Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVI Diciembre 2014

 

El Imperio de Maximiliano y Carlota
Luciano Pérez

Entre las épocas más fascinantes y controvertidas de la historia mexicana, está aquella del imperio de Maximiliano y Carlota. Y aunque no duró mucho (apenas tres años, de 1864 a 1867), hasta la fecha nos llaman la atención las peripecias de lo ocurrido en ese lapso, y hay fuertes discusiones entre los que están a favor de Benito Juárez y los contrarios a éste, y hay tantos de un lado como del otro.

Mucho en esto tienen que ver las peculiares y atractivas personalidades del emperador y de la emperatriz; de tal manera que abundan las mexicanas que no olvidan a Maximiliano, y continúan adorándolo por sus barbas doradas, y abundan los mexicanos que le siguen teniendo fidelidad y devoción a Carlota. Y ni modo, el que esto escribe tuvo desde niño un total apego a ella desde que vio la recámara de ésta en el castillo de Chapultepec. Y por supuesto, su retrato, esa imagen de Carlota que muchos llevamos en el corazón no por resonancias pro imperialistas, lo cual ya no puede ser, sino por simpatía con el destino increíble y fatal de la emperatriz de México. La Kaiserin von Mexiko. Pero peor destino fue el de Maximiliano.

Hubo un tiempo en que existieron varios países alemanes, y el más notable, antes del encumbramiento de Prusia, fue Austria. La cual era heredera del viejo Imperio Romano de la Nación Germánica, fundado en el año 962 por el emperador Otón el Grande, y abolido por Napoleón Bonaparte en 1806, y que después de esto último se convirtió en el imperio austriaco. Éste era regido desde siglos atrás por la dinastía de los Habsburgo, una vieja casa real alemana que tuvo entre sus más eminentes miembros a Carlos V, quien en el siglo XVI gobernó no sólo los países alemanes, sino también grandes partes de Francia e Italia, así como toda España (de la que era rey) y las colonias que ésta obtuvo para él en América y las Filipinas. Y más que Alemania, de la que era el emperador, la gema del inmenso imperio de Carlos V fue México, pues de ahí sacó el oro y la plata para pagar susenormes deudas.

Tres siglos después, otro Habsburgo se dispuso a gobernar a la nación mexicana. Aunque segundo en la línea de sucesión al trono austriaco, precisamente por eso sabía Fernando Maximiliano (nacido en 1832 en Viena) que tenía pocas posibilidades de sustituir alguna vez a su hermano Francisco José, el emperador, un hombre robusto y destinado a vivir mucho, y que con toda probabilidad tendría un hijo con la emperatriz Sissi para sucederlo. Así que el hermano menor necesitaba irse a algún lado. Se le dio como consuelo la gubernatura de Venecia y Lombardía, que aunque importante no dejaba de ser un puesto administrativo. Él quería algo de mayor rango, y cuando un grupo de conservadores mexicanos le vino a ofrecer la corona del imperio mexicano, aceptó. No sería emperador de Austria, pero lo sería de un país que antes fue el Anáhuac, sede de los poderosos tlatoanis aztecas. Un México que, para ese 1864 en que Maximiliano arribó, precisamente hace 150 años, se debatía en una feroz lucha política y militar entre liberales y conservadores, apoyados ya estos últimos por el ejército francés. Mientras que aquéllos se aferraban desesperadamente a la legalidad representada por Benito Juárez.

María Carlota Augusta Victoria Clementina Amalia Leopoldina, nacida en1840 en Bruselas, hija del rey Leopoldo de Bélgica, se dio cuenta que ser emperatriz era más prestigioso, así lo fuese de un lugar pobre y lejano, lleno desúbditos de sangre no europea. Y lo disfrutaría al máximo, quizá más que el propio emperador. La pareja imperial llegó a Veracruz el 28 de mayo de 1864, ypara el 13 de junio hacían su entrada a la ciudad de México. Por fin el sueño delclero y de los conservadores se hacía realidad: tenían un extranjero al mando dela nación. Pero pronto sus expectativas se vendrían abajo.

Maximiliano se adjudicó un sueldo de un millón de pesos anuales, y Carlota ganaría doscientos mil. Y si bien había muchas fiestas y ceremonias por cumplir, el emperador y la emperatriz iniciaron su trabajo, que en primer lugar consistía en no devolverle sus prerrogativas al clero. Carlota era admiradora de Voltaire, y Maximiliano tenía dentro de sí el viejo desafecto germánico hacia la Roma papal (de lo cual carecía su hermano Francisco José, siervo de los curas). El nuncio apostólico, escandalizado, tuvo fuertes discusiones con Maximiliano y con Carlota, pues éstos estaban decididos a no someterse a la Santa Sede. Fueron perdiendo así el apoyo del Papa.

Por otro lado, también el emperador francés, Napoléon III, se fue alejando de ellos, pues él estaba temeroso de que los Estados Unidos, cuya guerra civil había concluido en 1865 con el triunfo del Norte, se decidieran a intervenir en México para echar fuera a los franceses. No quería conflictos, menos ahora que también la amenaza prusiana sobre Francia se hacía cada vez más evidente (Prusia se impuso militarmente a Austria en 1866, y adquirió más poder).

Napoleón necesitaba a todos sus soldados para hacerle frente a los prusianos, así que ordenó la retirada del ejército francés de México, que hasta entonces había sido el brazo fuerte de los conservadores y del imperio.
Administrativamente, pronto Carlota se hizo cargo de los asuntos del gobierno, mientras su marido se iba en gira de promoción por la provincia. A nivel de pareja, se decía que emperador y emperatriz no hacían vida marital y dormían separados. Al parecer Maximiliano era incapaz de tener hijos por una enfermedad contraída en Brasil. Entonces adoptaron al nieto del que fue emperador mexicano Agustín de Iturbide, para que fuese heredero del imperio. Juárez, mientras tanto, no se rendía, sino que se empecinaba más y más en luchar contra Maximiliano y aniquilarlo. Y cuando fue notorio que éste ya no tenía los apoyos papal y francés, Carlota quiso ir a Europa para hablar con el Papa y con Napoleón, y convencerlos de que no abandonasen a Maximiliano. Luego de una exitosa gira por Yucatán, la emperatriz se embarcó en Veracruz en julio de 1866, y ya en Europa se presentó en París, sin éxito, y luego en el Vaticano, donde tampoco logró nada. Y fue en presencia del Papa que la locura se apoderó de ella, de modo que no le fue posible regresar al lado de su esposo, quien ya sin los soldados franceses prontose vio rodeado y asediado en todos lados por el ejército juarista.

Cuando Carlota se fue de México, los liberales le hicieron burla con la canción “Adiós, mamá Carlota”. Pero nadie pudo predecir que ese adiós no sólo era definitivo, sino que también lo fue de la vida normal de la joven emperatriz de 26 años, que a lo largo de seis décadas viviría en las sombras de la demencia. Ella fue recogida por sus parientes de Bélgica, y recluida en el castillo de Laeken, donde permaneció solitaria, caprichosa y escasamente lúcida hasta su muerte en 1927. Cuando Maximiliano fue fusilado en junio de 1867 en Querétaro, nadie quería informárselo a Carlota, por la reacción que pudiera tener. Sin embargo, cuando se le dijo lo tomó con calma. Desde entonces vistió siempre de luto, y había veces en que se sentaba al piano para tocar el Himno Nacional Mexicano.

El cadáver de Maximiliano fue enviado a Viena, para que fuese sepultado en la Cripta de los Capuchinos, donde están los restos de los Habsburgo. Francisco José ya no se preocupó más al no existir ya su hermano, a quien antes de que partiera a México quería hacerlo firmar su renuncia a los derechos al trono austriaco, pero Maximiliano se negó a hacerlo. Y de todos modos, aunque Francisco José tuvo un hijo con Sissi, el joven no llegó a emperador por suicidarse. Y en cuanto al imperio de Maximiliano y Carlota, que tuvo todas las posibilidades de ser exitoso, de repente, de un día para otro, ya no contó con nadie y se derrumbó al no poder enfrentar las adversidades. Se acabó, pero su recuerdo no ha dejado nuestra memoria nacional, fascinándonos y apasionándonos. No es casual que una de las más grandes novelas mexicanas, quizá la última gran novela que hemos tenido, es Noticias del Imperio de Fernando del Paso, aparecida en 1987, donde en muchas de sus páginas la propia emperatriz nos da cuenta, desde las distorsiones de su mente, sobre lo que ocurrió en aquellos años.

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