Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXV Noviembre 2014

 

In extremis
(Locución latina que significa "en los últimos momentos")
Mario Bravo


*

Aquel hombre telefonea a dos o tres personas muy allegadas a él, llora la cantidad de lágrimas que esta ocasión amerita (ni una de más, ni una de menos), maldice a Dios, se compara con el infeliz Kafka y cuelga lentamente la bocina del teléfono: sentado en el suelo y con el revólver sujetado en la mano derecha, mientras la televisión permanece encendida y promete ser eterno el llanto de un bebé en el departamento contiguo, reúne así toda la valentía que por años no ha sentido y se dispone a terminar con dignidad su vida.

Al día siguiente abrió los ojos y notó que en el techo del dormitorio se hallaba una mancha de la cual no se había percatado antes.

**

El obrero en huelga mira el reloj, como si en él quisiera hallar las respuestas a esas preguntas que todas las noches le asaltan sin titubeos: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué? ¿Ganaremos? ¿Y si nos rendimos? ¿Seré un cobarde si firmo mi renuncia…?

Sólo el ladrido de un perro interrumpe el silencio de la noche que amenaza con ser eterna. El obrero en huelga menea el café con la cucharilla, diez minutos así, de izquierda a derecha y a la inversa, con el café enfriándose…y la duda que no lo abandona ni un minuto.

En la bolsa de la camisa guarda la hoja de papel que tanto le asusta, esa misma que en más de un centenar de ocasiones ha desdoblado, leído, vuelto a doblar y a guardar en la bolsa izquierda de la prenda ya mencionada. Si estampara su firma ahora mismo, el obrero en huelga iría a casa, dormiría junto a su esposa, mañana por la tarde quizás pasearía al perro, leería el periódico sentado en el sofá de su sala mientras se toma un mate, esperando pacientemente al día en que el banco le telefonee para avisarle que puede pasar a cobrar su cheque de liquidación.

Y el café continúa enfriándose…y él con la cucharilla en la mano, removiendo aquel líquido de izquierda a derecha y viceversa.

Después de algunos minutos y bebiendo el café hasta no dejar más que los asientos del mismo, aquel obrero firmó su renuncia.

Al día siguiente mientras cae la noche, el hombre que firmó su renuncia menea el café tanto de izquierda a derecha como de derecha a izquierda, mecánicamente, durante minutos, mientras la hoja de papel con su firma y renuncia, alimenta la fogata con la que se intentan calentar los obreros en huelga.

Él respira aliviado.

***

El escritor busca a las musas al otro lado de la ventana, bebe un sorbo de vino tinto, observa el reloj que marca las 3:09 am y apaga la lámpara que alumbra su escritorio: irá a dormir, dejando inconcluso el texto que reclama por un final. Los párpados caen.

Otra vez un final que no arribó a tiempo y de nuevo una historia que se archivará en el cajón, ahí en donde habitan los escritos sin FIN y los finales sin historia. Él duerme.

(uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince minutos transcurren…)

A los pocos minutos, el escritor despierta sobresaltado, se levanta de la cama, enciende la luz y bebe un poco de agua, al momento en que se sienta sobre la silla y abre su libreta, deseando esa frase que tanto ha buscado en diversos sitios, tanto en el vientre de una mujer como en la vieja banca de un parque en Buenos Aires. Y no la encuentra.

Pelea con una coma, con un punto y seguido, se bate a muerte con un punto final que se resiste a ser escrito en la vieja libreta color verde. Siente un dolor en el pecho, se encuentra ansioso, respira con dificultad, se levanta de su asiento y camina por la habitación. Y el final no llega.

Suena el timbre de su teléfono celular, mientras que él, un tanto molesto por aquella distracción, no se percata de que es muy extraño recibir una llamada a aquellas horas y decide apagar el teléfono. Él no es Cortázar ni Saramago, pues ellos con una dictadura militar encima o una banda de guerra tocando en plena avenida, aún así escribirían una novela que sería recordada por siempre, pero él… él necesita silencio, concentración, y no esos pasos ruidosos ni los gritos e insultos que se escuchan en las escaleras del viejo edificio en donde habita.

Y no llega el final.

Decidido a morir o a escribir, aquel hombre se sienta de nuevo en la silla, frente a la hoja de papel, anhelando un final, y no uno cualquiera, sino uno de esos que cuando son escritos, quien lo hace siente algo muy parecido a un orgasmo, separándose del mundo por unos instantes, robándole a la desmemoria un segundo de recuerdo.

Una detonación de arma de fuego se escucha en la habitación. El final llegó

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