella parece referirse la revelación cuando describe aquella fémina preñada, toda llorosa por los dolores del parto, quejándose amargamente, gritando con desesperación. Y así fue como esta otra mujer apareció en Mexicópolis, llorando, para volar en la noche por el espacioso cielo (que ya no existe) y sumergirse luego en el Canal del Norte (que tampoco está hoy), adonde ni la ciudad azteca ni la novohispana llegaban. ¿Pero cuál es la verdad de todo esto? ¿El Apocalipsis tenía razón? Conocemos otra versión del asunto, algo diferente, aunque en el fondo viene a ser todo lo mismo.

Las diosas Tonantzin y Cihuacóatl eran hermanas. Una tenía el rostro moreno y la otra blanco. Mientras que una era toda bondad y alegría, la otra prefería ser melancólica y un tanto malévola. Vivían en un país sin tiempo, llamado por algunos autores Cielo o Paraíso, donde se repartía el néctar de las hadas y la ambrosía de las brujas a todas las deidades presentes ahí. Tonantzin quería mucho a su hermana, pero Cihuacóatl no. Ésta siempre se quejaba de que a aquélla se le daba lo mejor. Y todo fue para peor cuando los dioses masculinos se acercaban nada más a Tonantzin, porque la belleza de ésta era tal que casi los derrumbaba. Y más que su belleza, les atraía su simpatía, su buen hablar, su recato, y también su buen humor. Cihuacóatl no era menos bella, incluso es posible que lo fuese más; pero se afanaba por ser antipática, altanera, lépera, y de mal carácter siempre y en todas partes. Los dioses, naturalmente, le rehuían y no la tomaban muy en cuenta en las asambleas y convivios, aunque se cuidaban de no dejar de invitarla, después de todo, era también una inmortal como ellos. El caso es que mientras Tonantzin tenía piel morena, se le conocía como Mujer Blanca por su buen semblante; a Cihuacóatl, en cambio, pese a su blancura, la llamaban Mujer Negra por lo difícil de su manera de ser.

Y ocurrió que la Providencia o el Azar (dicen que una y otro son lo mismo) había decidido que el Anáhuac necesitaba una madre, y quién mejor que la amorosa y agradable Tonantzin. Al saber esto Cihuacóatl se hundió todavía más en la envidia y la cólera. “¿Por qué siempre ha de ser ella y no yo la elegida por la buena suerte?”, se preguntaba, furiosa. Cuando le dieron oficialmente su nombramiento de señora de los mexicanos, Tonantzin resplandeció como nunca: se vistió de Sol, la Luna estaba bajo sus pies, y su manto se llenó de Estrellas. Así fue que bajó al Tepeyac, para unirse al destino de Mexicum, en general, y de Mexicópolis, en particular.

Sin embargo, para Cihuacóatl las cosas no podían quedarse así. Comenzó a llorar tan fuerte, a quejarse con tanta denodada amargura, que los dioses ya no vivían en paz con tanto grito. Se efectuó una asamblea olímpica donde, muy enojados con la situación, decidieron que Cihuacóatl tenía que ser expulsada del Cielo, donde ya todos estaban hartos de sus insolencias. Por lo tanto, la enviaron al mundo, sin que ella dejara de llorar e incluso lloró más que siempre, porque ahora en verdad que se sentía desolada, al haber perdido su sitio entre las deidades. Al arribar al Anáhuac, Cihuacóatl se refugió en el Canal del Norte, una vía de agua en las afueras de Tenochtitlan, hacia el norte precisamente, ahí donde terminaba el pueblo de Tepiton.

En su mente confusa ya había decidido que ella era la auténtica madre de todo Mexicum. Sólo que habían colocado a una impostora en su lugar, a su hermana Tonantzin, a la que ya se le rendía exaltado culto en el Tepeyac, y cuyos milagros le estaban siendo reconocidos en todas partes. “Mi hermana blanca es la verdadera hermana negra”, se decía Cihuacóatl. “No creo que ella sea capaz de cuidar a mis hijos mexicanos como lo haría yo misma, así que ¡pobres de ellos, de mis hijos adorados!” Fue evidente que Cihuacóatl ya había entrado en la locura.

Le dio por salir durante las noches desde Canal del Norte, y volar por todo Mexicópolis dando gritos desgarradores de lamentación por sus hijos que la habían perdido como madre. Y los habitantes de la ciudad, lejos de sentirse conmovidos ante el dolor de Cihuacóatl, que después de todo no era un dolor por ella sino por ellos mismos, que no la tendrían nunca como madre, huían despavoridos. Mexicópolis fue presa del espanto todas las noches. Desde la medianoche se la escuchaba surcar por el cielo, llorando. Todo esto mientras, a la par, el triunfo de Tonantzin, que luego adquirió otro nombre, se hacía evidente. De hecho realizaba todos los milagros pertinentes que se le pedían con devoción. Sólo uno se negaba a cumplir, aunque se le solicitase de todo corazón: el que librara a la ciudad de la temible Cihuacóatl. “Después de todo, es mi hermana, y parece estar muy enferma, puesto que se queja tanto”.

La urbe mexica heredó a la novohispana la aparición aérea de la diosa blanca. Los españoles le temían todavía más que los naturales, porque no atinaban qué hacer o a qué atenerse respecto a ella. La consideraron una diablesa, que se disponía al aniquilamiento de la fe católica. A Cihuacóatl le dio por bajar ante la puerta de la Catedral y ahí se arrodillaba sin dejar sus sollozos ni un momento. ¿Por qué se detenía en ese lugar? Ni ella misma lo sabía, pero ese recinto eclesiástico la atrajo mucho. Quizá sintió que era como el centro de algo, como algún sitio para deidades, como del que había sido expulsada. Pasado un rato se levantaba, y sin abandonar sus lamentos emprendía el vuelo de regreso a Canal del Norte.

Transcurrieron los siglos, Tonantzin fue cada vez más querida que siempre, y Cihuacóatl cada vez más temida que nunca. Al llegar la modernidad a Mexicópolis, el Canal del Norte como tal desapareció para convertirse en una transitada avenida que corre desde donde están los Talleres Gráficos de Mexicópolis hasta la avenida Edward Molina, y siempre abundante en malhechores y con asesinatos en número creciente. Cihuacóatl se quedó sin su casa de agua, y se fue trasladando más hacia el norte. Actualmente ha llegado hasta Nuevo México, donde se le conoce como la Weeping Woman, y las mujeres chicanas la tienen, junto con Tonantzin, como un símbolo de fuerza femenina frente a las autoridades estadounidenses. Es deber de los ciudadanos de Mexicópolis, ya que no quisieron admitirla como madre, o como la otra madre, ponerle a la estación del metro Canal del Norte el nombre que realmente le corresponde; en recuerdo de aquella divinidad quejumbrosa y vestida de blanco, el pavor de los españoles y de los yanquis, y de todos aquellos que tienen algo que temer.

(Tomado de Cuentos fantásticos de la ciudad de México o aventuras en Mexicópolis, Biblioteca Ciudad de México, Editorial Praxis/Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal. México, 2002).

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